En el corazón de la ciudad, a pocos pasos de La Chascona de Neruda, el bullicioso barrio de Bellavista alberga el punto de partida del funicular que remonta el cerro de San Cristóbal. Desde lo alto, mirando al poniente, los altos edificios de la comuna de Las Condes - Sanhattan - se recortan contra el horizonte pardo y blanco. En primer término, la torre del Costanera Center - todavía inconclusa: será el mayor rascacielos de Sudamérica, con 300 metros de altura y 70 plantas - empequeñece el resto del skyline santiaguino.
Una vista que merece la pena disfrutar.
Pero son muy pocos los que continúan por esa misma carretera, unos diez kilómetros, para subir a la cima del Monte da Groba [ubicación]. Más de seiscientos metros de altura desde los que se dominan todos los parajes anteriores, además de la ría de Vigo, la península del Morrazo - con Cabo Home en su extremo - y hasta la isla de Ons.
Bueno, o eso he leído, porque la niebla que nos encontramos nos impidió comprobarlo, aunque a cambio nos dejó imágenes interesantes. [Esta entrada debería llamarse Mirar Galicia (x): Monte da Groba, añadiendo un nuevo eslabón a la serie. Otra vez será]
[Las dos primeras fotos están tomadas en la Virxe da Rocha (en la segunda, lo que sobresale entre la niebla es una de las islas Cíes). Las dos siguientes, desde un poco antes de la cumbre de A Groba. Luego vienen tres de Panxón. Y la última es la niebla sobre Cabo Silleiro desde Monteferro.]
La Ribeira Sacra, en el límite de las provincias de Ourense y Lugo que marca el río Sil, conjuga naturaleza - el cañón, la garganta del propio río, con paredes de hasta casi 500 metros de altura - e historia milenaria - alguno de cuyos ejemplos ya se han tratado aquí: San Pedro de Rocas o Santo Estevo de Ribas de Sil -.
Desde las alturas, mirar el cañón del Sil, mirar la bruma flotando sobre la Terra de Lemos, es un auténtico placer. Desde el mirador de Cabezoas, desde las curvas del descenso a Santa Cristina de Ribas de Sil o, especialmente, desde el mirador de Os Torgás, en Parada de Sil [ver ubicación en Tagzania].
El mirador es conocido como los Balcones de Madrid, dicen que porque desde allí se podía contemplar durante largo el tiempo el camino de los que marchaban. Sea así o no, desde el balcón se puede disfrutar, a nuestros pies, del cañón en todo su esplendor; si nos giramos a la derecha, la entrada del río en la garganta, deslizándose entre las viñas; de frente, las Terras de Lemos hasta donde alcanza la vista.
Todo, seguramente, en un silencio sólo roto por las campanadas del Santuario de Cadeiras, que, temerario, se asoma al precipicio del otro lado del río. Una gozada.
(Más fotos en la Galería de A Ribeira Sacra)

El sendero PR-G87 es el hilo conductor de la excursión: de sus veinte Km, casi dos tercios serpentean por la costa desde Mera hasta Lorbé. Ambas localidades son las apropiadas para reponer energías: en la primera podemos degustar algunas raciones tranquilamente sentados en las terrazas de primera línea de playa, con A Coruña como telón de fondo, al otro lado del mar; la segunda es una de las capitales del mejillón de las rías del norte, bocado que es posible saborear en cualquiera de los bares del puerto, aunque a unos precios no del todo contenidos. Además, por carretera los dos pueblos no distan más de cuatro o cinco kilómetros.
Desde Mera, inicio del recorrido, podemos subir hasta su faro - su doble faro, en realidad, esencial para el tráfico marítimo de la zona - desde el que dominaremos la ría en su totalidad. Deshaciendo en parte lo andado, giramos a la izquierda para dirigirnos hacia la Punta do Seixo Branco, justo enfrente de la Torre de Hércules.
