Allí estaban Manolo Gago y Antonio Portela, en el aula de la Asociación de Hostelería de Compostela, guiándonos por una cata que fue recorriendo los infinitos caminos del vino gallego, caminos que también recorrió Cunqueiro: "eu podía darlle unha volta ao país coa taza cunca do meu apelido na man". De la agudelo de Betanzos a la godello de Valdeorras, pasando por la albariño del Salnés; de la mencía de Amandi ("Por acolá anda un río, que chaman Bibey, e unhas viñas famosas, que din de Amandi. Deste tinto díxose que era grato a Augusto.") a la atlántica espadeiro, con parada en las deliciosas coupages del Ribeiro: garnacha, caíño longo, brancellao, sousón, ferrón.
Allí estaba Iago Castrillón, en la cocina de Acio, preparándonos un capón á figueira, un delicioso petisco. Se afanaba Iago porque no es tiempo de higos: ahumaba hojas de higuera para que el aroma sí estuviera presente; la castaña fue una honrosa sustituta. Otra deliciosa mencía, Finca Cuarta, nos acompañó durante el pincho.
Allí estaba el anfitrión, Pedro Roca, con sus escuderos de lujo: Flavio Morganti y el Chef Rivera. Allí estaba esa vaca vieja de Bandeira, estaban las colmenillas, las trufas, el lacón, las ostras... Allí estaban las mesas dispuestas, el arte de los chefs, las recetas evocadas por Cunqueiro, los fragmentos literarios que se leían antes de cada plato. Allí estaba el buen humor, el saber que se está viviendo una jornada memorable. Allí estaba, seguro, don Alvaro disfrutándola.
Un lacón trufado está en la gran tradición coquinaria de Occidente [...] Una cachucha bien cocida, con esa mezcla de cuatro sabores complementarios - hocico, diente, cabeza propia y oreja - merece el saludo de los galaicos católicos y carnívoros.
Un amigo me prestó la Historia de Couceiro Freijomil, y en una sombra, subiendo al Breamo, hice siesta con ella: iba por la mitad, por la historia de los viñedos y la exportación de los barriles de ostras en escabeche, cuando se me vino la noche encima.
Yo pongo un punto a favor de la costilla asada, y otro a la lengua salada y cocida con bertoncillos o con coles de Bruselas. (Aunque en esta ocasión el acompañante de los bertóns era el centollo)
Bajo estas aguas está Antioquía de Galicia, esa noble ciudad. [...] El plato celebrado entre todos los que el huésped ofrece, ranas en salsa verde. Hay también ranas al limón, a la tabla del Papa y estofadas, pero las ranas en salsa verde ya las celebró Rabelais...
Os romanos rendéronse, e o seu comandante explicou que Fanto xurdira da néboa, como pantasma de outono, xusto por onde os artilleiros en vez da cabalería saboiana, agardaban o risotto das doce, con tropezós de vaca.
Matías Vello sempre se ofrecía pra cocinar nas casas onde o convidaban a xantar. Sobresalía nas carnes mechadas, nos pastelós e nas perdices ó espeto flameadas con coñac.
...e vestíu a boneca, e ista pasóu da color de prata á color da carne, i abríu os ollos, e comenzóu a falar mui graciosa, e como tiña fame pedíu requesón i ovos moles.
Ahora, mientras José María se lleva a la boca el cabello de ángel de la tarta mindoniense, que tal parece se come las hebras de plata que ya lucen su barba carolingia...
Bágoas lle brincaban dos ollos a aquel don París príncipe, i os seus ao velo chorar tamén as botaban a afeito, pro non por iso deixaron de rillar nas roscas, que eran de Santa Crara, bañadas en almibre por mi ama doña Ginebra.
[Los fragmentos de textos de Cunqueiro que ilustran las fotos me los ha suministrado Miguel Vila. ¡Gracias!]
Otras crónicas: Capitulo 0, Colineta, Laconada.
Era un almuerzo de trabajo. Cuando le pregunté al colega a dónde me llevaba me dijo: "A la Taberna, en la carretera de A Estrada." "¿Cómo que a la Taberna? Tendrá algún nombre." Insistí sin éxito hasta que, a la altura del Km 9 de la AC-841, nos encontramos, a la izquierda, con un cartel que indicaba "Taberna". Me callé, claro. Tres carteles indicativos de "Taberna" después, llegamos al restaurante, en la aldea de Pite: sobre su puerta, un letrero rezaba... "Taberna", naturalmente.
