El espacio central - alto, ligero, pero abarrotado de gente - es una selva en la que los depredadores - los encargados de los negocios de restauración - acechan a la caza del turista despistado. Con éxito, a la vista de los centenares que a todas horas degustan las propuestas de los restaurantes.
Yo caí también, por supuesto, que a eso íbamos. Y, acompañado de una generosa jarra de cerveza, di cuenta de unas machas (suerte de almejas) a la parmesana - receta bastante popular por estos pagos - y de unos choros zapato a la ostra. Esto último quiere decir unos mejillones de enorme tamaño abiertos al vapor; tan grandes que entran tres en una ración; pero, para mi gusto, la intensidad de su sabor es inversamente proporcional a su tamaño. Todo ello por unos 15.000 pesos, que vienen siendo unos 23 euros.
Pero lo más interesante del mercado está fuera del patio central. En los estrechos pasillos laterales, se extienden decenas de puestos de pescado y marisco. Haciéndose hueco entre el gentío y entre los hiperactivos tenderos, se pueden contemplar congrio negro y colorado, reineta, corvina, róbalo (más pequeño que el gallego), salmón, merluza, pejerrey, albacora, mucho jurel y me imagino que atún cuando no está en veda; pero también machas (almejas), choros (mejillones), ostiones (ostras), lapas, erizos y otras especies que no existen en España, como los locos y los picorocos. Un espectáculo que merece la pena visitar. Ah, y los precios son bien contenidos: sólo las piezas más caras alcanzan los 5.000 pesos (unos ocho euros) el kilo.
[Mercado Central / San Pablo 967 / Ubicación]
En esta inmensa ciudad, la oferta gastronómica es igualmente inmensa. Pero, muy por encima de todas las demás, la cocina peruana es la reina. Y dentro de ésta, la fusión con lo japonés. Quizás el hecho de que justo enfrente de mi departamento provisional se encuentre la cevichería - o cebichería, que de ambas formas lo escriben - Asialima condiciona mi conclusión. En su carta, como en la de tantos otros lugares, los ceviches, los tiraditos - la más evidente influencia japo, a mitad de camino entre carpaccio y sashimi - y las causas.
Sin duda, lo mejor que he probado en este apartado peruano ha sido el menú degustación de Astrid & Gastón. De nuevo los cebiches (aquí con "b"), los ostiones, la pasta con centolla, la corvina con almejitas o el corderito de la Patagonia. La Cebichería La Mar es una muestra de que, en Santiago, el continente importa mucho. En una sociedad tan estratificada como la chilena, los restaurantes de la clase pudiente son símbolo de status. Siempre locales muy cuidados, buena parte de ellos en casonas de las zonas privilegiadas. [En la foto, tomada de la web del restaurante, la terraza de La Mar]
Un ejemplo claro - aunque no por la ubicación - es el restaurante Zully, situado en una encantadora plazoleta del centro histórico [La foto que abre el post, tomada de la web del restaurante]. En el perfecto marco de una casa de principios del s.XX restaurada, aquí encontramos cocina chilena bien ejecutada. En la carta de pescado - la cocción siempre más larga que en Galicia, no sé si me acostumbraré - de los restaurantes de cocina local son recurrentes la corvina, el congrio, la merluza, el atún y el salmón; varios cortes de las carnes, aquí más vaca que ternera: el lomo liso y el lomo veteado, según la cantidad de grasa. El Osadía, en la misma línea de carta chilena, me gustó bastante menos.
Mención aparte merece el Boragó, en el que la influencia de Mugaritz - de hecho, Andoni Adúriz estuvo por aquí la semana pasada - es evidente. "En Boragó llevamos a cabo una cocina de entorno basada en lo que el suelo es capaz de entregarnos en el momento. Una cocina salvaje, rústica pero innovadora al mismo tiempo". Anteayer, ante su espléndida cocina a la vista, tomamos allí el menú endémico, un reseñable paseo por la flora y la huerta chilena. [En la foto, tomada de la web del restaurante, una receta a base de loco, un marisco local]
En cuanto a los precios, la cosa anda a niveles europeos. A la carta, los platos principales - los fondos, dicen aquí - superan los veinte euros. El degustación corto de Boragó eran 45 euros y el de Astrid & Gastón sesenta, si no recuerdo mal. El vino es más caro que en España. Y, además, hay que añadir un 10% de propina sobre la factura total. (Significativo en una ciudad en la que la BigMac, medida universal de capacidad adquisitiva, vale un euro setenta)
En fin, un mundo por descubrir (y por fotografiar: pronto superaré la vergüenza y me llevaré la cámara) y, todo ello, sin salir de Santiago. El resto del país me espera...
