Situada justo enfrente del mercado, la tienda ocupa un largo sótano. Al terminar de bajar las escaleras, lo primero que llama la atención es la moderna decoración, en tonos de madera clara y con luces indirectas muy tenues, todavía más en la zona de bodega. Al fondo, unos paneles ocultan el acceso al showroom que Pao de Toxo pone a disposición de sus asociados (quienes disfrutan también de un descuento sobre el PVP en sus compras).
La selección de productos es bien interesante. Según entras, a la izquierda, la bodega presenta unas ciento cincuenta referencias de muy diversas DOs. Los representantes gallegos son notables, aunque yo agradecería que su peso en el conjunto fuera mayor. Llama la atención, más adelante, la cámara de quesos, con fuerte presencia de ingleses y franceses. Asimismo, es completa la oferta de aceites, foies o confituras, entre otros productos.
Pao de Toxo es una tienda degustación. Quiere esto decir que uno puede llegarse por allí con sus amigos, comprar una botella de buen vino y un queso o unas conservas, tomárselos y pagarlos a precio de tienda. Lo cual está francamente bien. Además, diversas actividades completan la oferta del local.
Mi visita fue bien breve, poco más de diez minutos. Suficiente para que, amablemente, me enseñaran la tienda completa y me contaran lo que os he resumido en estas líneas. Cayeron un par de piezas, of course. Una botella de Lobarzán IS 2009 y un quesu Afuega'l Pitu, Rey Silo (que preparé, por cierto, sobre una tosta con algo de tomate, unos minutos al horno, y rematado con un chorrito de aceite).
Creo que no tardaré en volver para bajarme una botellita en buena compañía.
[Pao de Toxo / Plaza de Lugo, 23 - 981.907442 / Ubicación]
(Las fotos son tomadas de la página en Facebook de Pao de Toxo)
Un pequeño bocadillo de ensalada caprese: pan de cereales, mozzarella, tomate y albahaca. Fresco y sabroso. Hamburguesa gallega gourmet: ternera gallega, gorda y rojita; queso del país fundido; tomate y cebolla en buen pan; al lado, rodajas de patata de Coristanco cocida (ocho euros y pico). Tarta banoffee para cerrar: fondo de galleta, dulce de leche, plátano y nata montada. Ligera poco, pero rica mucho. Para volver con calma y hacerle un post.
[Pandelino / Rosalía de Castro, 7 - 981.207584 / Ubicación]
(Foto tomada del Facebook de Pandelino)
Poco ha cambiado el espacio del restaurante. Una luz menos íntima, más fría (a mí me gusta menos); un color oscuro en la mitad inferior de la pared; una mesa más, en el centro, lo que eleva la capacidad del local hasta la veintena de comensales, reducida en cualquier caso. Curiosamente nos tocó la que era "nuestra mesa" en la etapa de Jordán; el grueso de la gente llegó cuando la cena estaba bien avanzada y no tuvimos ningún problema de ritmo: no sé si esa diminuta cocina dará para atender la sala llena sin demoras.
Cómo no, al ser nuestra primera visita, elegimos el menú gastronómico. De la mano del propio chef, configuramos el mismo sobre la base de las propuestas de la carta: por primera vez en mucho tiempo, era la carne la que predominaba sobre el pescado. Por eso elegimos un tinto frutal y fácil, Tres Picos Garnacha 2009 (D.O. Campo de Borja).
Tras el aperitivo - una crema de calabaza con albahaca - llegó una conseguida escalibada con ventresca de bonito, buena manera de empezar. Siguieron las mollejas confitadas con boletus y yema de huevo rellena de trufa de la primera foto del post. Muy bien las mollejas - gran textura - y el fondo; quizás una yema todavía líquida en su interior, que se derramase sobre la carne al partirla, le habría dado más interés al plato.
Luego le llegó el turno al pescado. Unos rapitos sobresalientes de punto bien acompañados por el arroz de berberechos y puntillas. Y para cerrar, manitas de cerdo deshuesadas y prensadas, con calabaza, un estupendo puré de castaña y brotes de rabanito. No soy muy amigo de la carne gelatinosa, pero la Sra Foucellas dio su visto bueno al plato.
El postre, menos notable, consistió en un bizcocho de nuez - demasiado compacto - con crema de whisky y un bien resuelto helado de caramelo. Cmpletó el apartado dulce una teja que tomamos con los cafés.
