Algún hijo de puta, con el impagable apoyo de la sempiterna dejadez de nuestras autoridades, ha terminado con una de las pocas maravillas que nos quedaban. Seguro que no es comparable a la que han sentido los eumeses, todos los gallegos, pero imaginaos la rabia y la frustración que supone seguir esta catástrofe a 11.000 kilómetros de distancia.
Para esos fríos pero soleados días de invierno o de las primeras semanas de primavera, os sugiero un plan muy apetecible. Llegada a Pontedeume a eso de la una para disfrutar del ambiente de la encantadora villa eumaesa a la hora de los vinos. Comida en La Solana. Y posterior paseo, extremo a extremo, sin prisa, por la playa de A Magdalena.
De entrante podéis tomar los berberechos o las navajas. O si, como fue nuestro caso, os insisten con las zamburiñas, dejaos llevar: gran porte, en su punto, con un aliño sutil pero que se dejaba notar, dándole sabor al plato.
Yo repetí la lubina al horno con muselina de ajo. Espléndido plato, en el que el pescado pone la textura - excelente de cocción - y la muselina potencia el sabor. Una versión civilizada del cocido, presentada en una ración que no te deja KO para toda la tarde, no es mala alternativa para coger calorías de cara al paseo. Y si vais con niños, las croquetas de jamón - bechamel cremosa, muy lograda - son garantía de éxito.
Con un postre para compartir, cafés y cervezas y aguas para beber, descontado lo de los pantagrueliños la cuenta fue de unos treinta euros por persona. Por tanto, con vino se puede comer del orden de los cuarenta. Y se come bastante bien. No me diréis que no es buen plan...
[Restaurante La Solana / Praia A Magdalena, 2 - 981.430960 / Ubicación]
En la parte alta de Cabanas, camino ya de Redes y Ares, un antiguo molino restaurado es ahora un recoleto restaurante, piedra y madera, con apenas media docena de mesas distribuida en dos plantas. Juan Carlos y Lourdes ofrecen una cocina sin complicaciones pero actual, basada en un producto de calidad, y la complementan con un trato y un servicio que hacen que el comensal se sienta cómodo y confortable durante toda su estancia.
Tras el aperitivo de la casa, una crema de calabaza, nuestra experiencia arrancó a buen nivel con "la tapa de este año", consistente en una pieza de foie con cereales caramelizados que le daban el tono crujiente y con un toque de albahaca que añadía sabor y, sobre todo, aroma.
Para continuar, optamos por el gran clásico de la casa: los huevos ocultos en patatas, vinagreta de pimentón y caviar de mujol. La presentación es la que veis: en el interior de la patata venía el huevo, la yema estupenda, sin cuajar; al romperlo todo, la yema emulsionaba con la vinagreta formando una base que combinaba estupendamente con la patata, tostada por el exterior. Plato sencillo pero resultón.
Compartimos a continuación un plato de pescado que protagonizaba la humilde palometa. Su lomo, con un ligerísimo rebozado y en su punto preciso de cocción, se sirve sobre un guiso de lentajas con chocos - notable - y se acompaña por los siempre estupendos tirabeques. Para cerrar, un buen solomillo de jabalí acompañado por una lágrima de setas y bellotas de tenue sabor, así como patatas.
De entre los postres caseros, nos quedamos con una golosa tarta de galletas y con una espuma de queso - quizás demasiada nata - con helado de mango. Luego, un par de cafés.
Dicen que no hay mal que por bien no venga. Nuestra llegada al Muíño fue un tanto accidentada: lo hicimos en grúa, por una avería en el coche. Como no nos quedaba más remedio que volver en taxi, pues pudimos disfrutar de unos buenos gin tonics, aspecto que Juan Carlos cuida con especial esmero. Una carta con docena y media de ginebras, las tónicas más extendidas, copas de calidad y un toque personal: simplemente ginebra, tónica y hielo. Pero parte de este último se hace a partir de una infusión de limón a la que se le añade enebro y cardamomo. Placentera sobremesa, sin prisa, degustando la copa rodeados de piedra, los colores del otoño filtrándose por la ventana y el jazz suave sonando de fondo.
En fin, recomendable la experiencia en el Muíño de Trigo. Agradable comedor, buena cocina, buen trato y preciosos alrededores: tras la comida, si el tiempo acompaña, en poco más de diez minutos se puede llegar caminando a la playa de A Magdalena y a su extenso pinar.