No sé por dónde seguir. Si por la conversación con el propietario, encarnación del concepto de retranca (fueron unos minutos bien divertidos: llegamos un rato antes de las dos, y allí hasta las dos no empiezan a cocinar). O por el ¿barrilete? metálico, cilíndrico, en el que uno mismo se sirve de su grifo el tan peligroso como denso Barrantes tinto, después de que en la barra te presten ("aquí non damos nada, ¿eh?") las correspondientes cuncas. O por las botellas de vino tras la barra con etiquetas de la Guardia Civil. O por el secreto mejor guardado del lugar, la receta del polbo ao esparavel (esparavel es el utensilio de madera del albañil en el que se pone la masa antes de aplicarla con la llana). O por la ecléctica - desleixada, diría Manolo - decoración del comedor. Sabéis que procuro cuidar mucho las fotos en el blog, pero en esta ocasión no pude resistirme a tomar alguna con la cutre-cámara de la Blackberry (obsérvese el Buda, bajo las calabazas y el ganso, como vigilando la bombona):
Yendo ya a la comida, la verdad es que estaba a buen nivel. Probamos, por supuesto, el polbo ao esparavel. Tentáculos de hermoso tamaño - "só se pode facer cun polvo fermoso, pero non vos vou dicir como" - pasados por la parrilla con el acompañamiento tradicional á feira, generosa la cantidad de pimentón. Muy bueno. No tomamos otra de las especialidades de la casa, la croca, porque admitimos la sugerencia - casi imposición - de tomar los ovos contra a parede. Plato potente no, potentísimo. Chorizos de esos de la aldea, densos, recios, de un rojo oscuro amorcillado; varios dientes de ajo acompañando las patatas fritas; los huevos, de la casa, con puntilla y la yema líquida. Muy logrado, vamos, pero una auténtica bomba.
Para los postres, una riquísima pera al vino para cada comensal. Un par de cafés de pota per capita, pan y una jarra de medio litro del arriesgado Barrantes tinto. La originalidad de la cuenta tampoco tiene desperdicio:
En fin, un lugar imprescindible que todo gastrónomo con curiosidad debería conocer. Eso sí, mejor si luego puede permitirse una buena siesta. Para que luego digáis que solo me preocupo por la cocina de autor... Aunque, ¿qué más cocina de autor que ésta de la Taberna?
(Por cierto, es muy conveniente, diría que imprescindible, llamar con antelación para asegurar que seréis servidos)
[Taberna Riveiro / Pite (Teo, A Coruña) - 981.809190 / Ubicación]
No sé si fue el primero, pero desde luego Abastos 2.0 y su cociña miúda es el buque insignia de estas iniciativas. Hace unos días nos pasábamos una vez más por allí para tomarnos unos mejillones y unos berberechos (excelentes de punto, como siempre, casi cruditos), una xarda-sushi (delicioso sashimi, en realidad), un blanco y brillante bocado de merluza con caldo de olivas.
A poco más de cien metros del Abastos, con entrada por la rúa Travesa y terracita en el escondido callejón del Curro da Parra, se encuentra el local que toma el nombre de este último. Tradicional piedra, cocina a la vista, gastrobar, tapas creativas, cocina de mercado, una mezcla de sensaciones con el empuje y la ilusión de un equipo muy joven.
Me llaman la atención de la carta el foie con shiitake, huevo de corral y almendras; los ravioli de rabo de vaca vieja; o el carpaccio de zamburiña con vinagreta de mostaza. Pero acabamos de llegar del Abastos y son suficientes un par de tapas, que acompañamos con unas copas de Guímaro 2010.
Las diversas opciones suenan también muy atractivas, pero nos decantamos por el recién premiado - Santiago(é)Tapas 2011 - Bloody Mary made in Galicia (4,50 €): colorido y fresco, los berberechos y los pimientos de Padrón ponen el contrapunto al intenso sabor del tomate. Después, las sabrosas minihamburguesas de tenera gallega (6 €) reivindican la honorabilidad perdida de este plato. El dulce lo ponen unas muy logradas torrijas caramelizadas con helado y polvo de limón (4 €).
Un sitio que promete mucho, O Curro da Parra. La próxima visita será para comer, experiencia que ya ha contado Capítulo 0.