Para esos fríos pero soleados días de invierno o de las primeras semanas de primavera, os sugiero un plan muy apetecible. Llegada a Pontedeume a eso de la una para disfrutar del ambiente de la encantadora villa eumaesa a la hora de los vinos. Comida en La Solana. Y posterior paseo, extremo a extremo, sin prisa, por la playa de A Magdalena.
De entrante podéis tomar los berberechos o las navajas. O si, como fue nuestro caso, os insisten con las zamburiñas, dejaos llevar: gran porte, en su punto, con un aliño sutil pero que se dejaba notar, dándole sabor al plato.
Yo repetí la lubina al horno con muselina de ajo. Espléndido plato, en el que el pescado pone la textura - excelente de cocción - y la muselina potencia el sabor. Una versión civilizada del cocido, presentada en una ración que no te deja KO para toda la tarde, no es mala alternativa para coger calorías de cara al paseo. Y si vais con niños, las croquetas de jamón - bechamel cremosa, muy lograda - son garantía de éxito.
Con un postre para compartir, cafés y cervezas y aguas para beber, descontado lo de los pantagrueliños la cuenta fue de unos treinta euros por persona. Por tanto, con vino se puede comer del orden de los cuarenta. Y se come bastante bien. No me diréis que no es buen plan...
[Restaurante La Solana / Praia A Magdalena, 2 - 981.430960 / Ubicación]
Un pequeño bocadillo de ensalada caprese: pan de cereales, mozzarella, tomate y albahaca. Fresco y sabroso. Hamburguesa gallega gourmet: ternera gallega, gorda y rojita; queso del país fundido; tomate y cebolla en buen pan; al lado, rodajas de patata de Coristanco cocida (ocho euros y pico). Tarta banoffee para cerrar: fondo de galleta, dulce de leche, plátano y nata montada. Ligera poco, pero rica mucho. Para volver con calma y hacerle un post.
[Pandelino / Rosalía de Castro, 7 - 981.207584 / Ubicación]
(Foto tomada del Facebook de Pandelino)
Poco ha cambiado el espacio del restaurante. Una luz menos íntima, más fría (a mí me gusta menos); un color oscuro en la mitad inferior de la pared; una mesa más, en el centro, lo que eleva la capacidad del local hasta la veintena de comensales, reducida en cualquier caso. Curiosamente nos tocó la que era "nuestra mesa" en la etapa de Jordán; el grueso de la gente llegó cuando la cena estaba bien avanzada y no tuvimos ningún problema de ritmo: no sé si esa diminuta cocina dará para atender la sala llena sin demoras.
Cómo no, al ser nuestra primera visita, elegimos el menú gastronómico. De la mano del propio chef, configuramos el mismo sobre la base de las propuestas de la carta: por primera vez en mucho tiempo, era la carne la que predominaba sobre el pescado. Por eso elegimos un tinto frutal y fácil, Tres Picos Garnacha 2009 (D.O. Campo de Borja).
Tras el aperitivo - una crema de calabaza con albahaca - llegó una conseguida escalibada con ventresca de bonito, buena manera de empezar. Siguieron las mollejas confitadas con boletus y yema de huevo rellena de trufa de la primera foto del post. Muy bien las mollejas - gran textura - y el fondo; quizás una yema todavía líquida en su interior, que se derramase sobre la carne al partirla, le habría dado más interés al plato.
Luego le llegó el turno al pescado. Unos rapitos sobresalientes de punto bien acompañados por el arroz de berberechos y puntillas. Y para cerrar, manitas de cerdo deshuesadas y prensadas, con calabaza, un estupendo puré de castaña y brotes de rabanito. No soy muy amigo de la carne gelatinosa, pero la Sra Foucellas dio su visto bueno al plato.
El postre, menos notable, consistió en un bizcocho de nuez - demasiado compacto - con crema de whisky y un bien resuelto helado de caramelo. Cmpletó el apartado dulce una teja que tomamos con los cafés.
El menú gastronómico tiene un precio de 27 euros. Si le añadimos el vino, el agua y los cafés (la casa invitó a la segunda ronda), pagamos cuarenta euros por cabeza. Muy buena relación calidad-precio.
En fin, situaría a David Abuín en la línea de Artabria o del cerrado Agar-Agar. Una propuesta diferente y personal, bien ejecutada y con unos precios muy contenidos (ninguna de las propuestas de la carta supera los 16 euros). Si le añadimos un local pequeño, que permite atar en corto los gastos fijos en atribulados tiempos como estos, tiene todos los ingredientes para situarse como una buena referencia en la ciudad.
