El NH Liberdade tiene dos características destacables. Por un lado, una situación muy conveniente, a cinco minutos caminando de la Praza dos Restauradores y, a partir de ahí, de todo el centro histórico lisboeta; para los perezosos, hay una estación de metro literalmente a la puerta del hotel. Por otro, una piscina en la azotea, que permite disfrutar de un baño mientras se disfruta de unas estupendas vistas de la ciudad.
En cuanto a las habitaciones, éste es el NH menos NH de todos en los que he estado. Son interiores, creo que en su amplia mayoría y, aunque correctas, están por debajo del estándar de la cadena (la nuestra, al menos, lo estaba). El desayuno buffet sí está en un nivel razonable.
En el mes de junio, en plenas fiestas de la ciudad, la habitación doble con desayuno incluido nos salió por 110 euros la noche. El balance ubicación-hotel-precio hace del NH Liberdade una opción recomendable para los que no nos podamos permitir el Bairro Alto o no hayamos descubierto a tiempo el Internacional. Podéis consultar también la opinión de Rincones Secretos.
[NH Liberdade / Avda da Liberdade 180B / Ubicación]
O Pitéu está estratégicamente situado junto a los miradouros del barrio de GraÇa, por lo que es sencillo planificarse para coincidir por la zona a la hora del almoÇo. O Pitéu es esencia portuguesa: grandes raciones, sobre todo pescados, siempre más pasados de lo que acostumbramos por España.
Para abrir boca, unas olivas alentejanas y queijo da serra amanteigado, ese maravilloso queso de oveja para untar, quizás primo de la torta del Casar. Luego, bacalhau á Pitéu, inmensa y sabrosa ración con patatas fritas, cebolla, coliflor y pimientos; las verduras casi crudas y en vinagreta. También un cherne á grelha, con patatas cocidas y grelos. Con postres, cervezas y cafés, veinte euros por persona.
En Alcántara, no demasiado lejos de las modernas DoÇas, aparece el Retiro do Chefe Costa. Allí lo suyo es tomarse el arroz con pulpo. Arroz caldoso servido en cazuela de barro, con verdura y no pocos tropezones adicionales del mar. Y con el "piri-piri", la roja salsa picante secreta del Chefe Costa que le da a la cosa una emoción que hace el conjunto notable.
Antes, unas aceitunas, algo de queso tierno y unas ensaladas. Sorprendente lo rico y fresco que estaba el vino blanco de la casa, servido en enservilletada garrafa de medio litro (abajo, en la foto, junto al piri-piri), Con postres y cafés, unos quince euros por persona.
Así que ya sabéis. En vuestra visita a Lisboa, si os coincide pasar por la zona y os apetece tomar comida popular a precios muy razonables, éstas son dos buenas referencias.
[Pitéu / Largo da GraÇa 95 / Ubicación]
[Retiro do Chefe Costa / Rúa do Alvito 12 / Ubicación]
Y siguiendo por el primer plato del menú degustación - no hay carta en el 100 Maneiras - que llega a la mesa: el estendal de bairro, un juego con las omnipresentes cordadas de ropa a secar que llenan de color las ventanas de los barrios populares de la ciudad. En este caso, la ropa es representada por chips de bacalao. Desde luego, no cabe duda de que el chef serbio Ljubomir Stanisic se ha integrado bien en la cultura portuguesa.
Continúan los aperitivos del nuevo menú de verano que estrenábamos aquella noche con un falso huevo - cremoso de patata y yema en el interior de una cáscara perfectamente preparada para beber su contenido - y un ravioli de melón con jamón, ambos realmente buenos.
Entramos en materia con una tosta de sardina marinada, con tapenade y tartar legumbres. El sabor veraniego por antonomasia de Lisboa (y el de Galicia), aunque tal vez el pan no dejaba todo el espacio necesario al pescado.
El ceviche de pez mantequilla con atún braseado, wasabi fresco y reducción de salsa de soja fue el plato que menos me dijo. El atún estaba bien - a mí me gusta un corte más grueso - pero el pez mantequilla, que aquí sólo me he encontrado en algún japonés, no es un bicho que termine de convencerme. Mucho mejor estaban los tortellini de setas con crujiente de bacon y láminas de queso parmesano.
Llegó a continuación el mejor plato de la noche bajo mi criterio: a minha brandada de bacalhau. Cremosa, suave, deliciosa.
Tras un sorbete de menta y lima a modo de limpiador, llegó el postrero plato de carne: una pieza de ternera asada con salsa de verduras, sencilla y bien resuelta.
Para las sobremesas, una mousse de dos chocolates y, sobre todo, un exquisito arroz cremoso con albaricoques y la reducción de vinagre tan en boga últimamente.