Por el camino, la ensenada de Canabal, si el día es soleado, nos ofrece colores cuasicaribeños. Salvo en los inevitables julio y agosto, un atardecer tomando el sol sobre sus rocas sin apenas compañía - o sólo con la que se quiera, según como se mire - y zambulléndose desde las mismas en el agua verde - pero absolutamente congelada - no tiene precio, que diría el anuncio.
Algo más adelante, ya en zona sin asfalto, la Punta do Seixo Branco, que en su día albergó una de las muchas baterías militares de costa de las rías gallegas. Desde aquí parten los senderos que transcurren al borde de los acantilados, lejos durante un buen rato de cualquier vestigio de civilización - salvo, claro, los paisajes urbanos omnipresentes en el horizonte, después del mar: A Coruña al oeste, el puerto exterior de Ferrol al norte -. Porque, en realidad, la Costa de Dexo es casi el portal del Golfo Ártabro, ese refugio natural que conforman las rías de A Coruña, Sada, Ares y Ferrol.
En el paseo por el entorno del Seixo Branco nos asaltan furnas - furiosas si lo están las olas -, gaviotas, araos, y hasta la herba de namorar. Y allí, traicioneramente separada de la costa - sólo de manera aparente -, A Marola, el islote que tantas vidas de marineros se ha cobrado. Lo sabe cualquiera de la zona: "Quen pasa A Marola, pasa a mar toda".

Finalizamos nuestro recorrido por esta vez en el Porto de Dexo, una mínima ensenada con apenas una escalera y un guindastre para manejar las precarias embarcaciones. Y el mar sigue sonriendo verde...
Pinchad en las fotos para verlas en el tamaño que merecen.
El ascensor panorámico del Monte de San Pedro
La Torre de Hércules desde el Monte de San Pedro

La playa, el istmo y la ría

Para hacerte una idea de lo que se puede contemplar, accede al mapa de Tagzania y aleja el zoom hasta que se represente entera la ría de Arousa. ¿Ya está? Pues lo que se ve desde A Curota es todo eso.
En primer término, a nuestros pies, A Pobra de Caramiñal y su activo puerto pesquero. Enfrente, en el centro de la ría, descansando como aplanada por el peso, la Illa de Arousa, con su cordón umbilical de dos kilómetros hacia Vilanova. Más a la derecha y al fondo, O Grove - dicen que la capital del marisco - y A Toxa.

De nuevo a este lado, hacia la desembocadura, Riveira, ya bulliciosa ciudad. Más allá, salvaguardando la ría de negras catástrofes, la isla de Sálvora.

Girando a nuestra izquieda, la finísima península de Cabo de Cruz desafiando al mar; más atrás, Rianxo, cuna de Castelao, Rafael Dieste o Manuel Antonio. En la orilla opuesta, Vilagarcía. En todas partes, las historias de la Ría.

Pero aquí no se acaba la cosa. A nuestras espaldas, las dunas de Corrubedo resisten, sorprendentemente, los embates del Atlántico y de su viento, igual que las costas del Son, sin Sálvora que las resguarde. Ese mismo viento que nos remueve el pelo y nos refresca la cara mientras miramos Galicia desde A Curota.
Viveiro es, en realidad, tres pueblos en uno, alrededor de la desembocadura del Landrove: el núcleo histórico, el Viveiro propiamente dicho; la zona moderna en torno a la concurrida playa de Covas; y Celeiro, el próspero puerto.
El casco histórico de Viveiro justifica un detenido paseo: la Praza Maior, con el Concello - y una más que discutible ampliación moderna -; las puertas en las murallas o el conjunto monumental de Santa Mª del Campo.
Del casco antiguo parte, precisamente, la carretera que conduce al Alto de San Roque. Desde el mirador y desde la ermita del mismo nombre contemplamos en primer término una vista de pájaro de Viveiro; más allá, a nuestra derecha, la desembocadura de la ría en el Cantábrico.