El menú gastronómico tiene un precio de 27 euros. Si le añadimos el vino, el agua y los cafés (la casa invitó a la segunda ronda), pagamos cuarenta euros por cabeza. Muy buena relación calidad-precio.
En fin, situaría a David Abuín en la línea de Artabria o del cerrado Agar-Agar. Una propuesta diferente y personal, bien ejecutada y con unos precios muy contenidos (ninguna de las propuestas de la carta supera los 16 euros). Si le añadimos un local pequeño, que permite atar en corto los gastos fijos en atribulados tiempos como estos, tiene todos los ingredientes para situarse como una buena referencia en la ciudad.
[David Abuín / San José, 2 - 981.922782 / Ubicación]
El restaurante Domus, además de ofrecer unas inmejorables vistas sobre la ensenada del Orzán, cuenta con el privilegio de estar albergado en el edificio que Arata Isozaki proyectó para acoger la Casa del Hombre, uno de los museos científicos de la ciudad. Enclavado en una cantera, las paredes del comedor opuestas a la gran cristalera están formadas por la propia roca. Un marco espléndido, sin duda.
En este favorable escenario, Eduardo Pardo presenta una carta sin complicaciones, probablemente pensada para un público amplio, con propuestas que en ningún caso superan los veinte euros (más IVA: ¡qué manía tienen los restaurantes de seguir incumpliendo la ley!). La Sra. Foucellas y un servidor nos decantamos por compartir un par de entrantes y luego un principal cada uno.
Comenzamos, después del aperitivo de la casa - sopa de calabaza y curry -, con unos fritos de queso do Cebreiro y lacón. ¡Qué poco extendido está el queso do Cebreiro en restauración! Su intenso sabor es magnífico, aunque en este caso eclipsaba casi totalmente el lacón. Después, la generosa y notable ración de chipirones de anzuelo a la brasa, servidos sobre una capa de verduras sofritas que daban el contrapunto suave y dulce.
Mi principal fue un bacalao confitado con habas guisadas. La carta anunciaba garbanzos y espinacas en lugar de éstas: habría agradecido que me hubieran comentado el cambio en el momento de pedir, y no al ser servido. En cualquier caso, el bacalao estaba muy bueno, en su punto de cocción y sal; también buenas - sabrosas y muy tiernas - las habas, aunque un poco bajas de temperatura (algo que apreciamos en la mayoría de los platos). No nos dijo tanto el arroz meloso de pato, setas y langostinos, demasiado denso y apelmazado, servido en una ración probablemente excesiva.
Ya bastante llenos, compartimos un único postre, no especialmente reseñable: tiramisú de chocolate blanco y helado de chocolate. Acompañamos la cena con A Coroa, godello de Valdeorras, y agua, además de dos cafés para terminar. Pagamos 45 euros por cabeza.
En fin, sin tener nada concreto que reprochar a la experiencia, y pese al magnífico escenario del Restaurante Domus, para mi gusto hay opciones en la ciudad preferibles en este rango de precios.
[Restaurante Domus / Casa del Hombre - Angel Rebollo s/n / 981.201136 / Ubicación]
(La foto de la Domus es obra de Marcus y está tomada de Wikipedia Commons)
El 22 de diciembre de 1911 nacía en Mondoñedo Alvaro Cunqueiro. Por tanto, el próximo jueves 22 celebraremos el centenario del genial escritor. Después del éxito del homenaje que el mes pasado le brindamos en Compostela, recuncaremos el día del centenario con actividades en diferentes ciudades gallegas promovidas por aficionados a la gastronomía y al vino, con un propósito eminentemente lúdico.
En A Coruña, un servidor y el enofílico Bernardo, junto con algunos amigos, hemos querido proponer un gran brindis, un brindis a la altura de Don Alvaro, un brindis con los grandes vinos gallegos. Enseguida ha recogido el guante Luis Paadín, presidente de la Asociación Galega de Catadores y, sobre todo, gran enamorado de nuestro vino: además de aportar su saber para ayudarnos a seleccionar los caldos, pone a nuestra disposición las instalaciones de su consultora Servino (c/ Europa, 3).
En su aula de cata nos juntaremos el jueves 22 de diciembre a las 20:00 horas para llevar a cabo una gran cata de grandes vinos gallegos. Queremos reunir alrededor de la veintena de aficionados y, durante dos horas, degustar algunos de los mejores caldos de nuestro país, representando a las cinco denominaciones de origen.
