Dos entrantes de la mar. Muy buenos los bocartes fritos con taquitos de jamón tostado y pimiento. Suculento el calamar fresco a la plancha, con aceite y ajo, sin más. Clásica la merluza a la sidra, en un punto muy bueno, el deslasque perfecto; almejas hermosotas y patata de compañía. Tiernísima la paletilla de cordero. Delicioso el postre del fraile: en un vaso, al fondo taquitos de manzana confitada; por encima, crema de queso Afuega'l Pitu; y corona una espuma de sidra. Unos 45 euros viene quedando el precio por persona.
[Fromestano / Avda. Galicia 22 - 985.277339 / Ubicación]
Con algo más de veinte graditos de lo más agradables, nos sentamos en el patio de La Pondala y fuimos dando cuenta de croquetas y jamón mientras conversábamos. Pero el silencio se impuso cuando llegó a la mesa la impresionante bandeja con el roastbeef, la pieza con el corte marcado, las finas láminas de carne rosada servidas templadas (ya sabéis que últimamente me funciona sin parar la memoria gustativa: en cuanto lo probé acudió inmediatamente la maravillosa Luismi Premium VAC.1 de Morganti). Excelente, de verdad, la carne: por eso rompo otra vez la norma de no escribir sobre las comidas de trabajo. Fantástica. Como fantástico el puré de patata requemado que lo acompañaba, así mandan los cánones. Alguien decía en la mesa que estábamos probando el mejor roastbeef de Inglaterra.
Merecen ser destacados los postres, también. La tarta de manzana pero, sobre todo, la tarta de la casa o tarta Pondala, suave y liviana, pese a la almendra, la crema y el bizcocho. Su éxito es tal que alimenta una curiosa leyenda, probablemente falsa. Cuando la original Pondala, hace más de un siglo, estaba a punto de fallecer, decidió dejar el restaurante a una de sus hijas y la receta de la tarta a otra: de este modo, ambas estaban obligadas a colaborar de por vida.
Historias al margen, este clásico gijonés merece ser visitado para probar el roastbeef, en especial si el tiempo acompaña y se puede comer en el patio. Pero no os olvidéis de encargarlo.
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[La Pondala / Dionisio Cifuentes, 58 Somió - 985.369346 / Ubicación]
El Menú Casa Gerardo - una de las opciones degustación que hay en la carta - arranca con unos aperitivos que ya advierten seriamente sobre el nivel de la comida que se va a degustar: el taco de salmón marinado con vinagre de Módena; la crema de legumbres con pasta filo; la alucinante mantequilla de anchoa; o el ya conocido tándem que forman el bocadillo de quesos del país y las fantásticas croquetas del compango (fabada con textura de bechamel, créanme).
El primer plato también lo habíamos podido probar en la visita de mayo: la inmensa navaja atemperada con grasa de almendra. Suavidad máxima para el arranque.
A continuación, de nuevo las reinas al terreno de juego: jugo de fabes con anguila ahumada, toque de guindillas y huevas de pescado. Es un plato complicado de describir, con un juego de protagonismos entre el sabor omnipresente pero tenue de las fabes y el intenso shock cuando aparece alguno de los pequeños trozos de anguila, con toda su carnosidad.
El bacalao con pennetone y salsa de ajoarriero fue el plato intrascendente del menú: técnicamente impecable la resolución del pescado, pero nada sorprendente. Sin embargo, enseguida acudió la merluza al rescate. Con el punto de cocción al milímetro, el contraste con la vinagreta fría (de tomate, calabacín y manzana) era sencillamente estupendo, estupendamente sencillo. De diez.
Para terminar los salados, su majestad la fabada. Imponente.
El primero de los postres fue una crema de quesos con helado de mango, miel de acacia y aceite de oliva. Muy notable combinación, con el mango imponiéndose en el conjunto, pero que uno tomaba con una sensación de tránsito hacia la apoteosis final: el arroz con leche.
Aún quedaba, con los cafés, el minuto de gloria para los petit fours: crujientes de chocolate y almendra, crema de higos y, sobre todo, una deliciosa pasta de almendra.
El Menú Casa Gerado cuesta sesenta euros (existe un menú gastronómico más largo que, si no recuerdo mal, se iba a los ochenta). Lo acompañamos con agua y vino por copas - un verdejo fresquito al principio, un tinto de la Ribera del Duero después -, lo que elevó la cuenta en unos diez euros por cabeza. Desde mi punto de vista, una relación calidad-precio difícilmente mejorable.
En fin, esta segunda visita a Casa Gerardo no ha hecho sino corroborar la impresión de la primera. La cocina de los Morán es magnífica, un referente en el norte de España, un sabio equilibrio entre la modernidad y la tradición. No dejéis de acercaros por allí si tenéis la oportunidad.
