Valparaíso fue el principal puerto del Pacífico a principios del XIX. Ese hecho, junto a su peculiarísima geografía – una bahía acordonada por 42 cerros, por los que trepan desordenadas, caóticas, ansiosas por llegar a la cumbre miles de pequeñas casas de vivos colores – conforman un entorno urbano poco menos que imposible de describir con palabras o fotos.
El Barrio Puerto, al pie del Cerro Artillería, es el mejor reflejo del ambiente portuario que se respira por toda la ciudad, bulliciosa y concurrida. Ambiente que se torna en cosmopolitismo una vez que se asciende a los cerros – al Alegre, al Concepción – y se pasea por calles con nombres italianos, alemanes, ingleses: el paseo Gervasoni, el paseo Atkinson, el paseo Dimalow, el palacio Baburizza, el pasaje Bavestrello. En segundos se pasa de una recoleta plaza con aires art noveau a contemplar casas de madera con inclinados tejados que te trasladan al centro de Europa.
Pero, con todo, lo más significado de Valparaíso son sus colores. En especial, los colores de las casas. Intensos, brillantes, vivos. De cerca, llenan la mirada reflejando el sol del mediodía. A lo lejos, desde el mar, forman un cuadro impresionista al desperdigarse cerro arriba, en un desorden armonioso.
Visitaré unas cuantas veces más Valparaíso. Para disfrutar de su ambiente, de sus colores, de su arte callejero. De su deliciosa decrepitud.
En el corazón de la ciudad, a pocos pasos de La Chascona de Neruda, el bullicioso barrio de Bellavista alberga el punto de partida del funicular que remonta el cerro de San Cristóbal. Desde lo alto, mirando al poniente, los altos edificios de la comuna de Las Condes - Sanhattan - se recortan contra el horizonte pardo y blanco. En primer término, la torre del Costanera Center - todavía inconclusa: será el mayor rascacielos de Sudamérica, con 300 metros de altura y 70 plantas - empequeñece el resto del skyline santiaguino.
Una vista que merece la pena disfrutar.
Tanto el lounge del piso 20 como la terraza son espectaculares. Las vistas son inmejorables: al norte, los rascacielos del midtown, con su majestad el Empire State en primera línea; al sur, a lo lejos, la silueta de las moles del distrito financierto. Los cócteles ($14), bastante ricos. Y la música notable, en especial para los que frisamos la cuarentena.
El bar abre a partir de las cuatro de la tarde, pero la hora ideal para acercarse es el atardecer (ojo: si vais en fin de semana, el riesgo de que el local esté completo es alto). Si hace sol, el dorado del Empire dejará paso, poco a poco, a las luces de neón recortadas en el cielo que va oscureciendo. Un espectáculo; tanto como el del pijerío local que empieza a predominar cuando cae la noche. Y cuando hace fresco, como era el caso cuando nos acercamos por allí, las batas rojas que el local pone a disposición de sus clientes terminan de conformar una pintoresca estampa.
Imprescindible.
Después de tres estancias en la ciudad, los must see los conocemos bien, aunque seguro que intentamos volver a pasar por todos. En esta ocasión, y para eso os pido ayuda a través de los comentarios, queremos dedicarle algo más de tiempo a los barrios más alejados de las hordas turísticas.
Queremos volver a Brooklyn, ese extraordinario crisol de culturas, al cual le dedicamos un día completo en el anterior viaje. Especial atención nos merece Williamsburg, el barrio más in de la zona, con numerosos centros culturales y - para qué nos vamos a engañar - bares y pubs de lo más pintoresco, como el de la foto inferior. Queremos volver a patear Harlem. Y, si nos atrevemos, cruzar al Bronx.
En lo gastronómico, llevamos dos reservas de lujo. En nuestra primera noche, Momofuku Ko, que pasa por ser uno de los mejores japoneses fuera de Japón, y que además queda a unos pasos de St Marks Place, en pleno East Village, con una fauna nocturna absolutamente alucinante. Y en la segunda, wd-50, la casa del chef Wylie Dufresne, que también nos deja inmejorablemente situados para rematar la noche en los locales del Lower East Side.
Para el resto, rendiremos homenaje a las catedrales de la fast food neoyorquina. Repetiremos las hamburguesas del Burger Joint, tan deliciosas como repugnantes a la vista, como demuestra la foto de abajo. O los bocatas de pastrami de Katz's Delicatessen. Llevamos, esta vez, uno nuevo en la lista para descubrir: el Prime Burger de la calle 51.
Espero vuestros comentarios con pistas e indicaciones. ¡Gracias por adelantado!