Todavía no puedo publicar completa la lista de nueve o diez vinos que probaremos, porque queremos que sean excepcionales y, por ello, no siempre es posible conseguirlos: iré actualizando este post a medida que vayamos cerrando la relación. Pero habrá brancellao, y araúxa, y bastardo, y sousón, y caíño; y por supuesto habrá mencía, y godello, y treixadura, y albariño. Habrá pequeñas maravillas.
Actualización: lista de vinos definitiva
- Brinde 2006 (Espumoso brut de Valdeorras)
- III Año de Fefiñanes de Palacio de Fefiñanes 2007 (blanco D.O Rías Baixas)
- Sketch de Raúl Pérez (blanco sin D.O.)
- Escalada de Algueira 2009 (blanco D.O. Ríbeira Sacra)
- Viña de Martín Escolma de Luis A. Rodríguez 2004 (blanco magnum D.O. Ribeiro)
- Pedrouzos de Valdesil 2008 (blanco magnum D.O. Valdeorras)
- Castro de Lobarzán Isaura de Castro de Lobarzán 2009 (tinto D.O. Monterrei)
- Guímaro barrica de Pedro M. Rodríguez 2009 (tinto D.O. Ribeira Sacra)
- VX Cuvée Primo de Mª Álvarez Serrano 2005 (tinto magnum sin D.O.)
- A Costiña de Alan de Val 2007 (tinto D.O. Valdeorras)
- Fincas de Algueira 2009 (tinto D.O. Ribeira Sacra)
¿Cuál será la mecánica? Compraremos dos botellas de cada vino - nueve o diez, de las cinco DD.OO. - y las iremos catando a lo largo de un par de horas. Como hilo conductor, los textos de Cunqueiro nos irán llevando de una parte del país a otra, aportando un sentir del vino tal como él lo veía: como narrador de excepción, contaremos con Luis Moya, de la Taberna Pil Pil. Y algo para acompañar, que no sólo va a ser beber.
El aforo es acotado, tanto por el espacio como por la dificultad de encontrar botellas de los vinos que queremos probar, pero aún tenemos (pocas) plazas disponibles. Si te apetece unirte a nosotros, envía un correo a manoelfoucellas@pantagruelsupongo.com. El coste es de 50 euros, que destinaremos íntegramente a comprar los vinos y un acompañamiento sólido a la altura.
Creo que va a ser una gran velada. Tanto por el programa que estamos preparando, como por saber que, simultaneamente, en otras ciudades gallegas aficionados como nosotros estarán prestando su particular homenaje alrededor del vino y la gastronomía. ¡Seguro que Don Alvaro estará orgulloso!
Los amplios espacios de la Rectoral ofrecen muchísimas posibilidades (echadle un ojo a las fotos de la web), desde sus comedores hasta el salón con chimenea: seguramente en los próximos meses iremos viendo cómo el dúo nos presenta propuestas de interés. Mientras tanto, la oferta habitual - cocina tradicional, incluyendo cocidos: estamos en la tierra - se ve reforzada por el estilo creativo del nuevo cocinero del lugar.
Como viene siendo habitual en nuestras visitas, dejamos a Chechu que compusiera el menú que le apeteciera. Y arrancamos muy bien, con un carnoso carpaccio de langostinos, parmesano y alioli de aceitunas. Seguimos con una sopa templada de espárragos, reforzada por el concentradísimo sabor y la melosa textura de un tuétano de jarrete cocinado lentamente durante once horas. Cerramos la primera etapa con las ya míticas zamburiñas de las que tanto hemos hablado por aquí.
Volvemos a la cuchara con un espléndido plato de los que se agradece en esta época del año: huevo con callos de bacalao, tirabeques y crema de maíz, sobre el que se ralla en la mesa trufa negra. Ni más ni menos. Continuamos con la impecable lubina con pak choi y caldo de boletus. Y cerramos los salados con el cordero, salsa de encurtidos y, de nuevo, trufa. Difícil suele ser hacer frente a este plato cuando remata el menú, pero la larguísima cocción al vacio - doce horas, nos cuenta Chechu - deja la carne tiernísima, tanto que se deslasca con el tenedor como si fuera pescado.
