Como estábamos con los pantagrueliños, en lugar de pedir el menú degustación nos construimos uno más corto pero representativo de la oferta del día a partir de varias de las referencias de las carta. Todo producto del mar, como debe ser en un lugar como éste.
Arrancamos con unos longueiróns pasados apenas veinte segundos por la sartén y aliñados con una mezcla de aceites de oliva (13 €). Son piezas pequeñas, las preferidas de la cocina del Fragón, y doy fe de que estaban carnosas y jugosas. Muy similar la preparación de las almejas - en esta ocasión de apreciable tamaño -, de nuevo poco más que abiertas y aliñadas con la mezcla de aceites y un toque de balsámico (15 €). ¿Para qué complicarse más con esta materia prima? (Almejas que sólo desde hace poco más de un año se pueden extraer de las arenas fisterrás, concretamente de Praia Langosteira, vecinas de los longueiróns)
Estaba excelente, en su punto preciso de cocción, la merluza del pincho (16 €), acompañada por una deliciosa crema de coliflor - preparada con patata y nata -, una ligerísima ajada y un par de tiras de pimiento verde. La lubina salvaje a la parrilla (22 €) venía también en un punto espléndido, en este caso con unas verduras pochadas, patata cocida y de nuevo el toque de aceite, casi una donostiarra sutilísima.
Tanto mar necesitaba un acompañante a la altura. Y optamos por el Albariño Pedralonga (18,50 €), el vino del año, untuoso y cítrico, de una bodega que hace pequeñas maravillas en el Umia. Si os acercáis al Fragón paseaos por la zona de las botellas, al fondo. Allí están José Luis Mateo, Fernando Algueira, Luis Anxo Rodríguez, Xosé Lois Sebio, Rodrigo Méndez, José Meréns... los más grandes. ¡Da gusto!
Compartimos un postre, un notable cremoso de chocolate blanco (4 €), que durante el café se vio complementado por ricos petit fours: una mousse de chocolate valrhona con café de pota y un digestivo de limón.
Como habréis notado, contra mi costumbre de dar el precio por persona según la cuenta, en esta ocasión, al estar los pantagrueliños y compartir con ellos - pedimos un plato adicional a los antes mencionados -, he preferido indicar los precios individuales. Calculo que la nota con un entrante a compartir, dos principales, postre y vino andará en torno a los 45 euros per capita.
Bueno, creo que a estas alturas no es complicado imaginar la impresión que me llevé de O Fragón. Recomendabilísimo. Y con las maravillas naturales que hay en los alrededores, como la playa de O Rostro, pues como para pasar un día redondo.
Los fines de semana, estos restaurantes ofrecen menús gastronómicos mariñeiros, y centrados por tanto en productos del mar, por precios que van de los 25 a los 35 euros por persona. Podéis consultar los restaurantes y sus menús en este enlace.
Por otro lado, desde ayer y durante los tres próximos viernes (hasta el dos de diciembre), se celebrarán los obradoiros gastronómicos mariñeiros. La experiencia comienza por la tarde, en lonjas o cetáreas para seleccionar pescado y marisco, en playas y rocas para recoger las algas; después continúa en la cocina del restaurante (Casa Pila, en Lira, ayer; O Centolo - Fisterra, Casa da Crega - Carnota, Casa Peto - Outes los tres próximos viernes) preparando la cena durante el taller con los cocineros del local; y remata degustándola con los compañeros de obradoiro. El precio del taller está entre los 45 y 50 euros por persona. Existe, además, la posibilidad de disponer de alojamiento. Más información en la web de MarGalaica.
Vaya por delante que una visita a As Garzas debe programarse de modo que se pueda aprovechar toda la mañana, toda la tarde o ambas para recorrer los magníficos paisajes del área de Malpica: el propio pueblo, la ermita de San Adrián junto a las Sisargas, el puerto de Barizo, el faro de Punta Nariga. Porque As Garzas juega con esa ventaja: cuando llegas, ya estás a su merced por lo precioso del entorno. Y si además, como nosotros hoy, tienes la fortuna de que te den una mesa junto al gran ventanal que se asoma al furioso Atlántico...
No todo fue suerte, sin embargo: un problema en la cocina imposibilitaba servir menú degustación, que era lo que teníamos previsto. Nos compusimos el nuestro, en consecuencia, a base de seleccionar varias propuestas de la carta que nos sirvieron al centro o emplatadas en medias raciones. Selección que nos permitió disfrutar de una cocina que se apoya en dos sólidos pilares: el excelente producto de la zona y una técnica que permite actualizar muy acertadamente las bases tradicionales del recetario gallego (me parece muy significativa y fiel a la realidad la presentación del restaurante que figura en la web del mismo).