Oporto, como Lisboa, es una ciudad para vagar sin rumbo, para perderse por cualquiera de sus empinadas calles. Arrancando en lo alto de la colina, múltiples pasajes y callejuelas descienden hasta el río: desde el Terreiro da Sé, las escadas de Barredo te transportan a un entorno casi rural en pleno centro de la ciudad; a escasos metros, la Rúa Escura da paso a la Bainharia y luego a Mercaderes, estrechos ejemplos de la encantadora decadencia portuense; más arriba, partiendo de la Praza da Batalha, la sórdida rúa Chá evoca tiempos de “negócios de saias”, ahora apenas resquicios; desde los Clérigos, tras bajar por Sao Bento da Vitória, retorcidas escaleras forman un desvencijado paréntesis antes de volver a la monumentalidad del Palácio das Artes (sede del restaurante DOP) y de la Bolsa. Y así podríamos seguir por los alrededores del Mercado do Bolhao – que ha vivido mucho mejores tiempos – o incluso del otro lado del puente de Luis I y las viejas murallas, bajando por la Rúa do Miradouro.
A la decrepitud y el vagar se contraponen, simplemente con cruzar hasta la otra orilla del río, la majestuosidad y el contemplar. Ubicados en Vilanova de Gaia, al pie de las bodegas o en lo alto de la colina, la grandeza del skyline portuense luce espléndida: desde el colorido de las casas de la Ribeira hasta la aguda torre de los Clérigos, desde la mole del palacio episcopal hasta la ligereza de hierro del puente de Luis I. A pie de río, junto a los ravelos, se gana el sabor del bullicio turístico y de la estampa de antaño; en lo alto del puente, en el Jardim do Morro, la vista gana perspectiva, abriéndose ante nuestros ojos el último tramo del gran río, casi hasta su desembocadura en el Atlántico.
En fin, de nuevo, que las imágenes se expliquen mejor que mis palabras. (Más fotos a vuestra disposición en el álbum Porto 2011).
En lugar de esto, voy a hablar de lo que me gusta. Y lo que me gusta cuando voy a una gran ciudad - muy por encima de visitar museos o grandes monumentos y al mismo nivel que disfrutar con sus grandes restaurantes - es callejearla, vivirla, respirar su ambiente cotidiano. Por eso, pese a que admiro la maravillosa monumentalidad de esa milla de oro que va desde el Louvre hasta el Arco del Triunfo, mi obsesión en París es perderme al atardecer por las callejuelas de Montmartre o del Barrio Latino. Y en Londres, Covent Garden o las mañanas de domingo en Camden. En Nueva York, el cosmopolitismo del East Village o del Lower East Side. En Granada, el Albaicín, y en Sevilla, Santa Cruz. Por eso me encuentro tan a gusto en Lisboa: porque es una ciudad hecha para caminarla.
Y para este perderse, caminar sin rumbo y sin prisa, Barcelona es excepcional. El rectángulo que delimitan el Mediterráneo, la Rambla del Raval, la Plaza de Catalunya y el Parque de la Ciudadela es, además de pura historia - esplendor y ruindad, suntuosidad y modestia - un paraíso del callejeo.
La estrechez de Sant Pere Mitjá, encajonada y paralela entre sus hermanas mayor y pequeña. La tranquilidad de la pintoresca plaza de Sant Agustí Vell. Más hacia el mar, en la Ribera, la majestuosidad palaciega de la calle Montcada, que desemboca en el Paseo del Born, a la espalda de la Catedral del Mar.
Del otro lado de la Vía Laietana, en pleno corazón del Barrio Gótico, la dura piedra de la Plaza del Rey me transporta a la Toscana: a San Gimignano o a Volterra. Al dejarla, sorprende el silencio que casi en todo momento del día reina en el Carrer de la Pietat, tras el ábside de la Catedral. Más aún comparado con el bullicio que, a escasos metros, impera en el Call judío y en el entorno de la Plaza del Pí. Detrás del Ayuntamiento, vuelve la calma en las estrellas callejas que se deslizan hacia la Mercé y el mar.
Me encanta también perderme por el Raval. Salir de la Rambla por el Carrer Nou - parada obligada en el Palau Güell - y recorrer la Rambla del Raval. El nuevo hotel Barceló es un ejemplo de contraste entre lo viejo y lo nuevo, igual que los es el MACBA algo más arriba. Luego hay que subir por Joaquín Costa para regresar, a la derecha por Tallers - parada obligada aquí también: el mítico bar de cócteles Boadas -, de nuevo a la Rambla.
Tiendas, bares, escaparates, cafés, gente, sombras, piedra, ruido, silencio. Callejear Barcelona.





