Previamente, eso sí, hacemos una parada por el camino para acumular una buena dosis de quietud antes de la marabunta: se encargan la Somerset House y las callejuelas y el ladrillo rojo del Templo - incluída, sí, la novelesca iglesia -.
Continuamos por Fleet Street, sobrepasamos la catedral de Saint Paul - mucho menos atractiva, en su molicie, de día y desde este lado del río - y nos adentramos en la jungla hasta el Bank of England, auténtico corazón de la City. A partir de aquí, dedicamos un rato a observar el ajetreado ir y venir del personal, al tiempo que ponemos el contraste recorriendo con pausa el todavía más contraste entre modernos edificios de negocios - como el Lloyd's -, iglesias seculares y callejuelas sin salida que esconden pubs también seculares. Curiosa armonía, en cualquier caso.
De entre todas las construcciones, me quedo con una de las más recientes: The Gherkin, de Norman Foster. Por cierto, ¿a alguien más le sugiere que el copy-paste también funciona en la alta arquitectura?
En fin, una gran cosa de Londres es que permite pasar, en tan solo unos minutos de metro ligero, de uno de los centros económicos del mundo al siglo XVIII. Efectivamente, un rato de DLR y estamos en Greenwich: su universidad, su media docena de callejas y comercios, sus bicentenarios pubs al borde del Támesis, el Observatorio Real y, por supuesto, el meridiano (si vas a Greenwich tienes que visitar el meridiano, del mismo modo que en las Azores no puedes dejar de ver el anticiclón; apréciese la ingeniosa agudeza).
Partiendo del muelle, un túnel atraviesa el Támesis y te lleva hasta la Isle of Dogs. Desde allí, tranquilamente sentado en uno de los bancos de la rivera, tienes ante tus ojos la panorámica del Greenwich Palace, tal cual lo pintó Canaletto en 1750. Merece la pena un ratito para recuperar el nivel de quietud perdido...

...y regresar al siglo XXI. Porque a tiro de tres minutos de DLR, en sentido centro de Londres, estamos en el Canary Wharf, que ya nos ha dejado asombrados en el viaje de ida. Sobre un conjunto de canales en los meandros del Támesis al este de la capital - los Docklands - se alza un modernísimo complejo de oficinas, con edificios de hasta 50 plantas parcialmente construidos sobre las aguas. En los sótanos, el amante de la comida rápida y de la compra compulsiva en grandes cadenas de moda encontrará su Nirvana.

De nuevo en el centro, la última hora antes del descanso vespertino la entretenemos en las zonas más chic: Regent Street, Piccadilly y Mayfair, con la lujosísima Bond Street.
La última noche se cierra en tres fases. Un paseo al atardecer por King's Road, la bulliciosa columna vertebral de Chelsea, colmada de tiendas de moda, bares de diseño y tradicionales pubs. Un recorrido turístico gratuito - gracias, Oyster Card - en lo alto de un tradicional bus de dos pisos: la línea 11 nos lleva desde Chelsea hasta Trafalgar Square, pasando por Westminster y Whitehall. Y, culminando la jornada, un repaso callejeando a los literalmente cientos de locales - para cenar, para tomar una copa, para bailar, para beberse una pinta; chinos, indios, turcos, españoles, italianos, franceses; modernos, antiguos, oscuros, de diseño, tenebrosos; pijos, de lujo, normalitos, tugurios - que ofrece el Soho. Comenzamos el día en una jungla, para terminarla en uno de los ecosistemas urbanos más variopintos del planeta.
Llegamos a la estación de Camden, aún temprano, antes que las hordas. Nada más salir de la estación nos adentramos en un enjambre de ropas de baratillo, chucherías y bisutería, digno de feirón de fin de semana en cualquier pueblo gallego: la mosca es ya moscardón. Pero cuando retomamos Camden High Street, en apenas unos metros el panorama mejora sustancialmente: de las casas de dos pisos pintadas de fucsia, azulón o malva cuelgan estrambóticos reclamos en sus fachadas, sobre la curiosa oferta de tiendas que van desde la ropa gótica o sado-maso hasta las pelucas o los discos punkies de segunda mano. Además, alrededor, la masa turística se entremezcla con una tribu a la altura de las tiendas (lástima de mi timidez para las fotos a desconocidos, especialmente cuando llevan negras botas con tachuelas, vestimenta militar, una cresta roja de más de treinta centímetros y al menos una docena de piercings en el rostro).