Vayamos al grano. Arrancamos con unos señores mejillones en un escabeche muy suave, neutro, que no robaba un ápice de protagonismo al bivalvo. Luego, unos camarones de generoso porte, que de vez en cuando hay que darle gusto al cuerpo. Durante toda la comida, además del agua, nos acompañó esa joyita que elabora en Arnoia Luis Anxo Rodríguez: Viña de Martín Escolma 2008 (treinta euros en carta).
Las palabras mayores llegaron con los pescados. En primer lugar, un portentoso mero con potaje de garbanzos y espinacas. Excepcional el potaje, meloso y con un sabor intensísimo, ante el que el mero, perfecto de punto, aguantó como un campeón. Equilibrio y sutil potencia (me trajo a la cabeza el bogavante con espinacas, garbanzos y su caldo - plato frío - que tomamos en nuestra última visita a Solla). No desmereció en absoluto la interpretación actualizada de la caldeirada de rape que podéis ver en la foto que abre el post.
Excelente también el primero de los postres: un cremoso queso del país acompañado por membrillo con nueces y por una suculenta crema dulce de castañas. Más normal el café irlandés hecho postre. Con ambos tomamos una copa de moscatel Ochoa. Cerramos, con el estómago al límite, tomando un par de cafés mientras nuestra mirada se perdía entre la espuma de las olas.
En fin, una magnífica experiencia gastronómica. As Garzas demuestra lo bien que le puede venir el relevo generacional a un local incluso aunque, como éste, lleve años consolidado. La cocina de Fernando Agrasar muestra un equilibrio muy medido entre los platos de siempre basados en el gran producto de la zona, la técnica y una creatividad controlada para actualizar las propuestas. El premio es un restaurante prácticamente lleno, pese a que la nota no es para todos los bolsillos: ochenta euros por cabeza el menú que os he contado.
[No dejaré de mencionar que me molestó bastante que no nos hubieran avisado, al llamar para reservar, de la imposibilidad de tomar el degustación. El cabreo, como habréis podido intuir, se me pasó enseguida...]
[Restaurante As Garzas / Barizo, Malpica - 981.721765 / Ubicación]
Más o menos podremos coincidir en que la acuicultura retrasará el momento en que terminemos de esquilmar la pesca de los océanos, algo que acabará por ocurrir tarde o temprano. Y en que tenemos que sacar el máximo provecho de las energías renovables, limpias e inagotables. Pero, ¿a costa de arrasar con los paisajes más bellos?
Ver en el mapa de Pantagruel.
No se conoce como el fin de la tierra, pero Cabo Touriñán es el punto más occidental de España. Escarpado y agreste, se encuentra en la punta de una península que desciende desde la aldea del mismo nombre, con una panorámica estupenda. Al sur, desde el faro, se aprecia íntegro el litoral hasta la punta de Fisterra.
Estrechas carreteras bordean la costa camino de Muxía. Poco antes del arenal de Lourido, con su forma de concha, nos desviamos a la derecha para ascender al Miradouro do Facho. Desde lo alto abarcamos toda el tramo de costa que vamos a recorrer entre los dos cabos y admiramos en toda su extensión la ría de Camariñas.
Ya en Muxía, las leyendas en torno al Santuario da Virxe da Barca y sus piedras. Pero también las vistas sobre la ría y el perfil de Cabo Vilán al fondo. El breve camino hasta lo alto del Corpiño, que vigila la villa. Y, sobre todo, el mar.
Toca bordear la ría hasta su litoral norte, con breve parada en Moraime. Desde Camariñas, Cabo Vilán está a tiro de piedra: sobre su majestuosidad no voy a decir nada, sólo a mostrar algunas fotos.
Tras visitarlo, extendemos la excursión tomando el camino de tierra que parte del bosque de molinos de viento en dirección a Camelle. Podremos disfrutar nuevas perspectivas sobre el cabo, bordear un litoral espectacular, llegar al Cementerio de los Ingleses - erigido en memoria de las 170 víctimas del naufragio del Serpent a finales del XIX - y contemplar la magnífica ensenada do Trece, con dunas móviles que alcanzan alturas inverosímiles (fijaos hasta dónde trepa la arena de la parte superior derecha de la última foto). Un final al nivel de todo el recorrido, desde luego.
Para dormir: Casa Castiñeira. Hicimos noche en esta casa rural del concello de Muxía, muy cerca de Touriñán. Es una antigua casa de piedra totalmente restaurada con un amplio jardín. Correcta en cuanto a equipamiento, trato totalmente familiar y precios muy asequibles: 55 euros la habitación doble, incluido el copioso desayuno casero; 15 euros la cama supletoria para cada pantagrueliño, con desayuno y cena; 17 euros por cabeza la cena, casera, abundante y más que correcta (en nuestro caso: filloas rellenas de marisco, pollo de casa con patatas, leche frita, vino y café).