Acompañamos el menú con un blanco del Douro, Monte Cascas 2008, que se comportó de maravilla, fresco, ácido y largo. Su hermano tinto reserva - una copita para la carne - nos dejó bastante más indiferentes.
(Foto tomada de Restaurantes aos pontos)
El menú del 100 Maneiras está en unos interesantísimos 35 euros. En nuestro caso, con los vinos, el agua, los cafés y el couvert, nos fuimos a unos 55 por cabeza.
Más que recomendable, en fin, comprobar la creatividad sobre conceptos tradicionales portugueses de Stanisic, en un ambiente joven y e informal, a unos pasos de numerosas alternativas para continuar con una copa en medio del ambiente del Bairro Alto.
[100 Maneiras / Rua do Teixeira, 35 - Bairro Alto / Ubicación]
No es mala estrategia para visitar los miradouros utilizar el Elétrico 28 como guía*. Partiendo de su origen en la plaza de Martim Moniz, las primeras paradas del barrio de GraÇa nos sirven para llegar a Nossa Senhora do Monte, uno de los miradores menos conocidos al estar algo alejado de las zonas más turísticas, pero sin embargo uno de los que ofrece mejor panorámica: el castillo, la Baixa, el río y, al fondo, el puente 25 de abril.
Pocos metros más abajo, en el Miradouro de GraÇa, podremos saborear una vista similar con la compañía de una cerveza y de bastantes más turistas.
Siguiendo la ruta del 28, llegamos poco después a las dos atalayas, muy próximas, sobre la roja y blanca Alfama: Portas do Sol y Santa Luzía. En la primera, al atardecer o de noche, podremos disfrutar de un cóctel en la terraza hace poco abierta (eso sí, abrigadillos, porque la cosa suele estar venteada). Santa Luzía es uno de los rincones más clásicos de la ciudad (romántico, incluso, si la muchedumbre, milagrosamente, se esfumara) pese al penoso estado en que se encuentra.
Toca subir caminando hasta el Castelo de Sao Jorge, que ofrece una completa panorámica de 360º sobre la ciudad, desde el puente 25 de abril hasta San Vicente y el Panteón.
De nuevo en la ruta del 28, atravesamos la Baixa para bajarnos en la Plaza de Camoes. Desde allí, subimos hacia el Convento do Carmo y caminamos por su lateral hasta llegar a la parte alta de la estructura metálica del Elevador de Santa Justa. Dominamos la Baixa y el Rossio, pero quedan también a nuestro alcance el castillo y la Sé, recortada contra el Tajo.
Algo más arriba, quizás mi vista favorita: la que ofrece Sao Pedro de Alcántara, al que también se puede llegar mediante el Elevador da Glória.
De vuelta a Camoes, sólo una parada más adelante el Elétrico nos deja junto al elevador da Bica y, poco después, la callejuela que conduce al miradouro de Santa Catarina, que nos ofrece vistas sobre Alcántara y sus DoÇas, con el puente 25 de abril al fondo.
Para terminar, no queda más remedio que recurrir al Metro para alcanzar la parte más alta del parque Eduardo VII. Desde allí podemos poner un magnífico colofón a esta ruta por los miradouros lisboetas.
* Por 3,70€ se puede obtener un pase diario para metro, autobuses y tranvías, sin limitación de viajes. Utilísimo para desplazarse por la ciudad, sobre todo si se planea visitar zonas más alejadas como Estrela, Alcántara o Belem.
La barroca decoración de la sala impresiona de entrada: la muy tenue iluminación, las esplendorosas arañas, los grandes espejos, los dorados de las paredes. Llama la atención también el silencio, las conversaciones en susurros de las mesas que ya han empezado a cenar. Sólo otro despistado y yo nos sentamos sin una chaqueta puesta.
En este contexto, decidimos que el entorno no era el más apropiado para tirar de cámara y marcarnos la habitual sesión fotográfica de los platos, algo de lo que me comencé a arrepentir inmediatamente después. Porque la cocina de Avillez se resume con una sola palabra: técnica. Técnica en la elaboración y en unas presentaciones verdaderamente exquisitas y elaboradísimas.
Pese a todo, el primer aperitivo me generó un mal rollo importante: queso fresco de cabra, que no era sino una esferificación del mismo. “¿Esferificaciones a estas alturas?”, pensé atemorizado. Afortunadamente, la sutilísima aceituna en tempura vino ipso facto a calmarme. Y los espléndidos, maravillosos lomitos de caballa marinados con gel de tomate eliminaron cualquier duda. (Por cierto, lo que es la memoria gustativa, me trajeron a la cabeza aquella también exquisita sardina marinada con queso de Arzúa y agua de tomate que nos sirvieron en A Estación, durante la III Xantanza, hace ya tres años).