[Casa Gerardo / Ctra. AS-19 Km 8 - Prendes - Asturias / 985.887797 / Ubicación]
Y la verdad es que el casco antiguo de Avilés es una auténtica joyita. Tuvimos la suerte de recorrerlo temprano por la mañana un domingo, casi desierto, con la única compañía del ruido de nuestros zapatos sobre la piedra. Os dejo unas cuantas imágenes.
Por si os planteáis pasar una noche en Avilés, nosotros nos alojamos en el NH Palacio de Ferrera [ubicación], un cinco estrellas inmejorablemente situado en pleno cogollo del casco antiguo. Bueno, cinco estrellas es la categoría oficial, aunque probablemente cuatro le llegaran de sobra; debo decir que el precio tampoco es de cinco estrellas: pagamos setenta y tantos euros por la habitación y hoy es posible reservar en su web por ochenta y tres. O sea, que una buena opción.
Y si os acercáis por allí, no dejéis de visitar Luanco, a unos pocos kilómetros. Además de pasear por un bonito pueblo costero, podréis tomar el aperitivo en La Ribera, bar tradicional junto a la playa [ubicación]. Por menos de tres euros, una botella de sidra y varias rondas de pinchos (tortilla, mejillones, buñuelos), según el tiempo que os lleve el escancie. Recomendable (Depinchos avala mi opinión, que conste).
La hospitalidad de los Morán fue extraordinaria de principio a fin - ¡mil gracias, también! -; desde que nos recibían según íbamos llegando al restaurante hasta que nos despidieron tras cinco horas de maratón gastronómico. La visita a la cocina en plena faena, el comedor privado para el grupo: un lujo.
El menú al que tuvimos que hacer frente no era un reto fácil - probablemente, y así nos lo confesó Marcos, era excesivamente largo -. Antes de poder estudiarlo al llegar a la mesa, la pizarra de la cocina nos anticipaba el plan; flipad:
Efectivamente: veinte platos desde el primer aperitivo hasta el último postre, con sidra, sendos borgoñas blanco y tinto, de nuevo sidra y oporto con los dulces. No es de extrañar el profundo análisis del que fue objeto antes de arrancar.
La faena arrancó al máximo nivel, del que apenas se movió en un par de ocasiones, algo loable en un menú kilométrico. Un aparentemente inofensivo chupito templado de manzana, aceite y ron - "manzana virgen" - era una combinación de sabores y aromas tan sencilla como perfecta. Las croquetas del compango de la fabada, una síntesis de suavidad e intensidad. Y el bocadillo crujiente de quesos asturianos, el toque de la tierra y de la tradición presente a lo largo de toda la degustación.
La estructura del menú fue también un ejemplo de buen hacer. Todavía con la sidra de mesa, siguieron a los aperitivos tres entrantes del mar, protagonista toda la tarde con un secundario de lujo, discreto, siempre presente: la tierra asturiana. La anchoa preparada en casa con queso en aceite; la ostra, tamaño king size, embarrada - el barro de piñones -; la navaja en grasa de almendra.
El argán blanco - una ensalada de nabo en finísimas láminas, con coprinus y espárragos - sirvió de puente hacia la grandiosa etapa de los mariscos, etapa en la que entró en juego un Borgoña blanco fantástico: Vincent Dureuil Janthial - Rully 2006, uva chardonnay.
El bogavante en vinagreta con corazones de tomate, generosa y fresca combinación, fue algo impresionante. Tras las quisquillas a la brasa con panes secos, rosas y pistachos, llegó un arriesgado hígado de salmonete apenas cocinado: arriesgado pero triunfante.
Parecía imposible que el bogavante no hubiera imperado en esta etapa de los mariscos, pero lo mejor había quedado para el final. Centollo, cabeza y pata. La pata del centollo, cocida a la manera clásica, se presenta sola en el plato sobre el cual, ya en la mesa, se vierte la crema hecha por concentración de la sustancia de la cabeza del bicho (ocho centollos, nos contó Marcos, para obtener el caldo de los once platos que había en la mesa). Sabor, sabor y sabor. Mar y marisco. Intensidad. Impresionante.
Cambio de tercio, que llegan los pescados. Todos con un denominador común: peces humildes; cocciones perfectas que realzan la textura; preparaciones sencillas, clásicas, el pescado con su jugo y apenas unas verduras. Desfilan por la mesa la xarda - caballa - acompañada por algas; el golondru - el escacho gallego - en su jugo; y un excepcional lomo de salmonete.
Con el golondru hizo su aparición el vino tinto, que ya se quedaría hasta los postres. Otro Borgoña igualmente estupendo, un pinot noir con barrica de intrincado nombre: Paul Pillot Santenay Rouge Vielles Vignes.