La comida descrita, con cuatro copas de vino - no recuerdo cuál era el Ribeiro, pero sí el Artuke Crianza, un rioja bastante por debajo de los diez euros en tienda que merece la pena - y agua llevó la cuenta a un poquito menos de 45 euros por persona. Los GTs supusieron otros 16 euros.
[Muíño de Trigo / Modias - Cabanas / 981.432185 / Ubicación]
Excelentes las navajas: su porte y su punto. Menos llamativos el pulpo a la brasa con puré de patata o el queso de cabra. Fantástica la lubina al horno con una deliciosa muselina de ajo. Buena pinta tenían a mi alrededor las diversas preparaciones de bacalao, uno de los puntos fuertes de la casa. No me tocó pagar, pero los precios parecían contenidos, con los principales en el entorno de los veinte euros.
[Restaurante La Solana / Praia A Magdalena, 2 - 981.430960 / Ubicación]
Foto tomada de Vinos y Restaurantes.
[El autor de esta última foto es Paulo Fernández Piñeiro. Enlace al original]
El río Belelle pega un salto de 45 metros sobre una cornisa granítica para acortar su periplo desde la Serra de Forgoselo hasta su desembocadura en la ría, previa rendición de tributo al hombre en la central hidroeléctrica. Os dejo unas fotografías y la recomendación de que os acerquéis a visitarla.
Cómo llegar: tomamos la salida de la AP-9 hacia Neda, atravesamos el pueblo y giramos a la derecha por la carretera de Ortigueira; apenas un kilómetro más adelante, tomamos un desvío a la derecha que indica Mourela Baixa; tres mil metros después, de nuevo a la derecha está indicada la estrecha carretera que lleva al pie de la central eléctrica, donde podemos dejar el coche para continuar andando. Ubicación en el mapa de Pantagruel.
La cocina de A Pitanza es, como ellos mismos la definen, de producto, pero con un toque diferente, interesante que le permite desmarcarse claramente de los restantes locales del recomendable casco antiguo eumés. Debido a que fuimos con los dos pequeños, ni fotos ni suficiente atención a los platos, pero sí al menos como para tirar unas notas.
De primero compartimos unas navajas que nos ofrecieron fuera de carta. Una docena de bichos de tamaño medio, en su justo punto de plancha y con un aceite delicioso que realzaban el conjunto.
Por mi parte, como principal un solomillo de cerdo con salsa de naranja y patatas asadas. La salsa - tentadora en la carta, era la que me había decidido - estaba deliciosa, combinando amargo y dulce para acompañar un corte que es más textura que sabor; pero la carne estaba demasiado hecha, haciendo algo seca una pieza que probablemente fuera bien jugosa.
El otro principal, también fuera de carta, fue un pescado: bacalao a la portuguesa. Primero a la plancha y luego al horno con patatas, cebolla, pimiento rojo y verde y aceitunas negras. Muy bueno según la Sra Foucellas.
Compartimos de postre una copa argentina, que venía siendo una mousse de dulce de leche con almendras laminadas. Pese a lo que pueda decir el nombre, no era nada empalagosa; al contrario, presentaba un sabor bastante suave.
Pagamos por esta comida, con un agua mineral, una caña y dos copas de un tinto de la Ribera del Duero - Recoletas - unos 58 €, descontado lo de los pantagrueliños. En fin, suficientes mimbres como para plantearse volver, liberados de la prole, a dar un paseo nocturno por el viejo Pontedeume y cenar en A Pitanza.
Y para cerrar, como los amigos de Rincones Secretos se han pasado por A Pitanza también en estos días, os dejo enlace a su post para que podáis conocer más opiniones.
Ver en un mapa más grande
[A Pitanza / Real, 44 - Pontedeume / 981.495621 / Ubicación]
El comedor principal de La Posada del Mar sigue tal y como lo recuerdo de la primera vez que lo visité: el suelo de piedra, ligeramente inclinado; las paredes también de piedra; el techo no muy alto; las mesas de madera, con manteles a cuadros. Y el menú, en esencia, se mantiene muy en la misma línea. A La Posada del Mar se va a tomar pulpo a la mugardesa y marisco o pescado, sin más complicaciones.
Vamos allá con la comida. Vaya por delante que nos acompañaban ambos pantagrueliños, por lo que la cosa no fue muy profesional: ni fotos ni, probablemente, suficiente atención a los platos. Con lograr que ellos comieran tranquilos teníamos bastante.
Un par de primeros para picar entre todos. Cómo no, pulpo a la mugardesa: el pulpo cocido, durito, acompañado por cebolla también cocida y que, a su vez, es el principal ingrediente de la salsa. Está muy bueno, aunque tenía un recuerdo mejor, con más presencia de la cebolla. Por otro lado, tres chocos de la ría guisados, con una salsa en la que se diluía muy ligeramente su tinta. También muy buenos.