Un primer postre desengrasante: la piña colada con mousse de cítricos (y, ejem, peta-zetas). Y luego, para concluir como señores, una sobremesa coral: el bizcocho, las finas tiras de queso de San Simón con aceite, el helado y los frutos secos.
En fin, como podéis apreciar, permanece intacta la línea de Agar Agar, reforzada por la ilusión de una nueva etapa y un local con mucho por explotar. Permanece también una política de precios muy asequible: el menú descrito cuesta 35 euros por persona. La casa nos invitó a las copas de vino - no conocía ni el blanco, Loural, un notable Ribeiro de Arnoia; ni el tinto, Toalde, una mencía joven de O Saviñao - y a los cafés.
Al levantarnos tuvimos oportunidad de visitar la Rectoral. De lo más apetecible, dormir en las elegantes habitaciones con muros de más de un metro de grosor, las pequeñas ventanas encajonadas entre la piedra, la gran cristalera sobre el patio interior, la iglesia gótica de hace más de mil años, el silencio de estar en medio de ninguna parte. Pero esa será otra historia...
De momento, un sabadete de estos, os acercáis a Betanzos a tomar unos vinos y luego subís a comer a la Rectoral. Para que digáis que no os propongo buenos planes...
[La Rectoral de Cines / San Nicolás de Cines - Oza dos Ríos / 981.777710 / Ubicación]
En este tiempo pudimos apreciar la evolución de la cocina de Chechu, una apuesta por platos en los que la técnica se pone al servicio de un muy buen producto pero sin renunciar - al contrario - a darle su toque personal. En nuestra última visita, por ejemplo, nos tomamos una parrillada de verduras ecológicas de Finca los Cuervos absolutamente espectacular (además de una caldeirada de sanmartiño, regado todo por un champán excelente: André Roger Grand Cru).
Afortunadamente, Chechu ya tiene nuevo proyecto y no se ha ido demasiado lejos. Espero que en poco tiempo os pueda contar sobre él. Stay tuned.
Queden, a título de inventario, los posts que le dediqué al restaurante: un degustación en septiembre del año pasado, otro en junio de este, el maridaje de gastronomía y pintura, y aquel glorioso salmón marinado. ¡Suerte, Chechu!
El lugar es de lo más pintoresco: el típico restaurante de pueblo con una barra a la entrada, la gran tele de turno y un comedor enorme al fondo (en el exterior, la parra tiene pinta de ser un sitio de lo más acogedor con los calores estivales). Como en todo local de estas características que se precie, no hay carta ni nada que se le parezca: el señor de la casa canta las especialidades - dejamos para otra ocasión las almejas, los chipirones o las chuletas de cordero - y toma la comanda.
Por supuesto, pedimos la tortilla que hasta allí nos había llevado. Y no nos arrepentimos. Amarillo intenso, patatas casi crujientes pero blandas por dentro, el huevo menos cuajado de lo que por ahí se encuentra como tortilla de Betanzos. Muy buena.
A la misma altura, las truchas, una ración de una docena. Hacía siglos que no las tomaba de ese tamaño, como sardinas pequeñas o algo menos, simplemente fritas con algo de harina para darle el tono crocante. Me gustaron, pese a la confesión del sevillista dueño del Palucho: ojalá fueran del Mandeo, pero no hay tantas como para cubrir la demanda del restaurante y tienen que recurrir a la piscifactoría.
El queso con membrillo del postre mantuvo el nivel de un menú que terminó con café de pota y unas gotitas.
La cuenta... bueno, en realidad no hubo cuenta. Igualmente anunciados de viva voz, pagamos cincuenta euros por lo indicado, pan, una cerveza, una botella de 18,75 de Rioja y los consumos de los pantagrueliños: unas croquetas de jamón normalitas, una ensalada, Coca-Cola y unos helados (también probaron de lo nuestro, que conste).
En fin, un lugar curioso y digno de conocer. Tanto la tortilla como las truchas son notables. Y con un vinito de la tierra a la sombra de la parra, en verano tiene que dar gusto...
[Mesón Palucho / Roibeira, Betanzos - 981.771657 / Ubicación]
Google Maps no anda muy fino últimamente y no siempre funcionan los enlaces. Para llegar al Palucho, hay que tomar la AC-840, que va hacia Oza-Curtis-Melide. Unos trescientos metros después de pasar por debajo de la A-6, hay que tomar un desvío a la izquierda indicado como Roibeira. Otros doscientos metros y ya estamos en Palucho.
