En lugar de esto, voy a hablar de lo que me gusta. Y lo que me gusta cuando voy a una gran ciudad - muy por encima de visitar museos o grandes monumentos y al mismo nivel que disfrutar con sus grandes restaurantes - es callejearla, vivirla, respirar su ambiente cotidiano. Por eso, pese a que admiro la maravillosa monumentalidad de esa milla de oro que va desde el Louvre hasta el Arco del Triunfo, mi obsesión en París es perderme al atardecer por las callejuelas de Montmartre o del Barrio Latino. Y en Londres, Covent Garden o las mañanas de domingo en Camden. En Nueva York, el cosmopolitismo del East Village o del Lower East Side. En Granada, el Albaicín, y en Sevilla, Santa Cruz. Por eso me encuentro tan a gusto en Lisboa: porque es una ciudad hecha para caminarla.
Y para este perderse, caminar sin rumbo y sin prisa, Barcelona es excepcional. El rectángulo que delimitan el Mediterráneo, la Rambla del Raval, la Plaza de Catalunya y el Parque de la Ciudadela es, además de pura historia - esplendor y ruindad, suntuosidad y modestia - un paraíso del callejeo.
La estrechez de Sant Pere Mitjá, encajonada y paralela entre sus hermanas mayor y pequeña. La tranquilidad de la pintoresca plaza de Sant Agustí Vell. Más hacia el mar, en la Ribera, la majestuosidad palaciega de la calle Montcada, que desemboca en el Paseo del Born, a la espalda de la Catedral del Mar.
Del otro lado de la Vía Laietana, en pleno corazón del Barrio Gótico, la dura piedra de la Plaza del Rey me transporta a la Toscana: a San Gimignano o a Volterra. Al dejarla, sorprende el silencio que casi en todo momento del día reina en el Carrer de la Pietat, tras el ábside de la Catedral. Más aún comparado con el bullicio que, a escasos metros, impera en el Call judío y en el entorno de la Plaza del Pí. Detrás del Ayuntamiento, vuelve la calma en las estrellas callejas que se deslizan hacia la Mercé y el mar.
Me encanta también perderme por el Raval. Salir de la Rambla por el Carrer Nou - parada obligada en el Palau Güell - y recorrer la Rambla del Raval. El nuevo hotel Barceló es un ejemplo de contraste entre lo viejo y lo nuevo, igual que los es el MACBA algo más arriba. Luego hay que subir por Joaquín Costa para regresar, a la derecha por Tallers - parada obligada aquí también: el mítico bar de cócteles Boadas -, de nuevo a la Rambla.
Tiendas, bares, escaparates, cafés, gente, sombras, piedra, ruido, silencio. Callejear Barcelona.
La puesta en escena de Dos Cielos arranca de manera espectacular. Desde el amplísimo hall del ME by Meliá, en el que está ubicado, subes 24 pisos en el ascensor y llegas a la terraza al aire libre. Charlas con el chef, te sientas a tomar una copa de cava en la fresca pero apacible noche otoñal, sobrevuelas Barcelona a través de sus luces, te relajas con la música chill out. Terminado este primer acto, los propios Torres te reciben camino de tu mesa, ya que el acceso se produce a través de la cocina, en la que el equipo ya trabaja afanado para atender una elegante sala - blanca salvo el rojo suelo - con una decena de mesas que termina llenándose. Desde la nuestra contemplamos, allá abajo, las luces de la Sagrada Familia elevándose sobre el Eixample.
Cómo no, elegimos el menú degustación para la ocasión: además, no lo leímos por ninguna parte, sino que pedimos que lo marcara la cocina a su gusto. Y arrancamos con un par de aperitivos, uno frío - tomate relleno con albahaca y crema de queso - y otro caliente - buñuelo de bacalao -, además de un suculento aceite cordobés - Pórtico de la Villa, hojiblanca y picuda - que nos permitió probar la amplia selección de panes con la que se acompaña la cena.
Llega el primer entrante marcando un excelente nivel, que se mantendrá durante todo el período inicial del menú (disculpas por la imprecisión con algunos platos, ha pasado más de un mes): una espuma de tubérculos de brasil con zamburiña y perejil marca el juego tierra y mar al que da continuidad, en segundo lugar, la ostra con pepino y gelatina del cocido. Sabores de tierra, de otoño, combinados en texturas muy sugerentes con los moluscos. Muy buen arranque.