Y a continuación, el éxtasis. Cascais a la orilla del mar, se llamaba el plato. Recurriré a las mil palabras a falta de imagen. El plato era como una de esas mesitas de centro de cristal, que tienen un nivel inferior en madera para colocar adornos. Pues en el nivel inferior venía una composición de erizos y algas, con algún congelado a muy baja temperatura que generaba un efecto de niebla con el que llegaba el conjunto a la mesa. Y en la parte superior, sobre el vidrio y entre la neblina, almeja, mejillón, berberecho, navaja, camarón y centolla. Todo apenas cocinado, con textura, sabor y olor a mar; el oído es el único sentido del que no se ocupa el plato. Y por si fuera poco, pequeños triturados de algas, de manzana, de cítricos que reforzaban todavía esa sensación de océano. Apoteósico: de lo mejor que jamás he tomado.
Quedaba el listón altísimo, y la ostra petrificada – con manteca de cacao y una lámina dorada – con curry madrás y puré de hinojo no pudo resistir la comparación, pese a que poco había que reprocharle. Luego vino una de mis debilidades: un huevo cocinado a baja temperatura, magnífico, acompañado con aromas de la tierra, que venían siendo setas y, sobre todo, migas de pan alentejano.
Siguió un plato portugés de toda la vida reinterpretado: manitas de ternera con garbanzos, gelatina de espinacas, espárragos verdes y trufa rallada. A estas alturas mi voluntad estaba vencida, por lo que lo tuvo fácil el competidor con el huevo por la medalla de plata de la noche: un salmonete asado, en un punto perfecto, con espuma de cítricos, pan de maíz y una sobresaliente salsa de su hígado.
Para rematar los salados el menú lo pone difícil, porque hay que atacar un potente cordero en dos cocciones con puré de guisantes y guisantes salteados. Para acompañar este plato nos tomamos una copa de tinto alentejano cuyo nombre no recuerdo. Porque durante el resto de la comida, agradecimos la recomendación del sumiller: un Passadouro 2008, blanco del Douro muy equilibrado – ácido, afrutado, pero con cuerpo – que aguantó perfectamente los envites de los distintos platos.
En los dulces, un postre de notable alto, queixo de ovella da Serra da Estrela con helado de plátano y marmelada (de marmelo, membrillo); y otro más discreto, unas queixadas de Sintra con sorbete de limón. Y un cafetillo sólo para el cierre.
En fin, una experiencia para recordar, sin duda, las dos horas y media que lleva disfrutar de este Menú Desassossego del chef José Avillez, cuyo precio es de noventa euros. Con los vinos – el Passadouro es caro, 45€ -, cafés, aguas y demás, la cosa se fue a unos 120 euros per capita.
Por si queréis completar la visión, Carlos Maribona visitó el Tavares poco antes que yo.
[Restaurante Tavares / Rua da Misericordia, 35 – Lisboa / Ubicación]
(La foto que ilustra el post las he tomado de la web del restaurante)
Fue un fin de semana bien aprovechado, intenso pero no estresante. Nos pegamos nuestras buenas pateadas por los bairros lisboetas, con la ayuda del tranvía 28: la Baixa, el Chiado, GraÇa, Alcántara, el Bairro Alto y, por supuesto, Alfama. Alfama es otro mundo, el espíritu de la ciudad en estado puro. Alfama es a Lisboa lo mismo que Santa Cruz a Sevilla o que el Albaicín a Granada.
También sobrevolamos los rojos tejados lisboetas desde los numerosos miradouros que coronan las colinas de la ciudad. Desde el Castelo de Sao Jorge, desde GraÇa, desde Nossa Senhora do Monte, desde Sao Pedro de Alcántara, desde Santa Catarina, desde Santa Luzía, desde lo alto del parque de Eduardo VII. Placer para la vista.
Hubo tiempo para el estómago, por supuesto. Una grandísima experiencia gastronómica en el Tavares de José Avillez. La interesante interpretación de la cocina portuguesa del 100 Maneiras, el rincón lisboeta del serbio Ljubomir Stanisic. Y, además, los locales populares: el bacalhau del Pitéu en GraÇa o el arroz de pulpo del Retiro do Chefe Costa, en Alcántara (gracias, Pedro, por las indicaciones). E, incluso, unas sardinhas á grelha en las fiestas de Alfama.
Quedó un respiro, todavía, para tomar unos tragos tranquilamente desde terrazas con impresionantes panorámicas, como la de Portas do Sol sobre el Tajo o la del Chapitô, que sobrevuela el centro de la ciudad al pie del castillo.
Y, por si fuera poco, de regreso a casa el menú degustación del Eirado da Leña, en Pontevedra.
Lo iremos contando en los próximos días. Stay tuned.
