Para comer: Puerto Arnela en Camariñas. Se trata del comedor - rústico, de piedra - de un pequeño hotel situado en el puerto. Comida tradicional a muy buenos precios. Abundante ración de berberechos al vapor por cinco euros; media ración generosa de pulpo á feira por otros cinco; plato de caldeirada de merluza, rica, por ocho euros; postres caseros por 2,50; delicioso pan de trigo del país. Un buen lugar para hacer un alto camino de Cabo Vilán.
En esta ocasión no pudimos darle tanto gusto al estómago como nos habría gustado: los dos clásicos del pueblo, O Burato y Casa Antonio, estaban a reventar por la festividad de Viernes Santo. Nos dimos una comida de supervivencia, pero nadie nos quitó el paseo por el puerto y por la playa de Area Maior; las vistas sobre Malpica y las Sisargas desde Santo Hadrián; los juegos sobre la arena en la cala de Barizo, apenas a unos metros del estrellado As Garzas; o el acercarnos al faro de Punta Nariga, de nuevo con el viento y la lluvia arreciando.
En fin, como quiera que no pude acompañar el post antes referido con imágenes, aquí quedan unas cuantas fotos que ilustran parte del recorrido que hicimos. Os dejo, además, un enlace a un mapa que ubica los diferentes lugares mencionados, desde los restaurantes hasta el faro, que nos es sencillo de encontrar.
La jornada comenzó, a media mañana, en la playa de Barizo. Es una ensenada abierta al Atlántico, a la Costa da Morte, ni muy grande ni muy pequeña, incluso con su extremo Este suficientemente protegido del oleaje por las rocas. Al oeste, el Monte Nariga acoge el pequeño puerto de Barizo, hermano pequeño del vecino de Malpica. A unos metros de la playa, de nuevo hacia el Este, sin dejar de oír las olas, el restaurante As Garzas tiene una de las mejores ofertas de marisco de Galicia.
Sin tener que hacer demasiados kilómetros, la zona nos ofrece atractivos como el faro de Punta Nariga (maldito olvido de la cámara; bueno sea un enlace), proyectado por el arquitecto gallego César Portela e inaugurado hace apenas diez años. Ya de regreso a Malpica, el cabo de San Adrián, colgado sobre las Illas Sisargas.
La villa de Malpica. Tiene su tela el sitio (de nuevo maldito olvido: a ver si puedo escanear algunas fotos de mi etapa analógica; otro enlace). Aprovecha una península para cobijar el puerto - puerto de bajura clásico, el primero de la Costa da Morte desde el Este - entre dos peñascos. Desde lo alto de estos, se arraciman caóticamente las casas - altas y bajas; viejas y muy viejas; rojas, amarillas, blancas y azules -, como queriendo empujarse al mar. Forman los desiguales edificios un entramado de serpenteantes callejuelas que se esparcen al azar (rueiros aloucados como as raigañas dos choróns, que dijo alguien con más prosa que yo), aumentando la sensación de caos. De tan fea, Malpica es bonita. Y si le añadimos a la estampa los coloridos pesqueros, tenemos ya el contrastado cuadro completo.
Comimos en O Burato (El Agujero, en castellano), que no le va a la zaga al pueblo en cuanto a curiosidad [para no alargar el post en exceso, dejamos como nota al pie el sistema de asignación de mesa]. En pleno puerto, su ventanal permite contemplar la actividad marinera mientras se come. O Burato está especializado en pescados y mariscos; ello quiere decir que sólo tiene pescados y mariscos: no busquéis ensaladas, revueltos o carne.
Así que como lo de los bichos en plena canícula y rodeados de turistas pues como que no, nos pedimos sendas caldeiradas: de merluza una y de rodaballo la otra. El pescado estaba bien, pero las patatas - de la tierra, según nos confirmo la señora que peló al menos trescientas a la entrada del local mientras nosotros comíamos - eran sobresalientes; y el pan, mollete de trigo del país, oscurito y esponjoso, muy probablemente haya sido el mejor que nunca he mojado. Dos tartas caseras - de nuez y de queso -, más vino y cerveza, 36 euritos. En la mesa vecina dieron cuenta - lo intentaron, porque no fueron capaces - de una generosa cazuela de arroz de marisco para dos, anunciada en la carta por 45 euros. Supongo que con bichos de entrante, la cosa ya se elevaría más.
La comida la reposamos tomando un café en las terrazas de la playa, observando cómo el personal disfrutaba de arena y mar. Para terminar, nos pasamos por la Mostra de Olería de Buño, con auténticas obras de arte a la venta. Nos llamó especialmente la atención la cerámica del Obradoiro Creare, con esmaltes de creación propia aplicados y cocidos sobre el barro ya previamente cocido.
Y corto, porque creo que me he pasado con creces de las mil palabras. La próxima vez no me olvidaré la cámara, por el bien de todos.
