Una escapada a Londres (i)

Tres días y medio en Londres no dan, desde luego, para conocer la ciudad de cabo a rabo: eso probablemente sea imposible incluso en tres años y medio. Pero sí son suficientes para una primera inmersión en su historia, sus monumentos y, sobre todo, su ambiente. Veamos qué dio de sí la escapada.

Eran cerca de las seis tarde cuando llegábamos al hotel, ya de noche, tras un sorprendentemente puntualísimo vuelo de Iberia directo desde A Coruña. El hotel, Hesperia London Victoria, era un cuatro estrellas que responde a los estándares españoles, lo cual ya es mucho decir Europa adelante. Además, está justo enfrente de Victoria Station - por tanto, a un paso del metro hacia cualquier destino - y a poco menos de un cuarto de hora andando del puente de Westminster. Lo conseguimos a 99 libras + IVA desayuno buffet inglés incluido, lo cual es un muy buen precio para la capital británica. Por tanto, muy satisfechos en este terreno.

Dejamos las maletas, cogimos la cámara y enfilamos Victoria Street abajo para recorrer esos diez minutos largos que nos separaban del Big Ben. Las grandes moles de oficinas y los restaurantes de comida rápida pronto dieron paso, sin solución de continuidad, a Parliament Square: y allí, de repente, cada uno brillando con sus propias luces en la noche, se nos aparecieron juntitos la abadía de Westminster, las casas del parlamento y, al fondo, por encima de todos, la rueda violeta del London Eye. Media horita estuvimos admirando el cuadro.

Del otro lado del Támesis, atravesando el puente de Wesminster, se puede admirar la panorámica del palacio del mismo nombre en toda su extensión: no cabe imaginar mejor cuna para el sistema parlamentario. Caminando hacia el centro entre el gentío de la Southbank un viernes por la tarde - turistas, juventud local, mimos, cantantes callejeros, vendedores - se puede admirar, en la otra orilla, la ecléctica combinación de edificios clásicos con arquitectura moderna que caracteriza toda la ciudad.

Sólo unos minutos más de paseo y cruzamos el Waterloo Bridge hacia Covent Garden. Wellington St, ya en plena zona de teatros, es un hervidero de pubs absolutamente abarrotados: resulta casi imposible hacerse un hueco para la primera pinta de una larga serie, así que giramos hacia la Piazza de Covent Garden entusiasmados por el ambiente que nos rodea. La Piazza es un enorme teatro al aire libre: el tenor que recita sus arias ante la concurrencia de un café - probablemente soñando con un improbable estreno apenas unos metros más arriba, en la Royal Opera House -, el popero italiano de coleta y guitarra acústica, el negro que llora su blues, los malabaristas de las antorchas imprescindibles en toda plaza que se precie.

Seguimos caminando entre la gente y, al fin, en una calleja de poco más de un metro de ancho, damos con el Lamb & Flag, que resulta uno de los pubs clásicos de la zona: por fin cae la primera pinta.

Tras un vistazo al plano, vemos que estamos pegaditos a Chinatown, apenas a dos días de la celebración del año nuevo chino, año del cerdo además. Así que a Gerrard St nos dirigimos y en Gerrard St flipamos con la cantidad de gente, occidental y oriental, apiñada bajo las guirnaldas rojas que recuerdan que estamos de fiesta. En estas circunstancias, un blogastrónomo - pese a que no es ni mucho menos un enamorado de este tipo de comida - tiene que meterse en alguno de los cientos de locales de la calle a cenar. Después de dos o tres dubitativas vueltas, nos decantamos por, atención, el Golden Pagoda.

Optamos por un popurri chino de la interminable carta, con el pato laqueado como elemento estrella, regado por la internacionalmente reconocida cerveza Tsing Tao (claro, a ver quién se atreve a pedir Heineken en esas circunstancias) y el correspondiente té. Bueno, podría haber sido bastante peor la cosa.

Con el estómago lleno, cinco minutos más de paseo hasta Piccadilly Circus, el pequeño Times Square londinense, al parecer lugar de encuentro de los muchos que a esas horas inician su recorrido nocturno. Dejaré que el neón se exprese en las imágenes.

Y a no muchos pasos de allí (efectivamente, el centro de Londres es mucho más manejable de lo que pudiera pensarse a priori), Trafalgar Square, que conduce a través de Whitehall de nuevo al parlamento. Tras nuevos minutos de recreo en la vista, tomamos Victoria St arriba, al hotel, a coger fuerzas para la primera jornada completa en la capital británica. Las primeras horas no han estado nada mal.

[Las fotos de este post, junto con una selección de las que sacamos en la escapada, se pueden ver en la correspondiente galería de Pantagruel]

Comentarios

  1. Pois si que vos cundiron as primeiras horas en Londres. A verdade é que é unha cidade que da para moito... sigo atenta ás vosas descubertas.

    Nin que decir que as fotos non teñen nada que envexar ás de ningúen...

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