La pasada noche, pese al veraniego otoño que nos acompaña, el ambiente era más bien flojo por la zona, también en el comedor del Licar. Nos decantamos por éste porque tengo un recuerdo inmejorable del rollo de bonito que allí he tomado en más de una ocasión, pero me llevé una decepción al comprobar que ya no está en la carta (querría pensar que por una simple cuestión de temporada, pero me temo que no es así porque había algún otro plato de bonito en el listado).
Junto a la ventana abierta, y acompañados por una botella de Viña Mein, llegaron las almejas. De buen tamaño, que no excepcional, a simple vista se apreciaba que tenían mucho más tiempo de plancha del que deberían. Una lástima, porque el sabor era bueno y el aceitito que las acompañaba, suculento.
La caldeirada mixta, sin embargo, ya era otra cosa. Aunque la merluza todavía venía demasiado pasada, según mi gusto, el rape estaba perfecto, así como patatas, guisantes y ajada. Bien también las cocochas de merluza a la plancha (aunque, de por vida, en este capítulo quedaré marcado por las abolutamente excepcionales que tomé hace poco más de un año en aquella exhibición de parrilleros de Getaria que tuvo lugar en la Casa de los Peces. ¿Cuándo me animaré a la visita a Elkano?). Para el postre, tarta de queso al horno casera, muy rica.
En fin, las conclusiones son claras: cocina de producto, con una oferta de pescado y marisco extensa; enfoque totalmente tradicional, tanto en las preparaciones - puntos incluidos - como en la carta de vinos y en el local. El buen producto del mar no es barato, por lo que el precio va acorde: la cena antes descrita, con agua y un par de cafés, sale por un poco más de 45 euros por cabeza.
[Restaurante Licar / Av del Puerto, 42 - Sada / 677.412186 / Ubicación]
La última foto está tomada de la ficha del Licar en Google Maps.
Era finales de julio cuando nos acercamos a degustar un maridaje muy especial, un maridaje entre la cocina de Gonzalo ‘Chechu’ Rey y la obra pictórica de Raúl Velloso, un pintor del Morrazo para mí totalmente desconocido hasta entonces, pero cuyas láminas expuestas en el restaurante me gustaron tanto que ahora tengo una preciosa interpretación de la Torre de Hércules en la zona noble de mi salón.
Entre ambos artistas seleccionaron un conjunto de cuadros y prepararon cinco platos salados y dos postres basados en ellos para configurar el menú. La puesta en escena añadía a la disposición habitual del restaurante una exposición de obras del autor – insisto, magníficas – y música de fondo orientada a completar la representación de Galicia plasmada en los cuadros.
La dinámica del servicio queda totalmente impactada por este peculiar maridaje. En primer lugar, el equipo de sala sitúa una lámina que reproduce el cuadro en el centro de la mesa. A partir de ese momento, y durante unos minutos, comienza un juego de adivinanzas entre los comensales para tratar de intuir qué lectura habrá hecho el cocinero de la obra. Luego, cuando llega el plato, comienza la evaluación, la comparación, la sucesión de miradas que se deslizan de la lámina al plato y viceversa. Por fin, la degustación.
En algunos platos, Chechu trata de reproducir físicamente el cuadro. Es el caso de la Iglesia de Panzón, que se convierte en una parrillada de verduras, con la zanahoria a modo de torre y el tomate de cúpula, mientras los espárragos, el aguacate y los brotes conforman el fondo del paisaje.
En otras ocasiones, la réplica es más conceptual. La contraparte de la Viuda del Mar es un bacalao espléndido de punto sobre fondo de arroz con algas, pil-pil de tinta de calamar y queso de San Simón. La viuda y su contrapunto triste.
La noche alcanza su cúspide con la Geisha Sumisa, en la que se logran aunar ambas reproducciones, física y conceptual. Además del evidente parecido físico (miradlo en la foto que abre el post), el salmón marinado, el shiitake confitado y la salsa teriyaki nos trasladan a los sabores del lejano oriente.
Hay también espacio para la Torre de Hércules, transformada en los sabores del mar que nos traen las zamburiñas, el txangurro con colinabos y la flor de rocío, un nuevo y maravilloso invento de Porto Muíños. Y para los espléndidos Toreros de Velloso, a través de una representación más obvia: hígado de ternera – podía estar menos hecho – con pimiento del piquillo y cebolla caramelizada. Como aperitivo, al inicio del menú, habíamos arrancado con Adán y Eva: tosta de foie, manzana y mirabeles.