Una nueva transición perfectamente situada - guiso de bacalao con papada y fresas, intrigante combinación - dio paso a otro de los momentos cumbre: la fabada de Prendes. Fue como un momento místico: tras más de dos horas y quince platos entre pecho y espalda, su majestad la fabada se presentó en las fuentes y fue siendo servida en los platos ante la admiración general. Por increible que pueda parecer, repetí (confieso que pasé un rato malo tras semejante dudosa hazaña).
Sólo quedaban cuatro postres para terminar. Un estudio de manzana, nuevo enlace hacia los postres principales. Un sobresaliente pera, vino y nueces; y una excelsa, tradicionalísima crema de arroz con leche requemada. La sidra dulce La Alquitara del Obispo fue otra de las agradabilísimas sorpresas del día, con la que acompañamos los postres anteriores y el específico para el café: chocolate, achicoria y curry.
En fin, un lujo gastronómico de los que quedan grabados, aderezado por una amena sobremesa con los Morán. Padre e hijo, dos generaciones que comparten sus personales interpretaciones de una misma pasión por los productos de su tierra y de su mar. Y a los que les encanta hablar sobre ello, para fortuna de los que escuchan.
El menú que disfrutamos junto con los vinos nos salió en 105 euros por persona.
[Casa Gerardo / Carretera AS-19 Km, Prendes / 985.887797 / Ubicación]
- Encantadores pueblos y pueblecillos: Potes, Mogrovejo, Comillas, Santillana, Llanes.
- El imponente Urriellu o Naranjo de Bulnes (en su día comenté la caminata a través del Collado de Pandébano)
- La Ruta del Cares, atractiva pese a la masificación.
- Los Montes de Áliva.
- Las fiestas tradicionales, como la de Porrúa.
Pumares es un racimo de casas en torno al río Agüeira, totalmente recuperadas, luciendo en su piedra. Una de estas construcciones, una casona del siglo XVII, es ahora un hotel rural. El matrimonio que la restauró y ahora la regenta enseña con esmero las estancias comunes, orgullosos del resultado. Llama la atención la lareira, respetada también en su altura original, así empleada en su día como secadero de las carnes.
Juana, que así se llama ella, prepara personalmente lo más espectacular de los desayunos, único servicio de comida que ofrece la casa: los bizcochos, las rosquillas, las galletas, pero sobre todo las mermeladas: de pimiento rojo, de calabacín, de kiwi... En el recoleto comedor acristalado, es el mejor comienzo posible para el día en Los Oscos.
Las rutas de senderismo, la riqueza etnográfica de la zona - con ilustrativos lugares, pensando en los pequeños (y no tan pequeños), como Os Teixois en Taramundi o Mazonovo en Santa Eulalia - o microscópicos pueblos, semiabandonados unos, recuperados otros - Covas, en San Martín de Oscos, con las curiosas pinturas en las cornisas; Ferreira, en Santa Eulalia, sobre el río Agüeira - conforman un amplio abanico de posibilidades para pasar unos días [Más info en oscos-eo.es].
Comer ya no es tarea tan fácil. Por fortuna, la comarca - especialmente el sur - dista mucho de estar sobreexplotada tusísticamente, y eso se nota en la oferta de restauración. Lo más habitual es la casa de comidas, en muchos casos sin carta y con lo que buenamente se tiene ese día. Santa Eulalia tiene documentados tres restaurantes. Hay un cuarto, apenas a un par de kilómetros: un uno de septiembre, toda su oferta era sopa, huevos con jamón y requesón. Soberbio.
Así que nuestra parada habitual para las cenas era la Sidrería Veredas, a pocos cientos de metros de la casona. Ensaladas, revueltos y tortillas acompañaban a la verdadera - y única - especialidad del lugar: la carne local a la parrilla. Así que tortillas, chuletones de los de verdad y sidra configuraron nuestra sana dieta nocturna. Muy bien, por cierto: una carne excelente y no más de veinte euros por cabeza.
En fin. Que el que quiera perderse un par de días sin más preocupaciones que dejar pasar el tiempo, aquí tiene una buena alternativa.
De entre las múltiples rutas posibles, la de Sotres (ver en Tagzania) a Poncebos, pasando por el Collado de Pandébano, es muy apta para no iniciados. Es fácil y nos permite apreciar, desde el Collado, el impresionante Urriellu o Naranjo de Bulnes.
Existen dos posibilidades: la más sencilla es recorrer algo menos de la mitad, arrancando desde Sotres y llegando a lo alto del Collado de Pandébano, para contemplar el Urriellu y regresar; en un par de horas, listo. La más larga requiere descender desde el Collado, a través del ya no tan remoto pueblo de Bulnes, hasta Poncebos, uno de los extremos de la ruta del Cares.