[O Curro da Parra / Rúa do Curro da Parra, 7 - 981.556059 / Ubicación]
Iago Castrillón y su restaurante son un valor emergente en el panorama gastronómico compostelano. Ubicado en lo que podríamos denominar "milla de oro" de la ciudad - convive, en apenas doscientos metros, con Pedro Roca, El Mercadito y El Quijote -, el recoleto local de Acio es muy agradable; la piedra predomina a la entrada y cede luego el protagonismo al amarillo intenso de las paredes de la sala; al fondo, junto a las mesas, una cristalera que da paso a la pequeña huerta trasera.
Arrancamos mi comensal y yo con el aperitivo cortesía de la casa, unos jurelos en escabeche servidos graciosamente en sendas latas. Luego compartimos un entrante a base de tiernos guisantes y navajas, una suerte de sopa templada, mediada la cual el camarero nos volvió a preguntar por el punto del bonito.
En el momento de examinar la carta, nos había llamado la atención el acompañamiento del bonito de Burela: frambuesas y pimientos de Padrón. Picados por la curiosidad, ambos lo pedimos como principal y dimos la misma respuesta: muy poco hecho, naturalmente. Por eso nos sorprendió la insistencia. Ante nuestras miradas, el camarero, entre tímido y seguro, nos indicó que el cocinero recomendaba tomarlo apenas atemperado, prácticamente crudo. Yo me lancé enseguida, seguido no sin dudas por mi compañero de mesa.
Al poco llegó el plato (me permito robarle la foto de su web a Acio: las que yo saqué con la Blackberry no hacen para nada justicia). Impresionante la pintaza y más la explicación del camarero: nos está sirviendo media ración, por si no nos terminara de gustar el punto; además de pasarnos más las piezas, sacarían la segunda media más hecha. Esto es lo que yo llamo preocuparse por el cliente. Pero ni falta que hizo. Aquello estaba impresionante, señores. El bonito, literalmente, se deshacía en la boca desprendiendo todo su sabor. Verano y mar en el paladar.
No tardó mucho en salir Iago para ver cómo transcurría la cosa. Nos explicó que marinaba el bonito envuelto en abundante sal, lo que le confería esa textura al tiempo que se mantenía jugoso y retenía todo su sabor. Ni que decir tiene que la segunda ración salió igual de preparada. Y, a todo esto, el contrapunto dulce/ácido de la frambuesa y el toque veraniego de los pimientos reforzaban la sensación. Todo un platazo.
De los postres, francamente, ni me acuerdo. Sólo sé que la cuenta - con cafés y un par de copas de vino per capita - se fue a treinta y largos por cabeza. Y que, sin duda, se me verá más veces por el Acio.
[Restaurante Acio / Galeras, 28 Santiago de Compostela - 981.577003 / Ubicación]
La mañana ofrecía en Abastos los ya clásicos berberechos express, preparados en el momento con el vapor de la cafetera, a los que añadimos el suave pulpo con espuma de mango y guacamole y las ta-pa-ta-tas cortesía de la casa. Todo con un Ribeiro de fácil beber que combinaba treixadura, godello y albariño. Poco más de cuatro euros per capita.
El menú que nos encontramos en Marcelo había ya variado lo suficiente como para repetir sólo tres platos de la xantanza: el mojito de ruibarbo, la excepcional vieira - en este caso con crema de erizo - y la no menos excepcional merluza de Celeiro con pil-pil de limón.
De entre las novedades, dos compitieron con la vieira y la merluza por el podium del día. El primer pase de la temporada de las alcachofas con bonito seco, pura ternura. Y unas maravillosas colmenillas rellenas de foie, cuya salsa me recordó enormemente a la crema que tomamos en la xantanza.
No menos logrados fueron los tiernísimos espárragos con ajoblanco o el sorprendente cierre: alitas de pollo con longueiróns. La ostra en crema de pepino nos gustó menos. Para los postres, un refrescante bizcocho al calvados con granizado de manzana granny y una visión diferente de las clásicas fresas con nata.
En fin, un nivelazo, un lujo, aderezado con el espectáculo que supone contemplar durante un par de horas el ajetreo de la cocina para atender a más de treinta personas disfrutando de este menú.
El precio del menú degustación de Casa Marcelo es de 75 € IVA incluido. Nosotros tomamos un Viña de Martín Escolma 2007, excelente Ribeiro plurivarietal; unas copitas de Jorge Ordóñez Nº2 para los postres, agua y café, lo que llevó la cuenta a unos 90 € por cabeza.