Los postres tienen también su lugar en este juego. Piano y Zanfona se convierte en un clásico del restaurante con la presentación adaptada el cuadro: espuma de mango, falso bizcocho de chocolate, fruta de la pasión y frutos rojos. Por último, Blanco y Negro se presta al juego de colores de la leche merengada, brownie, almendras garrapiñadas, virutas de chocolate y frutos secos.
Vaya, una experiencia distinta, agradable y divertida, sin renunciar el nivel gastronómico de Agar Agar. El precio del menú es de cincuenta euros más la bebida, que en nuestro caso fue Anna de Codorniu con flor de hibisco, Lagar do Meréns 2008 (D.O. Ribeiro) y una copa de tinto que no recuerdo para la carne.
Este maridaje tan especial se pudo degustar en el restaurante hasta el 15 de agosto (no lo quise publicar entonces para no hacer un spoil del menú). Chechu está trabajando en nuevas experiencias de este tipo, que no se ciñen únicamente a la pintura. Espero que tengamos noticias pronto.
Al terminar la presentación degustamos un delicioso brownie de moras recién recogidas, intenso de sabor y muy esponjoso, lejos de esos mazacotes que abundan mucho más de lo deseable. Ya sabéis: si compráis el libro (cosa que recomiendo a los cocinillas), apurad a coger las últimas moras de la temporada. El día de San Miguel, el diablo orinará sobre las silveiras y ya no podremos disfrutarlas hasta el verano que viene.
Como eran poco más de las nueve, nos dirigimos a la zona vieja a tomar unos vinos. Nuestro primer destino fue la Adega Lastras, en la recoleta plaza junto a las iglesias de San Francisco y Santa María do Azougue. Tomábamos un vino en la barra cuando, vía twitter, nos recomendaban tomar unas zamburiñas. Dicho y hecho, nos aposentamos en una de las mesas del exterior y pedimos la ración (13,50 €). Llegaron diez zamburiñas de buen tamaño, preparadas al horno en su jugo, apenas con aceite, ajo y un poquito de limón. Excelente sabor, aunque yo les habría dado un punto menos de cocción.
A escasos metros, en una de las empinadas calles que baja desde la Plaza de la Constitución hasta el río, se sitúa la Casa do Queixo, al mismo tiempo tienda y lugar para la degustación. Me encantó que, al sentarnos junto al anaquel en el que descansan los vinos y preguntar cuáles tenían por copa, nos dijeron que eligiéramos nosotros mismos de entre las botellas que allí habitaban. "Cuando nos piden mencía, solemos abrir éste". Y como "éste" era Viña Regueiral, pues ni nos lo pensamos. Y pedimos un plato de quesos, claro. San Simón, ese santo de mi devoción... que en esta ocasión quedó eclipsado por el fantástico queso (D.O. Arzúa-Ulloa) que prepara la casa en Sobrado: mantecoso y suave, muy suave, suavísimo. Las dos copas de vino y el plato de quesos, ¡ocho euros!
El lugar para la copa vino también recomendado vía twitter. Del otro lado de la Plaza García Hermanos, el Gin & Café, apenas tres meses abierto, exhibe una poderosa colección de ginebras y una vocación por mostrarse agradables con el cliente muy de agradecer en estos tiempos en los que escasea. Al fondo del estrecho local, el pequeño santuario de licores, tónicas y frutas en las que se practica el rito de alumbrar el combinado, el buen combinado que allí preparan. En mi caso, Blackwood's con Fentiman's, un twist de limón y una rodaja de granny smith; para la Sra Foucellas, Bulldog con Schweppes y apenas un twist de limón (13,50 € las dos copas).
En Gin & Café no buscan convertir el gin tonic en una ensalada, en un artificio de colores y olores muchas veces excesivo: nada más que lo justo para realzar la combinación, que se lo curren la ginebra y la tónica. Buen sitio, para volver: si os pasáis por allí, aposentaos en las mesas que hay al final del bar, y disfrutad del concienzudo trabajo en la preparación de cada copa que se desarrolla en la vecina minibarra.
Para cerrar, os dejo un mapa con la ubicación de los tres locales reseñados.