No había abadejo - esa carta construida cada día, a boli, sobre el bloc de las comandas -, que no sé por qué se había convertido en el pescado que siempre pedía. Esta vez rape y merluza. El primero, preparado a la romana, con patatas panadera, guisantes y recubierto por una salsa de tomate de intenso sabor. La merluza, a la gallega: con su pimiento, sus guisantes, su patata cocida y su sofrito de pimentón. Pura tradición.
Un par de postres de la casa para terminar: un insípido flan de huevo y una estupenda tarta de queso al horno. Todo esto, con una botelle de Viña Meín, una Coca Cola y dos cafés fueron 76 euros. Probablemente, si no hubieran estado los niños, por lo ligero de los platos de pescado habrían hecho igualmente falta los dos entrantes.
En definitiva, que no es un plan nada malo organizarse unas horitas de un día soleado tal que así: acercarse hasta el castillo de La Palma, pasado el pueblo, para disfrutar también en la otra orilla de su hermano de San Felipe; un paseo por el pequeño puerto de Mugardos, ante el que posa esa hilera multicolor de pequeñas casas marineras; una buena comida del mar en La Posada; y luego un cafetito, a la vuelta, en Redes.
[La Posada del Mar / Avda do Mar, 4 - Mugardos (A Coruña) / 981.470210]
El restaurante Andarubel [981.433969 / Ver en Tagzania] comparte edificio con el centro de interpretación del parque. Tiene una hermosa sala con una gran cristalera que permite contemplar el pausado fluir del Eume, al otro lado de la estrecha carretera. Quien así lo desee - o quien, como nosotros, no reserve un domingo y se encuentre el restaurante lleno - puede comer en las tres mesas de la terraza, apenas a unos pasos del río.
Comenzamos la pitanza con unas croquetas de bacalao para matar el gusanillo mientras llegaba el primero. Que se trató de unos lomos de sardina abiertos y marcados a la plancha sobre patatas machucadas y con pimentón de la Vera. Muy buena la combinación, aunque quizás en el conjunto tenían demasiado peso las patatas.
Los segundos se basaron en el ingrediente estrella de la carta: el porco celta. De momento, la carne se trae de la montaña lucense, de A Fonsagrada y de Triacastela; de momento, porque para la próxima temporada el propio restaurante criará sus cerdos en la zona. Y para darle un toque más local a la preparación, los acompañamientos tienen un marcado carácter eumés. Por una parte, brocheta de porco celta con setas y salsa de queso de A Capela, cremosa y perfecto complemento de la carne. Por otro lado, solomillo de porco celta sobre puré de castañas, magnífico. Quizás sea pasión galaica, pero no creo que el porco celta tenga demasiado que envidiar al cerdo ibérico.
Para el postre, también la comarca eumesa presente. Y en dos versiones distintas del mismo preparado: la fuerte - ácida, intensa - del requesón de A Capela con miel; la suave - cremosa - de la tarta de requesón de A Capela con miel. Particularmente, yo me quedo con la primera.
Acompañamos la carne con un Ribeiro tinto, A Torna dos Pasás, que apunta alto pero al que le queda aún camino por recorrer. Con un par de cafés de pota y sus correspondientes gotas, pagamos 56 euros. Con esa comida y ese entorno, un precio más que apropiado.
Sobre las excursiones en la fraga, el Mosteiro de Caaveiro, el de Monfero o la Torre dos Andrade, tiempo habrá para charlar...

Pero las penas con el estómago cuidado son menos y, afortundamente, no muy lejos del monasterio nos encontramos Casa Juan; y, en Casa Juan, su cocido. Fachada de piedra, diminuto comedor con apenas media docena de mesas, trato familiar, Casa Juan es una de las joyas gastronómicas actuales gallegas y uno de los ejemplos de abandono del sferificador y reivindicación del puchero y de las pausadas horas de cocción.
El cocido es clásico, sin novedades, de ahí su valor: lacón, grelos (los mejores del mundo, los de Monfero, dicen), patatas, garbanzos, costilla, ternera, panceta, chorizos, botillo... De postre, requesón casero y queso con membrillo. Dejemos a la vista y a la imaginación el resto.
Ah, y de precio, unos quince euros por cabeza, vino aparte. Como para no ir a visitar el Monasterio de Monfero.






