La primera visita había tenido lugar hace ya algo más de dos años, en el viejo local de San Pedro de Mezonzo, para una comida de trabajo: pese al desorden y a lo escueto del local, ya se vislumbraba que aquello daría lugar a cosas interesantes.
Y, efectivamente, no me equivocaba. Ese infinito de botellas que se muestra ante tus ojos cuando llegas al sótano no sé si tendrá demasiado competidor en Galicia; desde luego, a mí me parece que no. Vinos de todo tipo, de toda D.O., desde los más conocidos hasta verdaderas rarezas. Unas 800 referencias, según la web del local.
Para muestra un botón. Xabi nos deleitó a los cinco supervivientes de la panzada de Piñor con un ¡albariño de 2001! Y no era gallego, sino un portugués vinho verde de MonÇao, Dorado 2001 (debo decir que tampoco memoricé el vino, tan emocionado estaba, pero afortunadamente Manolo lo hizo por mí). Estaba delicioso, ya desde el mismo instante en que su dorado - ideal, el nombre - color hacía presencia en la copa, denotando el paso del tiempo. Para que digan sobre el envejecimiento de los blancos.
Y ya que estábamos allí, no dejé pasar la oportunidad de recibir un sabio consejo, en forma de botella de Juan Gil Monastrell 07, un Jumilla con doce meses de barrica del que aún no he dado cuenta. Seguro que responderá.
[A Viña de Xabi / Fernando III O Santo 4, Santiago / 981.940071 / Ubicación]
Casa Marcelo, más que un restaurante es un teatro. La sala es oscura, íntima, recogida. Al fondo, el escenario en el que transcurre la trama. La cocina abierta de Casa Marcelo, iluminada como una gran pantalla de cine, es un verdadero espectáculo. Poder contemplar esa frenética actividad, ese caos calculado, ese cariño por el detalle, esa pasión por el resultado, esas ganas de aprender y mejorar, hace que valores todavía más lo que vas a degustar.
Pero antes de entrar al teatro tuvimos el privilegio de inaugurar la pequeña bodega que Marcelo ha habilitado del otro lado de la calle. Al más puro estilo txoko, le dimos su merecido a una impresionante empanada de chocos (si me permitís el juego), de esas con la masa fina y crujientita, pese al líquido del relleno. Y también apuramos unos sorbos de Pedralonga, que no era cuestión de tomarla a palo seco.
Del otro lado de la calle, ubicados ya en nuestra platea, dio comienzo un menú festival que nos llevaría por hasta una docena de platos, todo un recorrido por los recursos gastronómicos del restaurante. Empecemos.
Para abrir boca, para preparar el paladar, arrancamos con un sorprendente mojito de ruibarbo, servido en un recipiente de porespán lleno de hielo. Frescor, acidez y dulzor al tiempo, en una textura llamativa, como presagio de lo que nos espera.
Sin solución de continuidad, una crema como las de toda la vida. Sopa espumosa de boletus edulis, para más señas. Intensidad, bosque, sabor.
Las palabras mayores llegan con el micuit y espuma de foie gras y champiñones, sobre el que se ralla, ya en la mesa, una trufa. Puede parecer redundante - mi-cuit y foie gras, champiñones y trufa -, pero, señores, es una auténtica delicia coral. De sabores y de texturas: la tosta del fondo, el micuit en bloc, el foie en espuma, los finísimos champiñones, la trufa rallada. De lo mejor de la tarde, probablemente.
Siguen dos delicias de nuestras rías. La vieira acompañda de una crema de ramallo de mar. Y el salpicón de centollo, zamburiña y huevas de trucha, también espectacular.
No sé qué me pasa a mí con el huevo últimamente, que en las xantanzas tiendo a ubicar las propuestas en las que está presente en lo más alto del ranking de la jornada. Esta vez no hice una excepción: la patata puerro, tocino y yema de huevo casero era una delicia. Parece un plato sencillo, pero no lo es. A la yema preparada a baja temperatura y la lámina de tocino, se une la currada de simular un puerro a base de pelar y montar finísimas láminas de patata. Otro trampantojo: aspecto de puerro, textura de patata y sabor a la casa de la aldea, a huevo de corral, a tocino, incluso a chorizo.
Seguimos en la aldea, ahora asturiana: la empanadilla de morcilla y caldo de fabada. Por unos minutos regresé a Casa Gerardo.