De nuevo en el pueblo, conviene dirigirse hacia el interior, para visitar el Souto da Retorta. Se trata de un frondoso bosque con una magnífica (¡manda carallo, nunca pensé que pudiera llegar a hablar bien de este árbol!) zona de eucaliptal tras apenas diez minutos de paseo. Dicen que son los más grandes de Europa: algunos pasan de los 70 metros de altura y O Avó (El Abuelo) tiene diez metros de pérímetro en la base.

Para la comida, dos alternativas. La barata, comer de picoteo en la nutrida oferta del Casco Vello viveirense. La cara - bastante - es ir al Nito, en la cercana - y magnífica - praia de Area. Nito sólo pone productos de la ría (salvo la carne, claro está): las almejas fritas, impresionantes (si no las mejores que he tomado, casi); el marisco, excelente; los pescados (lubina, sargo...), fresquísimos. Si hay presupuesto, probablemente es la opción.
Ascender los 650 metros del Pindo desde el pueblo del mismo nombre (entre Corcubión y Carnota, en la estribación sur de la coruñesa Costa da Morte) supone unas dos horas y media de ejercicio. Conviene iniciar el camino temprano, para evitar el sol que aprieta en verano.
A los pocos minutos, tras abandonar la arboleda inicial, comienza a mostrarse el paisaje. Primero, O Pindo y Ézaro. Más tarde, la mole rocosa de Finisterre cerrando la ría de Corcubión. Un rato después, casi a mitad de camino, el inmenso arenal de Carnota (ver en Tagzania). Seguidamente, hacia el interior, el gran embalse del Xallas y los omnipresentes molinos de viento.
[Paréntesis. En Galicia tenemos la naturaleza más hermosa, pero también una asombrosa capacidad para destrozarla. O Pindo lo ilustra de manera inmejorable. Además del deprimente paisaje interior, a escasos kilómetros, en Ézaro, se encuentra la única desembocadura de un río europeo en el mar formando una cascada: una de las presas (encoros) del río Xallas la ha hecho desaparecer. Podemos, eso sí, disfrutarla los domingos de verano de 12:00 a 14:00, período durante el cual, en su inmensa generosidad, Ferroatlántica tiene a bien abrir la compuerta del encoro. En el colmo de lo grotesco, nuestro longevo ex-presidente se permitió el lujo de ¡¡inaugurar la cascada!!. Cierro paréntesis]
Superado el trance, se sudan las últimas gotas para saludar las caprichosas formas del guerrero pétreo y llegar a la cumbre. Todo lo que se ha ido mostrando durante la subida se une en un espectáculo, de verdad, que manda carallo (en este contexto, "que manda carallo" podría traducirse por "que sublima los instintos", aproximadamente).
A golpe de bocata recuperamos las fuerzas para la bajada y, de nuevo en el pueblo, si el día lo permite no queda sino tonificar nuestro cuerpo con un chapuzón en el frío Atlántico. En la playa de San Pedro, en el propio O Pindo; mejor, en alguna parte de los 7 kilómetros de la playa salvaje de Carnota; o mejor todavía, en la de Louro, al pie del monte del mismo nombre, ya muy cerca de Muros.
Muros, villa y ambiente marineros, es el lugar ideal para hacer noche. La cena, en cualquiera de las adegas o tabernas de sus calles porticadas en piedra al borde del mar.
Al día siguiente, Pantagruel demanda más atención: pongamos rumbo a Fisterra o Finisterre, como se quiera. Si es verano, el plan es el siguiente. Llegamos a media mañana al faro y contemplamos el símbolo de la Costa da Morte tranquilo, en su descanso del estío. Después, retornamos unos kilómetros a la playa Langosteira. En el extremo más cercano a la villa, todavía entre la arena, está el Tira do Cordel. Reservamos una mesa - que nos darán para las cuatro -, nos tostamos entre chapuzón y chapuzón y, con el salitre en el cuerpo, las navajas (longueiróns, en gallego) y la lubina a la parrilla, recién sacadas del mar que bate a apenas unos metros, pondrán con el Albariño broche de oro a la excursión.
