La principal es que, gracias a San Martiño de Xuvia, los pementos do Couto no pican. Ninguno. De apariencia - color, tamaño, forma - muy similares a los de Herbón, resultan un poco más carnosos y también más dulces, además de no presentar semillas. En casa, preparamos las muestras a la manera tradicional: fritos hasta que cogen el punto necesario, con sal gruesa; los acompañamos con sardinas y un buen vino. Deliciosos, como sus primos del sur.
Los pementos do Couto se cultivan exclusivamente en la comarca de Ferrolterra, desde Cedeira hasta Ares, desde Mugardos hasta Moeche. Un bloguero ferrolano de pro ha hecho una visita a la Cooperativa o Val, en Narón: os dejo el enlace. Y un excelente cocinero de dicha tierra (por cierto, post en breve de mi última visita a su casa), José María Jordán, nos deja una receta que da idea del potencial de este producto: pementos do Couto recheos de brandada de xurelo, cachelos e allada.
Tenéis que probarlos.
[Consello Regulador de la IXP Pemento do Couto]
Casa Pendás pertenece al grupo Galicia Gourmand, un colectivo que fue presentado en el Forum Gastronómico de este año en Santiago y que vive fuera de la primer línea mediática que representa Nove. Los locales que yo conozco son recoletos, personales, casi familiares, y algunos rayan a un excelente nivel, como el muy recomendable hogar padronés de Quique Castillo, A Casa dos Martínez, o el paraíso rural de A Parada das Bestas, muy cerca de Palas de Rei. En línea con este último, casa de piedra lejos de todas partes y cocina personal, se encuentra Casa Pendás.
Charlábamos con Alfonso - el chef - al final de la comida sobre lo ausentes que estaban los platos de cuchara en la cocina moderna, en los menús degustación. Salvo alguna crema de setas en plena temporada, cuesta encontrárselos, es cierto. Así que lo que nos tomamos hoy puede considerarse, casi, un homenaje a la cuchara, una reivindicación de esos guisos de casa - lentejas, callos - que tan a gusto se toma uno en estos desapacibles días de invierno. Vamos allá.
Sólo el par de aperitivos con el que arrancó el menú se salieron del claro enfoque estacional del menú: la croqueta 'Joselito', deliciosa, y una empanada casera de chocos, masa ultrafina y la tinta en el relleno. Listón alto ya desde el principio. El primer aire invernal, de brasero y mesa camilla, lo trajeron las espinacas guisadas con huevo a baja temperatura que nosotros mismos revolvimos en la sartén en que se presentaron: un plato con muy poco de sabor y mucho de textura, reforzada por los pequeños fragmentos de tocino que ayudaban a llenar la boca en cada cucharada. El contrapunto sápido lo puso el guiso de pulpo, en taza de barro, pura intensidad en esa salsa en la que tomate y cefalópodo intercambiaban constantemente el papel protagonista.
Llega el primer podium de la tarde: la vieira sobre crema de lentejas, foie micuit y falso coral. Creo que el nombre es suficientemente explícito como para tener que añadir algo más.
El arroz caldoso de chocos fue quizás el punto menos notable del menú, no tanto por el plato en sí mismo como por los demasiados puntos en común con el guiso de pulpo. Pero inmediatamente vino al rescate un fantástico bacalao con callos, segundo top 3 de la comida: qué conjunto hacían esas finas láminas del pescado con los tiernísimos callos y la salsa, ligadita y ligeramente picante. Y para cerrar, una sutil perdiz estofada con castañas, setas y ¿orejones? (cómo se agradece esquivar las omnipresentes carrilleras o el cordero para cerrar el menú).
El primero de los postres fue una milhoja de piña estofada y crema pastelera con helado de piña. Y el segundo, para completar el podium, un sobresaliente cremoso de queso de Arzúa con boletus y miel (no recordaba las setas en el postre desde aquel degustación temático en Galileo).