[Nota al pie: O Burato. Daría para un post él solito, y me estoy arrepintiendo ya de no hacerlo así. Desde la señora de 90 años que todavía lidera el cotarro, dirigiendo al personal y charlando con los comensales, hasta la encantadora forma de atender el negocio: la mujer a la puerta pelando las patatas en un barreño azul; los centollos amontonados en una mesa cercana a la cocina, igual que las tartas caseras; el trasiego aleatorio de las camareras... Pero, por encima de lo demás, el sistema de gestión de mesas es lo mejor. A la entrada del restaurante - nos tocó sentarnos justo al lado - hay un expendedor de números, tal cual la carnicería de Carrefour. A partir de las dos y media, con todo ocupado, la gente llega, intenta que alguna camarera le haga caso - "colla número, oh" -, coge su turno sin más explicación y sale a la calle con cara de asombro. Cuando una mesa termina, alguna de las camareras se asoma a la puerta y grita
- "El diecisiete, ¿cuántos son?"
- "Seis"
- "Pues no. El dieciocho"
- "Cuatro"
- "Pase"
¿Cómo saben las camareras qué número toca llamar, si cada vez sale una? Es más, ¿cómo saben los que han ido quedando atrás, por no adecuarse al tamaño de la mesa libre? Ni en Google podrían desarrollar un programa que pudiera sustituir la sabiduría que dan los años...]
Ascender los 650 metros del Pindo desde el pueblo del mismo nombre (entre Corcubión y Carnota, en la estribación sur de la coruñesa Costa da Morte) supone unas dos horas y media de ejercicio. Conviene iniciar el camino temprano, para evitar el sol que aprieta en verano.
A los pocos minutos, tras abandonar la arboleda inicial, comienza a mostrarse el paisaje. Primero, O Pindo y Ézaro. Más tarde, la mole rocosa de Finisterre cerrando la ría de Corcubión. Un rato después, casi a mitad de camino, el inmenso arenal de Carnota (ver en Tagzania). Seguidamente, hacia el interior, el gran embalse del Xallas y los omnipresentes molinos de viento.
[Paréntesis. En Galicia tenemos la naturaleza más hermosa, pero también una asombrosa capacidad para destrozarla. O Pindo lo ilustra de manera inmejorable. Además del deprimente paisaje interior, a escasos kilómetros, en Ézaro, se encuentra la única desembocadura de un río europeo en el mar formando una cascada: una de las presas (encoros) del río Xallas la ha hecho desaparecer. Podemos, eso sí, disfrutarla los domingos de verano de 12:00 a 14:00, período durante el cual, en su inmensa generosidad, Ferroatlántica tiene a bien abrir la compuerta del encoro. En el colmo de lo grotesco, nuestro longevo ex-presidente se permitió el lujo de ¡¡inaugurar la cascada!!. Cierro paréntesis]
Superado el trance, se sudan las últimas gotas para saludar las caprichosas formas del guerrero pétreo y llegar a la cumbre. Todo lo que se ha ido mostrando durante la subida se une en un espectáculo, de verdad, que manda carallo (en este contexto, "que manda carallo" podría traducirse por "que sublima los instintos", aproximadamente).
A golpe de bocata recuperamos las fuerzas para la bajada y, de nuevo en el pueblo, si el día lo permite no queda sino tonificar nuestro cuerpo con un chapuzón en el frío Atlántico. En la playa de San Pedro, en el propio O Pindo; mejor, en alguna parte de los 7 kilómetros de la playa salvaje de Carnota; o mejor todavía, en la de Louro, al pie del monte del mismo nombre, ya muy cerca de Muros.
Muros, villa y ambiente marineros, es el lugar ideal para hacer noche. La cena, en cualquiera de las adegas o tabernas de sus calles porticadas en piedra al borde del mar.
Al día siguiente, Pantagruel demanda más atención: pongamos rumbo a Fisterra o Finisterre, como se quiera. Si es verano, el plan es el siguiente. Llegamos a media mañana al faro y contemplamos el símbolo de la Costa da Morte tranquilo, en su descanso del estío. Después, retornamos unos kilómetros a la playa Langosteira. En el extremo más cercano a la villa, todavía entre la arena, está el Tira do Cordel. Reservamos una mesa - que nos darán para las cuatro -, nos tostamos entre chapuzón y chapuzón y, con el salitre en el cuerpo, las navajas (longueiróns, en gallego) y la lubina a la parrilla, recién sacadas del mar que bate a apenas unos metros, pondrán con el Albariño broche de oro a la excursión.
En invierno, prescindiremos necesariamente de los chapuzones, pero a cambio, si el tiempo acompaña - y aquí es al revés - podremos ver, entonces sí, la Costa da Morte. Con mayúsculas.