Cambiamos de tercio en la etapa central de los salados, pero sin dejar nunca la estación otoñal. Llega el ravioli relleno de foie y castaña, con oliva negra y tomate seco en el jugo que lo rodea: sutil sabor potente. Después, el mejor plato para mí de la noche: un arroz negro con espardeñas - un punto de aceite de chorizo - fantástico.
La de los principales fue la parte que menos me dijo del menú. Nada que reprochar al mero a la sal con romero, en su punto, y un fondo de cebollas, puerros y tomate, pero es que mi tierra marca un listón altísimo en este apartado. El cochinillo, con su piel bien crujiente y dados de manzana ácida para contrapesar el plato, cumple en la difícil tarea ante estómagos que están alcanzando su límite.
Como paso previo a los postres, flipamos con la excepcional bandeja de quesos que nos enseñaron. Seleccionamos media docena con ayuda del camarero - alguna joya de vaca pirenaica que lamentaré toda la vida no haber anotado - para compartir una ración que venía acompañada con pan de nueces y pasas y mermeladas de tomate y manzana.
Dos postres incluye el menú degustación. En nuestro caso, primero un crumble de coco con helado de piel de limón y teja de naranja, necesario refresco a esas alturas de la noche. Y luego, a modo de gran broche, una deliciosa - también para la vista - recreación de la tarta Selva Negra con helado de frutos rojos.
Durante toda la cena alabamos la recomendación del sumiller para el vino. Le pedimos un blanco de la tierra y nos sugirió un Xarel.lo D.O. Penedés, Electio 2008, glicérico y untuoso, fantástico en su acompañamiento hasta el pescado. Para el cochinillo, una copa de Ferrer Bobet 2007, un D.O. Priorat elaborado con cariñena y garnacha que demostró que el sumiller conocía perfectamente su oficio.
El menú degustación de Dos Cielos cuesta 85 euros. Los vinos citados y la copa de cava suman 34 euros por persona. La tabla de quesos, que no está incluida en el menú como perfectamente te advierten al mostrártela, supone otros siete euros (en este caso, al compartir, la mitad por persona). Restan agua y esos detalles que tan poco me gustan que hacen que el café y el "servicio mesa" (por mucho que la atención fuera excelente durante toda la noche) sumen otros ocho euros per capita a la cuenta. En total, un poco más de 130 euros por cabeza.
En definitiva, una experiencia integral de más de tres horas en un lugar atractivo, con un servicio impecable y una cocina de altura. No obstante, en lo puramente gastronómico, situaría por delante a Koy Shunka y Dos Palillos.
[Dos Cielos / Pere IV 272-286 (Hotel Me) / 93.3672060 / Ubicación]
Llegamos temprano a Monvínic, apenas la una de la tarde. El local todavía estaba tranquilo y pudimos disfrutar de una visita guiada para admirar su elegantísimo interiorismo (premio FAD 2009): el centro de documentación, la generosa sala de catas, el espacio culinario, la cocina, el bar y, por encima de todo, la bodega. Las fotos no hacen justicia, creedme.
Cómodamente aposentados en los sillones del bar, el sumiller nos ayudó a confeccionar nuestro menú particular. Monvínic tiene todos los días un par de docenas de botellas seleccionadas para servir por copas o medias copas. Por supuesto, la totalidad de las referencias de la bodega están a disposición del cliente. Para manejarse entre tanta abundancia, se utiliza un tablet como el de la foto.
Vamos allá con nuestro menú. Arrancamos, cómo no, por un cava: Manuel Raventós Grand Reserva Brut Nature 2002 (Macabeo, Parellada, Xarel-lo), excelente comienzo. Luego vinieron dos blancos. En primer lugar, una variedad autóctona catalana de la que no había oído hablar en mi vida: Picapoll. Un sugerente Abadal Picapoll 2009 (DO Plá de Bages). Y como contrapunto, un blanco italiano, alpino, potente y fresco: Kerner 2007, del Alto Adige. Hasta aquí, acompañando, conservas: ventresca con escarola y mejillones en escabeche.