En invierno, prescindiremos necesariamente de los chapuzones, pero a cambio, si el tiempo acompaña - y aquí es al revés - podremos ver, entonces sí, la Costa da Morte. Con mayúsculas.
Hay dos puntos desde los que se puede observar sin barreras este paraje, con amplias perspectivas a ambos lados de la raia. El primero de ellos, tierra adentro, es el Monte Aloia, en las inmediaciones de Tui. El Monte Aloia, con más de 600 metros de altura, es una zona natural protegida que presenta una rica variedad de flora y fauna. Pero, sobre todo, domina ambos márgenes del Miño, permitiendo su contemplación en un amplio trecho; en primer término, una vista de pájaro de la fronteriza Tui; al fondo, a nuestra derecha, la desembocadura en el Atlántico. Merece la pena llegar con tiempo y recorrer sin prisas los diferentes senderos del parque.
Después, tras el descenso, un paseo por la otrora señorial Tui, que aún es sede de obispado y fue capital de provincia hasta mediados del XIX. Conserva un interesante casco histórico. Si nos apetece comer o cenar en Tui, podemos optar por O Cabalo Furado.
A escasa media hora en coche se en encuentra A Guarda, en pleno encuentro del Miño y el océano. Y desde A Guarda se puede ascender al Monte de Santa Tegra. La vista desde su cima supera a la del Aloia: además de estar justo encima de la desembocadura, permite optar por ésta y por la inmensidad del Atlántico.
En el monte no sólo encontramos la vista, ni mucho menos. El Castro de Santa Tegra es un excelente elemento para conocer cómo era la vida en los poblados gallegos antes y durante la ocupación romana (se estima que fue construido en la epoca de Augusto); en sus inmediaciones encontramos el Museo Arqueológico del castro.
Tras el descenso, es posible comer en los diversos restaurantes que ofrecen buen pescado y mejor marisco en A Guarda, tras un paseo por la villa marinera. Pero también se puede coger el coche y, en 20 minutos, llegar a Baredo, en las inmediaciones de Baiona, para tomar un magnífico pescado al horno (sargo, lubina) en Os da Ponte. Si esta es la elección, el café y el paseo para bajar la comida son obligatorios en la propia Baiona, que ofrece un magnífico parador sobre el mar.
Desde las islas Sisargas, enfrente a Malpica, donde arranca la Costa da Morte; hasta Cabo Prior, pasado Ferrol, hay alrededor de 100 Km por carretera: todo este espacio es el que se domina desde el muy ventoso Monte de San Pedro, con el Atlántico siempre protagonista.
La vista que ofrece sobre Coruña es la mejor que hay. La ciudad es una península unida a tierra por un estrechísimo istmo, pese al terreno ganado al mar, que separa la ensenada - con las playas de Orzán y Riazor - de la bahía - ocupada por el puerto -. La perspectiva desde San Pedro muestra en primer término los arenales y, a sus espaldas, lo que aparenta no ser más que un hilo de casas inmediatamente abrazado por el mar.
Más a nuestra izquierda, el promontorio sobre el que se asienta la torre de Hércules, perfectamente destacada sobre el fondo azul de la ría coruñesa y, más atrás, la de Ares y la entrada a la de Ferrol (el golfo ártabro).
El propio monte era, hasta las guerras de mediados de siglo, un emplazamiento militar; permanecen exhibidos los dos inmensos cañones de la batería de costa, con un alcance de varias decenas de kilómetros, que hacían casi inexpugnable la ciudad por mar; las instalaciones cuartelarias, parte de ellas subterráneas, serán próximamente un museo.
Además, nuestro visionario ex-alcalde lanzó dos proyectos a punto de concluir: un ascensor panorámico transparente, que trepa por la ladera del monte desde el paseo marítimo; y un restaurante en la zona con la mejor panorámica: si la comida está a la altura - nunca mejor dicho -, será un lugar a tener muy en cuenta.
Pero mientras no entre en funcionamiento, Pantagruel deberá bajar a la ciudad. Aunque merecerá un artículo monográfico, destaquemos ya O Bebedeiro (C/ Angel Rebollo) como su favorito coruñés.