[David Abuín / San José, 2 - 981.922782 / Ubicación]
Como estábamos con los pantagrueliños, en lugar de pedir el menú degustación nos construimos uno más corto pero representativo de la oferta del día a partir de varias de las referencias de las carta. Todo producto del mar, como debe ser en un lugar como éste.
Arrancamos con unos longueiróns pasados apenas veinte segundos por la sartén y aliñados con una mezcla de aceites de oliva (13 €). Son piezas pequeñas, las preferidas de la cocina del Fragón, y doy fe de que estaban carnosas y jugosas. Muy similar la preparación de las almejas - en esta ocasión de apreciable tamaño -, de nuevo poco más que abiertas y aliñadas con la mezcla de aceites y un toque de balsámico (15 €). ¿Para qué complicarse más con esta materia prima? (Almejas que sólo desde hace poco más de un año se pueden extraer de las arenas fisterrás, concretamente de Praia Langosteira, vecinas de los longueiróns)
Estaba excelente, en su punto preciso de cocción, la merluza del pincho (16 €), acompañada por una deliciosa crema de coliflor - preparada con patata y nata -, una ligerísima ajada y un par de tiras de pimiento verde. La lubina salvaje a la parrilla (22 €) venía también en un punto espléndido, en este caso con unas verduras pochadas, patata cocida y de nuevo el toque de aceite, casi una donostiarra sutilísima.
Tanto mar necesitaba un acompañante a la altura. Y optamos por el Albariño Pedralonga (18,50 €), el vino del año, untuoso y cítrico, de una bodega que hace pequeñas maravillas en el Umia. Si os acercáis al Fragón paseaos por la zona de las botellas, al fondo. Allí están José Luis Mateo, Fernando Algueira, Luis Anxo Rodríguez, Xosé Lois Sebio, Rodrigo Méndez, José Meréns... los más grandes. ¡Da gusto!
Compartimos un postre, un notable cremoso de chocolate blanco (4 €), que durante el café se vio complementado por ricos petit fours: una mousse de chocolate valrhona con café de pota y un digestivo de limón.
Como habréis notado, contra mi costumbre de dar el precio por persona según la cuenta, en esta ocasión, al estar los pantagrueliños y compartir con ellos - pedimos un plato adicional a los antes mencionados -, he preferido indicar los precios individuales. Calculo que la nota con un entrante a compartir, dos principales, postre y vino andará en torno a los 45 euros per capita.
Bueno, creo que a estas alturas no es complicado imaginar la impresión que me llevé de O Fragón. Recomendabilísimo. Y con las maravillas naturales que hay en los alrededores, como la playa de O Rostro, pues como para pasar un día redondo.
El restaurante Domus, además de ofrecer unas inmejorables vistas sobre la ensenada del Orzán, cuenta con el privilegio de estar albergado en el edificio que Arata Isozaki proyectó para acoger la Casa del Hombre, uno de los museos científicos de la ciudad. Enclavado en una cantera, las paredes del comedor opuestas a la gran cristalera están formadas por la propia roca. Un marco espléndido, sin duda.
En este favorable escenario, Eduardo Pardo presenta una carta sin complicaciones, probablemente pensada para un público amplio, con propuestas que en ningún caso superan los veinte euros (más IVA: ¡qué manía tienen los restaurantes de seguir incumpliendo la ley!). La Sra. Foucellas y un servidor nos decantamos por compartir un par de entrantes y luego un principal cada uno.
Comenzamos, después del aperitivo de la casa - sopa de calabaza y curry -, con unos fritos de queso do Cebreiro y lacón. ¡Qué poco extendido está el queso do Cebreiro en restauración! Su intenso sabor es magnífico, aunque en este caso eclipsaba casi totalmente el lacón. Después, la generosa y notable ración de chipirones de anzuelo a la brasa, servidos sobre una capa de verduras sofritas que daban el contrapunto suave y dulce.
Mi principal fue un bacalao confitado con habas guisadas. La carta anunciaba garbanzos y espinacas en lugar de éstas: habría agradecido que me hubieran comentado el cambio en el momento de pedir, y no al ser servido. En cualquier caso, el bacalao estaba muy bueno, en su punto de cocción y sal; también buenas - sabrosas y muy tiernas - las habas, aunque un poco bajas de temperatura (algo que apreciamos en la mayoría de los platos). No nos dijo tanto el arroz meloso de pato, setas y langostinos, demasiado denso y apelmazado, servido en una ración probablemente excesiva.