Por fin, aparece Camden Lock, el meollo de la cuestión. Para mí, nada sospechoso de disfrutar en los mercados, supuso un deleite para los sentidos. Para la vista, por cómo se han reaprovechado las antiguas casas y almacenes de ladrillo marrón junto al canal, sus recovecos y túneles, para construir – no sé si es el verbo – el mercado; por cómo todos los colores saltan entre ropa y antigüedades, entre alfombras y carteles, entre negros, orientales, indios y europeos; por cómo el viejo ladrillo convive con asombrosas arañas de cristal colgadas en los techos de los túneles. Para el oído, que pasa en unos metros de disfrutar con la música de cítara en la tienda de especias al atronador punk del puesto de discos; que se confunde precipitándose continuamente del portugués al mandarín, del indio al alemán, del español de Madrid al de Perú, del inglés a no sé qué lengua árabe. Para el olfato, que a las once de la mañana no sabe si quedarse con los efluvios de incienso, con la esencia de la especiada comida india, con un no-sé-qué-exactamente marroquí que huele de vicio, con la enchilada o con la megapaella que se prepara en uno de los patios descubiertos. Hace ya tiempo que la mosca ha desaparecido.
De vuelta al centro, nos dedicamos a recorrer las animadas callejuelas del Soho atentos al parade de los dragones en la celebración del año nuevo. En el entorno de Gerrard Street la marabunta nos engulle, pero tenemos la suerte de ver pasar la danza muy cerca, entre la multitud de cabezas. Nos alejamos como podemos hacia destinos más tranquilos, planeando regresar por la tarde a la sesión de fuegos artificiales.
Recorremos la señorial Piccadilly hasta Bond St y St James’s St: es curioso cómo un mismo sitio puede presentar tan distintos aspectos según triunfe la luz del sol o la de los neones. Entre las tiendas, poco aptas para bolsillos normales, nos llama la atención la botella de Albariño que luce orgullosa en el escaparate de Fortnum & Mason, con la enseña del prestigioso establecimiento. Bajando por St James’s St llegamos al palacio del mismo nombre y, enseguida, por The Mall y St James’s Park, a Buckingham Palace.
Demasiados palacios para un estómago vacío, así que toca comer una Sunday Meal en el pub de la esquina, cual genuinos londinenses. Pues nada, alegría pal cuerpo: bacon, salchichas, huevos, chips, tomate asado y beans. Y una pinta, claro.
Con el estómago lleno, repetimos la primera parte del paseo de la primera noche, para admirar a plena luz del día la abadía y el palacio de Westminster, la perspectiva de la orilla norte desde la Southbank. Son casi las cinco, así que cruzamos por el Hungerford Bridge y llegamos a Leicester Square a tiempo para ver cómo la muchedumbre admira los fuegos que ponen fin a las celebraciones del año nuevo chino. Tras lo cual toca un merecido descanso en el hotel, antes del itinerario nocturno.
Ya de noche, decidimos recorrer el Bankside, desde el Blackfriars Bridge hasta Southwark y el Tower Bridge. Se trata de un paseo marcado por la cúpula iluminada de la catedral de St Paul, por el skyline de la City que se intuye allá, al otro lado, y, cómo no, por el puente de la Torre de Londres: es muy probable que fuera un gran acierto hacer este recorrido de noche. Al llegar a Borough High St nos adentramos en el corazón del barrio de Southwark, visitando históricos pubs en callejones sin salida, aunque están cerrados en domingo por la noche.
De vuelta al paseo fluvial, cenamos en un italiano sin mayor historia – no fue una mala cena, ni mucho menos, pero tampoco memorable – en lo gastronómico, pero el Strada tenía un inmenso ventanal desde el suelo hasta el altísimo techo que ofrecía, para acompañar a los tagliatelle, una inmejorable panorámica del Tower Bridge, imponente sobre el Támesis. Tower Bridge que, por supuesto, cruzamos hasta la orilla norte, poniendo fin a la que fue, probablemente, la mejor de las cuatro jornadas en la capital inglesa.
Nuestro plano no recoge la zona, pero el temor a no encontrar el destino es infundado. La cosa no ofrece duda: los cientos de personas que salen del Underground se unen a otros tantos que se acercan por la calle y enfilan camino de Portobello Road. Nos sumamos al rebaño y todo resulta en un bonito paseo bajo el sol matutino por el encantador barrio de Notting Hill: casas blancas y en tonos pastel, con una o a lo sumo dos plantas, igualitas y bien alineadas, transpirando clase y dinero.
Enseguida llegamos al mercado. La visita es entretenida por la fantástica mañana y por el animado ambiente. Pero salvo que seas un forofo de rebuscar aquella pieza única entre la chatarra, con media horita es suficiente para comprender que llega el momento de cambiar de aires.