Nos pasamos al Penedés para comprobar que en esta DO también se hacen excelentes tintos: Sot Lefriec 2004 (Cabernet Sauvignon, Cariñena y Merlot).Y viajamos a las antípodas para probar un Shiraz de Barossa Valley, un vino elaborado por David Powell realmente fantástico: The Struie 2006, en el que hasta un nariz de hojalata como yo es capaz de apreciar los aromas a fruta negra y chocolate; la media copa se nos hizo escasísima para degustarlo. En esta etapa, acompañamos con huevos con setas (diversas variedades).
Con todo, lo mejor estaba por llegar. Un Riesling austríaco (Weisser Riesling 2005) abrió la veda de los dulces que acompañaban al postre. Y luego - el sumiller se lo guardó para la traca final - llegó un grandioso vino, como mínimo a la altura de ese Ordóñez nº4 Esencia del que dábamos cuenta en la Gran Catanza. Un vino ¡griego, de Santorini!. Se llamaba Apiliotis Mezzo y estaba hecho a base de uva Mandilaria. Excepcional, auténticamente. Vino naturalmente dulce cuyo proceso de elaboración le confiere una acidez (el doble que el Esencia, por ejemplo) que equilibra maravillosamente el dulzor tras los 18 meses en barrica. En fin, no sé si me he explicado muy bien, pero la realidad es que tomamos un vino absolutamente espectacular.
Para que os hagáis una idea de los precios, fueron en total ocho medias copas (dos del cava y una de cada uno de los seis restantes), cuyos precios oscilaron entre un euro del Picapoll y 6,50 euros del The Struie. En total, con las dos raciones de conservas, el plato de huevo con setas, el postre y dos cafés gourmet peruanos, algo más de 30 euros por cabeza.
Amantes del vino, si pasáis por Barcelona, reservaos un buen rato para visitar Monvínic.
Tras acomodarnos en nuestro lugar ante la barra (a la hora de reservar hay que indicarlo expresamente, dado que el restaurante también tiene zona de mesas en la que se puede comer a la carta), nos arrancamos con el menú degustación. Llegan en primer lugar unos lomos de boquerón marinados en salsa de soja con rebozuelos y su espina desecada. Nivelazo para empezar, marcando lo que será la línea del menú: sabor puro, intenso y directo presentado impecablemente.
Continuamo con una patata dulce japonesa (qué textura más diferente) acompañada de una reconfortante crema de foie y miso. Luego, un juego de cuatro maíces: crema de maíz, intensidad a tope, con maíz, maíz tostado y palomitas de maíz.
Rematados los entrantes, pasamos a un tramo intermedio que abre, atención, un tartar de ventresca de atún con mojama rallada sobre crujiente de alga nori. Y, sin solución de continuidad, un maravilloso salmonete apenas rustido en su exterior, acompañado de limón, sal y palomitas de arroz japonés. Cierra esta etapa un tierra y mar, el único plato que sustituye el predominio del sabor nítido por la mezcla, también de texturas: seta (no recuerdo cuál), espardeña y secreto de ibérico.
Entramos definitivamente en el meollo japonés del asunto con el sashimi, cuidadosamente preparado ante nuestros ojos, con un esmero casi religioso, por Hideki: diferentes cortes del atún (lomo exterior, lomo interior y ventresca), bonito, calamar y dorada. Entretenimiento de la costa catalana antes de continuar: gambas asadas con coquillas. Y vuelta a la isla con el Kobe de Burgos con robellones, berros, tallos de wasabi y salsa de soja dulce: pura mantequilla. Para cerrar, el glorioso sushi: jurel, anguila del Ebro y ventresca de atún.
Culmina la inolvidable sesión un postre coral: milhojas de crema de sésamo con higos y chocolate blanco.
Creo que a estas alturas poco queda por decir. Una fantástica experiencia que recomiendo fervientemente. Tomamos con el menú, que tiene un precio de 72 €, una botella de Lapola (dos blancos gallegos, de nuevo, entre los recomendados), además de agua y café. La cuenta rozó los noventa euros por cabeza.
[Koy Shunka / Copons, 7 - BCN / 93.4127939 / Ubicación]