Ya bastante llenos, compartimos un único postre, no especialmente reseñable: tiramisú de chocolate blanco y helado de chocolate. Acompañamos la cena con A Coroa, godello de Valdeorras, y agua, además de dos cafés para terminar. Pagamos 45 euros por cabeza.
En fin, sin tener nada concreto que reprochar a la experiencia, y pese al magnífico escenario del Restaurante Domus, para mi gusto hay opciones en la ciudad preferibles en este rango de precios.
[Restaurante Domus / Casa del Hombre - Angel Rebollo s/n / 981.201136 / Ubicación]
(La foto de la Domus es obra de Marcus y está tomada de Wikipedia Commons)
El local es muy acogedor: ligeramente por debajo del nivel de la calle, una barra de sushi a mano derecha, la amplia zona de mesas a la izquierda, madera clara predominando y luz intensa. La carta es amplia: tataki, sopas, mushimono, yakimono, tempura... La desventaja de ir uno solo es que no puedes variar todo lo que quisieras, así que tuve que elegir y preferí centrarme en el producto puro: un variado de sashimi y otro de sushi.
Dejé todo a criterio de la barra y enseguida llegó el sashimi de salmón; y llegó el delicioso sashimi de vieira: nunca me cansaré de decir que la cocina japonesa debería haber nacido en las rías gallegas; y llegó, sobre todo, el de toro: entreverado de vetas blancas, se derretía casi con mirarlo, desde luego con la presión de la lengua y el paladar.
Luego vino el maki de atún. Y con él, el nigiri, de menos a más espectacular: de salmón y de atún; de lubina y del humilde pero impagable chicharro; y de nuevo, sublimes, la vieira y el toro.
Al contrario de lo que suele ser habitual en este tipo de locales, la carta de postres tenía un buen nivel. Si el que yo tomé era representativo, un nivelón: tarta de manzana - personal interpretación - caramelizada con helado de nuez y espuma de apionabo. Sobresaliente.
Tomé todo esto con una caña previa, dos copas de verdejo de Rueda - ¡dónde narices están los distribuidores de blancos gallegos en Madrid! - y un café. Pagué sesenta euros.
No sé cómo estarán Kabuki, Nikkei, 99 Sushi Bar o Soy. Pero, desde luego, Miyama es una grandísima opción.
[Miyama Castellana / Pº Castellana, 45 - 91.3910026 / Ubicación]
(Foto tomada de la web del restaurante)
Los amplios espacios de la Rectoral ofrecen muchísimas posibilidades (echadle un ojo a las fotos de la web), desde sus comedores hasta el salón con chimenea: seguramente en los próximos meses iremos viendo cómo el dúo nos presenta propuestas de interés. Mientras tanto, la oferta habitual - cocina tradicional, incluyendo cocidos: estamos en la tierra - se ve reforzada por el estilo creativo del nuevo cocinero del lugar.
Como viene siendo habitual en nuestras visitas, dejamos a Chechu que compusiera el menú que le apeteciera. Y arrancamos muy bien, con un carnoso carpaccio de langostinos, parmesano y alioli de aceitunas. Seguimos con una sopa templada de espárragos, reforzada por el concentradísimo sabor y la melosa textura de un tuétano de jarrete cocinado lentamente durante once horas. Cerramos la primera etapa con las ya míticas zamburiñas de las que tanto hemos hablado por aquí.
Volvemos a la cuchara con un espléndido plato de los que se agradece en esta época del año: huevo con callos de bacalao, tirabeques y crema de maíz, sobre el que se ralla en la mesa trufa negra. Ni más ni menos. Continuamos con la impecable lubina con pak choi y caldo de boletus. Y cerramos los salados con el cordero, salsa de encurtidos y, de nuevo, trufa. Difícil suele ser hacer frente a este plato cuando remata el menú, pero la larguísima cocción al vacio - doce horas, nos cuenta Chechu - deja la carne tiernísima, tanto que se deslasca con el tenedor como si fuera pescado.
Un primer postre desengrasante: la piña colada con mousse de cítricos (y, ejem, peta-zetas). Y luego, para concluir como señores, una sobremesa coral: el bizcocho, las finas tiras de queso de San Simón con aceite, el helado y los frutos secos.
En fin, como podéis apreciar, permanece intacta la línea de Agar Agar, reforzada por la ilusión de una nueva etapa y un local con mucho por explotar. Permanece también una política de precios muy asequible: el menú descrito cuesta 35 euros por persona. La casa nos invitó a las copas de vino - no conocía ni el blanco, Loural, un notable Ribeiro de Arnoia; ni el tinto, Toalde, una mencía joven de O Saviñao - y a los cafés.