Esta segunda alternativa tiene un inconveniente logístico. Por la carretera, para llegar a Sotres hay que pasar por Poncebos, pero ambos lugares están separados por una buena tiradita. Si somos varios y contamos con más de un coche, no hay problema. Pero si no, no queda otra que dejar el coche en Poncebos (muy temprano, porque con la Ruta del Cares, aquello se pone como El Corte Inglés) y coger un taxi hasta Sotres (unos 20 euros el año pasado).
En realidad, la ruta empieza poco antes de Sotres. A su pie, los Invernales del Texu - conjunto de casas de pastoreo, donde se refugiaban pastores y ganado antiguamente - marcan el inicio de la ruta, el único tramo con una cierta pendiente.
Poco a poco, la pendiente cesa, el paisaje se abre y majadas y praderas van cobrando protagonismo. Muy pronto comienzan a oirse los cencerros del ganado, que se adivina entre los árboles; más adelante, aparecen nuevos refugios de pastoreo.
Hemos llegado al Collado de Pandébano, aproximadamente una hora después de salir. Si volvemos la vista atrás, Sotres aparece pequeño, lejano, tras el primer término de los refugios.
Pero, ¡amigo!, si miramos al frente, desde lo alto, ahí está él: majestuoso, imponente, señorial, el pétreo Urriellu. Recurramos al vale más una imagen (en este caso dos)...
Desde aquí, tras extasiarnos convenientemente, regresamos a Sotres si no queremos continuar. En caso contrario, iniciamos una larga y no del todo cómoda bajada hacia Bulnes. Yo tenía Bulnes (que en realidad son dos pequeñísimos pueblos, apenas unas casas de piedra cada uno, al pie y en lo alto de un promontorio) en mi recuerdo absolutamente idealizado. Hace más de 20 años, cuando lo visité por primera vez, estuvimos mucho rato sin ver a nadie por el camino; al llegar al pueblo, en su único bar, tenían los refrescos en un barreño con agua fresca: aún no tenían electricidad.
Hoy, por desgracia (mucha desgracia), ya no se parece en nada a entonces. Ojalá fuera la electricidad la única novedad. El funicular que sube desde Poncebos lleva al pueblo hordas de turistas rabiosos, con sus cámaras y sus móviles. Adiós al aislado encanto de Bulnes.
En fin, sólo quedan los tres últimos cuartos de hora de descenso hasta Poncebos. Al llegar junto al coche, si aún quedan fuerzas, merece la pena subir hasta el pequeño poblado de Camarmeña. Desde allí tenemos una magnífica panorámica del Urriellu: la última mirada para despedirnos de él y para asombrarnos, desde la distancia, de que acabemos de estar tan cerca de rozarlo.
Lugones es un pueblo que se encuentra a las afueras de Oviedo: están prácticamente pegados, cartel con cartel. Si no fuera por La Máquina, existirían muy pocos motivos para ir a Lugones, del mismo modo que existen muy pocos motivos para ir a Coslada, Tarrasa o Baracaldo. Pero en Coslada, Tarrasa o Baracaldo no está La Máquina.
La Máquina es un restaurante. O, más bien, una casa de comidas. En una casa de comidas no dan tortilla deconstruida ni gelé de cabracho con espuma de almendras. En una casa de comidas dan platos sencillos, pero honestos y sabrosos. En La Máquina dan fabada. Hay otras cosas, pero a La Máquina se va a comer fabada.
La primera vez que estuve en La Máquina pedí fabada. Cuando trajeron la primera fuente me quedé un poco decepcionado: aquello parecía una fabada normal. Pero, un par de minutos después, trajeron el compango y, ¡ay amigo! Morcilla, chorizo, verdura y todo tipo de carne. Su aspecto sólo era inferior al sabor conjunto con las habas. Pese a que ello supone quedar seriamente inhabilitado para cualquier actividad física en las horas siguientes, en La Máquina hay que repetir - o tripitir - fabada.
Supongo que, a estas alturas, sorprendería leer que en La Máquina hay algo mejor que la fabada. No sé si mejor, pero hay algo por lo menos igual de bueno que la fabada. En La Máquina hay más postres, pero el postre que hay que tomar en La Máquina es el arroz con leche. Aunque no quede espacio tras la fabada: hay que tomar arroz con leche. Intentar explicar por qué sería hacerle una injusticia al arroz con leche.
Así que seguiré yendo periódicamente a Lugones, de paso hacia otros lugares o como destino gastronómico final. E iré a La Máquina. Y pediré fabada. Y de postre, arroz con leche.





