ACTUALIZACIÓN (24.12.2006)
Abre el restaurante del Monte de San Pedro. Habrá que visitarlo en breve e informar.
ACTUALIZACIÓN (09.04.2007)
Galicia no sólo se puede mirar desde lo alto: ofrece innumerables lugares - a ras de mar o a pie de fervenza (catarata) - en los que contemplar magníficos panoramas. Uno de ellos es Cabo Home, en la Península do Morrazo, provincia de Pontevedra.
Tras superar el Cruceiro de Hío, desde el pueblo de Donón parte un camino de tierra - apto para coche, pero mucho más recomendable en bicicleta o andando - que se eleva unos escarpados metros sobre la Costa da Vela. La ruta desciende hacia el mar, internándose en un espeso pinar y llevándonos hasta el cabo.
La vista desde el faro es magnífica: las islas Cíes emergen a tiro de piedra; pareciera que se les puede alcanzar con la mano. Al atardecer de un día de sol - muchos en O Morrazo - el espectáculo alcanza su máximo esplendor. (Foto de J. Albertos, publicada en www.vigoenfotos.com)
Después de la vista - o antes; al atardecer, en cualquier caso - llega el baño en la praia de Melide, a un paseo del faro. Si es suficientemente tarde y estamos casi solos, con el pinar detrás, el faro y las Cíes a nuestra derecha, el deleite será pleno.
O Morrazo merece mucho más que esta excursión: al menos un par de días para disfrutar su costa y su gastronomía. Dormir en Aldán - la Casa de Aldán, magnífico ejemplo de restauración, de combinación de piedra y madera a partir de una antigua fábrica de salazones en pleno puerto -; bañarse en Barra, Liméns o Areabrava; comer o cenar en el Doade - mariscos o pescado de la ría, tras la empanada de centollo - o en O'Caranguexo - en Domaio, al inicio del Morrazo; justo sobre la ría, en una mínima playa, con mariscos incomparables-.
Esperemos que la autovía que ahora parte la península en dos no haga sucumbir su belleza a la "marbellización".
Interesa subir a Herbeira (Ver en Tagzania) en un día claro, para mirar todo el mar. Pero, especialmente, interesa subir a Herbeira en un día brumoso, que son casi todos. No deja de ser curioso cómo en Herbeira conviven la niebla y el fuerte viento. Con las ventanillas del coche abiertas, aunque pele el frío, los jirones de espesa brétema lo atraviesan de lado a lado; los caballos salvajes pastan impertérritos mientras avanzamos a veinte por hora; el zumbido fantasmal e incansable de los molinos de viento enmudece el ruido de nuestro motor. Don Quijote no vivió en Galicia; pero si lo hubiera hecho, los molinos de Herbeira habrían sido sus enemigos, apenas vislumbrados por Sancho entre la espesura.
Camino de Herbeira, desde Cedeira, está San Andrés de Teixido: vai de morto quen non vai de vivo, según la tradición gallega. Ofrece una fantástica perspectiva sobre los acantilados, así como un cierto toque mágico (habelas, hainas) para quien no es ni muy exigente ni muy escéptico.
¿Y cómo lleva Pantagruel todo esto? Puede llevarlo de maravilla. Los percebes de Cedeira compiten con los del Roncudo, en Corme, por ser los mejores de Galicia, lo que es decir que son los mejores del mundo. En el Náutico o, ya entrando en el puerto, en el Badulaque, se puede comprobar.
Si el bolsillo de Pantagruel anda flojo, cerquita del náutico está el Kilowatio. Disfrutemos, de pie en el exterior, del marraxo, acompañado de una o varias copas de Ribeiro.
Después de comer, antes de un café, vayamos a la subasta en la lonja. No es lo mismo que antaño - maldita tecnología -, pero sigue habiendo que amarrar fuerte a Pantagruel ante tamaña vista, casi como la de Herbeira.