Al levantarnos tuvimos oportunidad de visitar la Rectoral. De lo más apetecible, dormir en las elegantes habitaciones con muros de más de un metro de grosor, las pequeñas ventanas encajonadas entre la piedra, la gran cristalera sobre el patio interior, la iglesia gótica de hace más de mil años, el silencio de estar en medio de ninguna parte. Pero esa será otra historia...
De momento, un sabadete de estos, os acercáis a Betanzos a tomar unos vinos y luego subís a comer a la Rectoral. Para que digáis que no os propongo buenos planes...
[La Rectoral de Cines / San Nicolás de Cines - Oza dos Ríos / 981.777710 / Ubicación]
Allí estaban Manolo Gago y Antonio Portela, en el aula de la Asociación de Hostelería de Compostela, guiándonos por una cata que fue recorriendo los infinitos caminos del vino gallego, caminos que también recorrió Cunqueiro: "eu podía darlle unha volta ao país coa taza cunca do meu apelido na man". De la agudelo de Betanzos a la godello de Valdeorras, pasando por la albariño del Salnés; de la mencía de Amandi ("Por acolá anda un río, que chaman Bibey, e unhas viñas famosas, que din de Amandi. Deste tinto díxose que era grato a Augusto.") a la atlántica espadeiro, con parada en las deliciosas coupages del Ribeiro: garnacha, caíño longo, brancellao, sousón, ferrón.
Allí estaba Iago Castrillón, en la cocina de Acio, preparándonos un capón á figueira, un delicioso petisco. Se afanaba Iago porque no es tiempo de higos: ahumaba hojas de higuera para que el aroma sí estuviera presente; la castaña fue una honrosa sustituta. Otra deliciosa mencía, Finca Cuarta, nos acompañó durante el pincho.
Allí estaba el anfitrión, Pedro Roca, con sus escuderos de lujo: Flavio Morganti y el Chef Rivera. Allí estaba esa vaca vieja de Bandeira, estaban las colmenillas, las trufas, el lacón, las ostras... Allí estaban las mesas dispuestas, el arte de los chefs, las recetas evocadas por Cunqueiro, los fragmentos literarios que se leían antes de cada plato. Allí estaba el buen humor, el saber que se está viviendo una jornada memorable. Allí estaba, seguro, don Alvaro disfrutándola.
Un lacón trufado está en la gran tradición coquinaria de Occidente [...] Una cachucha bien cocida, con esa mezcla de cuatro sabores complementarios - hocico, diente, cabeza propia y oreja - merece el saludo de los galaicos católicos y carnívoros.
Un amigo me prestó la Historia de Couceiro Freijomil, y en una sombra, subiendo al Breamo, hice siesta con ella: iba por la mitad, por la historia de los viñedos y la exportación de los barriles de ostras en escabeche, cuando se me vino la noche encima.
Yo pongo un punto a favor de la costilla asada, y otro a la lengua salada y cocida con bertoncillos o con coles de Bruselas. (Aunque en esta ocasión el acompañante de los bertóns era el centollo)
Bajo estas aguas está Antioquía de Galicia, esa noble ciudad. [...] El plato celebrado entre todos los que el huésped ofrece, ranas en salsa verde. Hay también ranas al limón, a la tabla del Papa y estofadas, pero las ranas en salsa verde ya las celebró Rabelais...
Os romanos rendéronse, e o seu comandante explicou que Fanto xurdira da néboa, como pantasma de outono, xusto por onde os artilleiros en vez da cabalería saboiana, agardaban o risotto das doce, con tropezós de vaca.
Matías Vello sempre se ofrecía pra cocinar nas casas onde o convidaban a xantar. Sobresalía nas carnes mechadas, nos pastelós e nas perdices ó espeto flameadas con coñac.
...e vestíu a boneca, e ista pasóu da color de prata á color da carne, i abríu os ollos, e comenzóu a falar mui graciosa, e como tiña fame pedíu requesón i ovos moles.
Ahora, mientras José María se lleva a la boca el cabello de ángel de la tarta mindoniense, que tal parece se come las hebras de plata que ya lucen su barba carolingia...
Bágoas lle brincaban dos ollos a aquel don París príncipe, i os seus ao velo chorar tamén as botaban a afeito, pro non por iso deixaron de rillar nas roscas, que eran de Santa Crara, bañadas en almibre por mi ama doña Ginebra.
[Los fragmentos de textos de Cunqueiro que ilustran las fotos me los ha suministrado Miguel Vila. ¡Gracias!]
Otras crónicas: Capitulo 0, Colineta, Laconada.