A la hora de elegir el vino, advertidos de la contundencia del menú, nos fuimos por un Régoa 2007, D.O. Ribeira Sacra, que mostró todo su carácter. Para los postres, el Vi de Gel de Gramona, un D.O. Penedés de riesling, vino de hielo con una elaboración muy particular.
En fin, una altamente recomendable experiencia la reivindicación del guiso y la cuchara de la mano de Alfonso Glez Pendás, reforzada por un cordial servicio, una acogedora sala de paredes de piedra y por un precio muy contenido: cuarenta euros el menú degustación. Con el vino - la casa nos invitó al café y al dulce -, cincuenta euros per capita.
Y para cerrar, si os acercáis a Casa Pendás no dejéis de recorrer los siete kilómetros que la separan de praia Frouxeira, en Valdoviño. Pasead ante al feroz Atlántico. Y tomad luego, por favor, la carretera que sube hacia el mirador de Paraño [ubicación] y más tarde se desliza, pareciera que precipitándose sobre el mar, hacia la playa de Pantín.
[Casa Pendás / Carballo, 26 - Sedes (Narón) / 981.368098 / Ubicación]
Cómo llegar. Desde A Coruña, yo creo que lo más directo es salir de la AP-9 en Neda, atravesar el pueblo y tirar a la izquierda hacia Ferrol. Nada más cruzar el puente de la ría, a mano derecha parte la AC-5404 (indica Valdoviño a 13 Km). Ahora sólo es seguir todo recto esta carretera unos seis-siete Km hasta Carballo, donde está señalizado el restaurante. Hay que pasar, a los tres-cuatro Km, por encima de la autovía Ferrol-Vilalba, y en la rotonda de después, ojo, aseguraos de seguir dirección Valdoviño, por la misma AC-5404.
El río Belelle pega un salto de 45 metros sobre una cornisa granítica para acortar su periplo desde la Serra de Forgoselo hasta su desembocadura en la ría, previa rendición de tributo al hombre en la central hidroeléctrica. Os dejo unas fotografías y la recomendación de que os acerquéis a visitarla.
Cómo llegar: tomamos la salida de la AP-9 hacia Neda, atravesamos el pueblo y giramos a la derecha por la carretera de Ortigueira; apenas un kilómetro más adelante, tomamos un desvío a la derecha que indica Mourela Baixa; tres mil metros después, de nuevo a la derecha está indicada la estrecha carretera que lleva al pie de la central eléctrica, donde podemos dejar el coche para continuar andando. Ubicación en el mapa de Pantagruel.
Pero claro, llega uno todo dispuesto a tomar almejas y se encuentra con que su pareja no puede ni verlas. No queda sino renunciar a ellas como entrante y tomarlas de principal. Ante esta visicitud, nos fuimos por unos primeros muy simples: pimientos de Padrón - no fallan en su época si son de calidad - y unas croquetas de salmón muy cremosas. El contrapunto a las almejas fueron unas chuletillas de cordero lechal; eran de auténtico lechal lechal, pequeñitas, tiernas y sabrosas, acompañadas por patatas fritas y pimiento.
Pero las estrellas de la noche fueron, naturalmente, las almejas. Una docena de hermosísimos ejemplares abiertos a la plancha: así de sencillo y así de complicado. Las almejas eran majestuosas, carnosas, de sabor profundo, servidas con el punto de plancha exacto. De las mejores que he probado. Sin embargo, dejadme deciros que - siendo a la sartén o a la plancha mi manera favorita de tomarlas - un mínimo toque de limón, la ligera presencia de alguna hierba aromática, ese pequeño gesto que rompa la uniformidad, para mi gusto es necesario para redondear el plato.
Un par de buenos postres caseros - tarta de chocolate y galleta; milhojas (dos finas galletas de almendra) con helado/mousse de plátano - y dos cafés de pota cerraron la noche. Todo ello, junto con una botella de Terras Gauda y agua, supuso una cuenta de 70 euros.
Id a probar esas almejas.