Así que, por cercanía, seguimos paseando rumbo a Kensington: atravesamos Holland Park y llegamos a Kensington High Street. Londres es una ciudad de ciudades, una amalgama de villages, towns y neighborhoods, y cada uno tiene su High Street, su calle principal reflejo de la personalidad del barrio: la clásica Kensington High Street, la moderna y fashionable King's Road de Chelsea, la comercial Brompton Road de Knightsbridge, la populosa Borough Hight Street de Southwark o la pintoresca Camden Hight Street. Todas ellas permiten, con un breve paseo, componerse un retrato de cómo es la vida en su entorno, cómo son sus vecinos, cómo encajan en el puzzle londinense. Cada una de ellas justifica su visita.
En un extremo de Kensington High Street se encuentra Kensington Square, recoleta plaza que todavía conserva edificios del XVII y un recomendable pub: el Greyhound. Muy cerca, en Church Street, la iglesia de St Mary Abbots con su curioso cementerio. Poco más arriba, la entrada a los Kensington Gardens - extensión, sin solución de continuidad, de Hyde Park - y el palacio del mismo nombre, al parecer lugar de peregrinación semimístico por su relación con Santa Lady Di.
Como el sol acompaña, los diez minutillos de caminata por los jardines hasta llegar al Albert Memorial son muy relajantes, pisando los extensos lawns que tanto gustan a los ingleses. Llegamos a una importante concentración cultural: el Royal Albert Hall, los Royal Colleges de Música y Arte, el Museo de Ciencia, el Museo de Historia Natural, el Victoria and Albert Museum. Todo ello en apenas quinientos metros y los museos con acceso libre. Qué envidia.
Brompton Road enlaza Kensington con Knightsbridge. Avenida muy comercial, está coronada por una de las cumbres del capitalismo mundial: Harrods. La delgada línea que separa el amor del odio no es menos delgada que la que marca la diferencia entre el presunto refinamiento exquisito y la horterada. Y, desde mi punto de vista, Harrods se sitúa muy peligrosamente entre ambos: entrar en el edificio y encontrarse con una Luxury Room que expone complementos de Cartier, Loewe o Givenchy enmarcados en un asombroso ambiente egipcio, dorados sarcófagos incluidos, cuando menos mueve a la duda. Pero precisamente por eso es imprescindible visitar Harrods. Por eso y por los food halls, estos sí, logradísimos en su decoración, en la exposición de la interminable variedad de alimentos de todo tipo y en la combinación de la simple venta con barras y microrestaurantes especializados en cada una de las temáticas de la tienda, desde el Oyster Bar hasta la degustación de cafés. Que quede claro, no obstante, que en materia de pescado fresco, la coruñesa Plaza de Lugo gana por goleada.
Y también son dignas de visitar en Knightsbridge las plazas residenciales del XIX, como Trevor Square o Cadogan Square, incluyendo las señoriales construcciones en vivo ladrillo rojo que rodean a esta última.
Puede parecer que no, porque esta jornada apenas toca los principales atractivos monumentales de Londres, pero se trata de un intenso recorrido que bien merece una retirada al hotel para recuperar fuerzas.
Hecho lo cual, para cenar, La Porchetta. Recomendados por dos blogastrónomos de pro, Moraiminha y Makeijan, acudimos a su local de Holborn, tras dar buena cuenta de otra pinta en un pub del cercano Covent Garden. Abarrotado el sótano del local por grandes mesas con evidentes síntomas de juerga y celebración, nos quedamos en la más tranquila planta baja. Unos antipasti a base de mozzarella rebozada - pero con un rebozado muy, muy suave - y una tosta alla putanesca son seguidos por sendas pizzas quatro stagioni y calzone, de masa fina y crujiente, y rematados por un tiramisú casero que ayuda a darle el último trago al vino blanco de la casa, servido en jarra. No es de extrañar que la prima italiana de Makeijan tenga este restaurante por uno de sus favoritos.
Para bajar las calorías, breve paseo para contemplar el animado ambiente del sábado noche en Covent Garden, Soho y Piccadilly, antes de tomar el metro para recuperar fuerzas de cara a la jornada del domingo: nos espera el mercado de Camden.
Eran cerca de las seis tarde cuando llegábamos al hotel, ya de noche, tras un sorprendentemente puntualísimo vuelo de Iberia directo desde A Coruña. El hotel, Hesperia London Victoria, era un cuatro estrellas que responde a los estándares españoles, lo cual ya es mucho decir Europa adelante. Además, está justo enfrente de Victoria Station - por tanto, a un paso del metro hacia cualquier destino - y a poco menos de un cuarto de hora andando del puente de Westminster. Lo conseguimos a 99 libras + IVA desayuno buffet inglés incluido, lo cual es un muy buen precio para la capital británica. Por tanto, muy satisfechos en este terreno.