Llega otra de las estrellas de la tarde, ya oscureciendo afuera. La merluza de Celeiro al vapor con pil-pil de limón y caldo de pimiento verde. Como siempre, el pescado en el punto exacto; el pil-pil y su toque ácido causaron sensación. Pese a ser considerado uno de los iconos de la década gastronómica, debo reconocer que yo fui la voz discrepante: habría preferido un acompañamiento más neutro, que hubiera dejado todo el protagonismo al verdaderamente impresionante pescado.
Para rematar la parte salada, el exigente toque de temporada. Ni más ni menos que lamprea a la bordelesa, servida sobre estofado de puerros. Un final a la altura del menú.
Los postres se inican con una efectista piña colada, en la que el coco se sirve congelado - generando un intenso vapor frío en el momento de ser servido - junto al helado de piña. Un paisaje espacial sobre el plato.
Luego, el último momento álgido: la bica de Marcelo, borracha, con azúcar caramelizado y un leve toque de haba tonka. Enamora incluso a a estas alturas del menú. Cerramos la intensa experiencia, fuera de programa, con una pannacotta como en la tasquita de enfrente, hecha a partir de nata cruda de A Capela y aderezada con trufa rallada, que quizás le sobre.
En esta xantanza, pese a ser magníficas elecciones, los vinos pasaron más desapercibidos que otras veces (al menos a mí, concentradísimo en la comida y en la acción de la cocina). Queden, no obstante, a título de inventario: el albariño Tricó (DO Rías Baixas) para la primera parte, hasta el salpicón; Alan de Val, un peculiar garnacha de la DO Valdeorras para la segunda; y un siempre eficacísimo Ordóñez nº2 para los postres.
No creo que haga falta una conclusión a estas alturas, pero por si acaso: una pasada de xantanza. Entre los pinchos previos, la bodega y la comida propiamente dicha, seis horas de maratón gastronómico de altísima calidad - algunos lo extendimos una horita más, con los gin tonics de rigor - y difícil olvido. Si no lo habéis hecho, probad Casa Marcelo.
(El Menú Degustación de Casa Marcelo cuesta 65 euros, bebidas aparte)
Os ofrecen otra perspectiva de la XI Xantanza: Capítulo 0, Laconada, El Sabor de lo Dulce (Berta, bloagstrónoma invitada en esta ocasión), La Caja de los Hilos.
[Casa Marcelo / Hortas, 1 - 981.558580 / Ubicación]
El sitio merece la pena ya sólo por el entorno y por su configuración. Es un espacio exiguo, resultante de unir varias casetas adyacentes de las que rodean la plaza, y que apenas unos pasos más allá se dedican a la venta de ropa de baratillo. Yo creo que no tiene ni tres metros de fondo, lo que se resuelve en la zona de barra con una estrecha mesa para chatear de pie; y en la cocina, totalmente a la vista y decorada en negro... pues como pueden. (La foto nocturna es de Sole)
Pasando ya al condumio propiamente dicho, la oferta del local depende de lo que se encuentre ese día en la plaza, variando pues de unas jornadas a otras. En nuestra visita probamos tres de sus platos de cociña miúda, de barra efímera, que hasta en los términos son novedosos. Los acompañamos con un Sameirás 1040, Ribeiro multivarietal (a partes iguales treixadura, lado, godello y albariño) muy estimulante del que nos hablaba hace un tiempo el Viticólogo dos Bagos.
Primero llegaron los berberechos expresso, homenaje confesado a los taberneros del Franco: se preparan con el vapor de la cafetera, dándoles en diez segundos un punto en que ni están crudos ni del todo hechos, resaltando al máximo la textura de ejemplares de gran porte, procedentes de la ría de Noia.
Las zamburiñas vinieron después. Compartían con los berberechos un punto similar, aunque esta vez los bichos venían arropados por una espuma de cítricos y unos brotes.
Y luego, para cerrar, una tercera propuesta que maravilló vista y gusto. Unos mejillones con aros de cebolla frita y lombarda troceada y semicocida. No me resisto a poner varias fotos, porque era, además de sabrosísima, preciosa.
En fin, que dónde hay que firmar para que iniciativas como la de Abastos 2.0 se repitan. Por su originalidad y por su calidad, se merecen toda la suerte del mundo. (Incluso tienen su propio blog, en el que recogen la visita de los blogastrónomos)
[Abastos 2.0 / Plaza de Abastos, casetas 13 a 18 - 981.576145 / Ubicación]


