Dejamos las maletas, cogimos la cámara y enfilamos Victoria Street abajo para recorrer esos diez minutos largos que nos separaban del Big Ben. Las grandes moles de oficinas y los restaurantes de comida rápida pronto dieron paso, sin solución de continuidad, a Parliament Square: y allí, de repente, cada uno brillando con sus propias luces en la noche, se nos aparecieron juntitos la abadía de Westminster, las casas del parlamento y, al fondo, por encima de todos, la rueda violeta del London Eye. Media horita estuvimos admirando el cuadro.

Del otro lado del Támesis, atravesando el puente de Wesminster, se puede admirar la panorámica del palacio del mismo nombre en toda su extensión: no cabe imaginar mejor cuna para el sistema parlamentario. Caminando hacia el centro entre el gentío de la Southbank un viernes por la tarde - turistas, juventud local, mimos, cantantes callejeros, vendedores - se puede admirar, en la otra orilla, la ecléctica combinación de edificios clásicos con arquitectura moderna que caracteriza toda la ciudad.
Sólo unos minutos más de paseo y cruzamos el Waterloo Bridge hacia Covent Garden. Wellington St, ya en plena zona de teatros, es un hervidero de pubs absolutamente abarrotados: resulta casi imposible hacerse un hueco para la primera pinta de una larga serie, así que giramos hacia la Piazza de Covent Garden entusiasmados por el ambiente que nos rodea. La Piazza es un enorme teatro al aire libre: el tenor que recita sus arias ante la concurrencia de un café - probablemente soñando con un improbable estreno apenas unos metros más arriba, en la Royal Opera House -, el popero italiano de coleta y guitarra acústica, el negro que llora su blues, los malabaristas de las antorchas imprescindibles en toda plaza que se precie.
Seguimos caminando entre la gente y, al fin, en una calleja de poco más de un metro de ancho, damos con el Lamb & Flag, que resulta uno de los pubs clásicos de la zona: por fin cae la primera pinta.

Tras un vistazo al plano, vemos que estamos pegaditos a Chinatown, apenas a dos días de la celebración del año nuevo chino, año del cerdo además. Así que a Gerrard St nos dirigimos y en Gerrard St flipamos con la cantidad de gente, occidental y oriental, apiñada bajo las guirnaldas rojas que recuerdan que estamos de fiesta. En estas circunstancias, un blogastrónomo - pese a que no es ni mucho menos un enamorado de este tipo de comida - tiene que meterse en alguno de los cientos de locales de la calle a cenar. Después de dos o tres dubitativas vueltas, nos decantamos por, atención, el Golden Pagoda.
Optamos por un popurri chino de la interminable carta, con el pato laqueado como elemento estrella, regado por la internacionalmente reconocida cerveza Tsing Tao (claro, a ver quién se atreve a pedir Heineken en esas circunstancias) y el correspondiente té. Bueno, podría haber sido bastante peor la cosa.

Con el estómago lleno, cinco minutos más de paseo hasta Piccadilly Circus, el pequeño Times Square londinense, al parecer lugar de encuentro de los muchos que a esas horas inician su recorrido nocturno. Dejaré que el neón se exprese en las imágenes.
Y a no muchos pasos de allí (efectivamente, el centro de Londres es mucho más manejable de lo que pudiera pensarse a priori), Trafalgar Square, que conduce a través de Whitehall de nuevo al parlamento. Tras nuevos minutos de recreo en la vista, tomamos Victoria St arriba, al hotel, a coger fuerzas para la primera jornada completa en la capital británica. Las primeras horas no han estado nada mal.
[Las fotos de este post, junto con una selección de las que sacamos en la escapada, se pueden ver en la correspondiente galería de Pantagruel]
En respuesta a estos esfuerzos, además de un pequeño grupo de fieles que me consta siguen lo que escribo, el blog recibe esporádicamente comentarios que corrigen, añaden, discrepan, corroboran o agradecen.
Bien, pues tratemos de darle la vuelta a la tortilla, a ver qué pasa. Veamos, en algo menos de un mes haré una escapadita de cuatro días a Londres. Como los recuerdos que tengo de mi última - y primera - visita son apenas cuatro imágenes brumosas - nunca mejor dicho - de Trafalgar Sq y Buckingham, me encantaría recibir sugerencias e ideas, vía comentarios a este post, acerca de:
- Ese rincón encantador que visitar pero que no menciona ninguna guía.
- Ese restaurante recogido de sabrosa comida o aquel pub típico pero de verdad.
- La esquina desde donde sacar La Foto.
- Y ya puestos, un hotelito céntrico, cómodo, limpio y barato, si es que tal cosa existe en Londres.
Espero ansioso las sugerencias. Quizás podamos construir entre todos la "Guía Ideal para una Escapada a Londres". O quizás este post se quede así, tal como ha nacido. Pero, en cualquier caso, habrá merecido la pena.









