Mar, minimalismo y excelente técnica podría ser el resumen del largo degustación que tomamos. Una sucesión de platos con preparaciones sencillas – y por ello muy complejas – que una vez tras otra cedían el protagonismo al producto, a su sabor, a su textura. (Una vez escrito lo anterior, me encuentro la siguiente descripción del menú gourmet en la web del restaurante: “el menú del producto y la técnica […] por encima de todo producto y la técnica a su servicio […] y, como es mi costumbre, sobre todo mar”. Está claro que Pepe Solla es capaz de transmitir sus ideas al comensal con nitidez).
Arrancamos con unos divertimentos a modo de aperitivo: variaciones de pan con aceite, un mojito helado, deliciosas cebollas encurtidas; luego, el toque oriental con el cebiche de pez mantequilla y nori y el niguiri crujiente de cabracho; para cerrar, de vuelta a Galicia con la croqueta cremosa de mejillón, muy similar a la de gambas de nuestra última visita, quizás lo menos destacado de todo lo que tomamos.
Aparecen los primeros y el nivel se eleva. La navaja y trigueros con fondo cítrico recrea un juego habitual en Casa Solla, que antecede a la sorpresa del día: ¡mújel! marinado con tomate y guacamole. Sí, mújel, pescado en las rocas de la ría, no en el puerto, claro. Y estaba delicioso, suavidad pura: ¡quién lo diría! Después llegó el primer pódium de la tarde, una boloñesa de calamar, en la que el cefalópodo jugaba el rol de tallarín para un equilibrio excelente.
Seguimos con un homenaje a la patata gallega, presentada en cuatro pequeños bocados que dan buena fé de la versatilidad de un producto de la tierra al que quizás no le damos la importancia que tiene, dejándola en un segundo plano, siempre de acompañante. Y más homenajes, esta vez a los cincuenta años del restaurante, con una actualización de la tradicional tortilla de camarones, que presenta aparte las cabezas tostadas y crujientes de los bichillos.
Y continúa el crescendo cuando llegamos a los principales, que arrancan con los otros dos podiums. A la perfección habitual en la preparación de la merluza, se une en esta ocasión una guarnición de lujo: los excepcionales guisantes lágrima (el caviar vegetal, merecedor de su nombre), pil pil de sus vainas y jugo de jamón. Un mar y tierra de libro al que sigue otro del mismo nivel: bogavante, espinacas, garbanzos y su caldo. Rematamos el salado con un sutil tartar de solomillo, presentado en tres bocados con tres panes, tres hojas y tres mostazas.
El queso del país con los dulces (membrillo y mermelada de kiwi) sirve de antesala a los postres. Una particular piña colada retoma el juego que abría el mojito al inicio del menú. Luego, un after eight en blanco y cierra – de nuevo el crescendo – la torrija al caramelo. Aún quedaban los chocolates que acompañaron al café.
Mención especial merecen los vinos con los que acompañamos toda la comida. Como éramos seis, pudimos probar varias botellas que Pepe iba trayendo a medida que avanzábamos con los platos. Empezamos con champán, un André Clouet Grand Cru, que dio paso a un Riesling de gran nivel: Fritz Haag GC 08. El blanco gallego demostró lo bien que pueden envejecer los albariños cuando están bien hechos; no había más que mirar el intenso dorado oscuro del Contraaparede 2005 para saber que iba a estar estupendo. Para acabar los blancos, un chardonnay de Borgoña, Chablis 2007 de Jean-Claude Bessin. A la altura del bogavante llegó la estrella de la tarde, que venía de bien cerca: de Monterrei, el excelso Sousón 2007 de Quinta da Muradella, del maestro José Luis Mateo. En los postres, nos volvimos a la riesling: Burklin Wolf Rechbachel, vendimia tardía del 98, un lujito para rematar.
En fin, a estas alturas de la película creo que es innecesaria una conclusión, ¿verdad?
El precio del menú degustación largo en Casa Solla es de 85 euros.
[Casa Solla / Avda. Sineiro 7, Poio (Pontevedra) / 986.872884 / Ubicación]
Como aperitivos, para ir abriendo boca, unas pipas de girasol y calabaza y una degustación de dos aceites de arbequina. Excelente el Hacienda Ortigosa, sorprendentemente (al menos para mí) cultivado en Navarra. Un pan cortado más fino habría permitido saborear más los aceites.
Entramos ya en materia con unas anchoas del Cantábrico feitas na casa con queso de tetilla, que poco o nada tienen que envidiar a las que preparan por aquellas tierras. Después, un foie - también feito na casa - con compota de mango y reducción atemperada de Módena. A gran altura las salsas - conocéis mi debilidad por la reducción de Módena -, aunque al foie le faltaba algo para redondear el plato; o quizás fuera la necesidad de que alguno de los elementos aportara un toque más intenso, ácido tal vez, para darle más profundidad al resultado.
El apartado marino se abre con una brocheta de vieira en sopa de mar. La vieira está en su punto y la sopa sí traslada un sabor a ría, gracias a que para su elaboración se emplean, entre otras cosas... y aquí es cuando me falla la memoria. Erizos, algas, incluso anémonas; desde luego, nos lo explicaron en el momento de traer el plato a la mesa. Estoy hecho un desastre.
Y llegó el momentazo de la comida. Peixe da ría segundo mercado reza el menú, sin más. Estábamos dudando entre la merluza y el rape, pero tan intensa fue la recomendación de rodaballo que nos dejamos llevar. Y vaya acierto. El fantástico sabor del pez y el perfectísimo punto en el que fue servido formaron una combinación inapelable. Tanto, que no me quedó más remedio que, una vez terminada la comida, entablar conversación con Roberto, el cocinero, para que me explicara cómo había llegado a aquello. Descontado el mérito otorgable al propio bicho, la técnica consiste en combinar muy baja temperatura y escaso tiempo de cocción - me ahorro los datos, porque no sé si estaría revelando algún secreto profesional - con un final a la plancha. Soberbio.
Rematan los salados con un correcto solomillo de buey, necesariamente oscurecido por su marino antecesor.
Los postres arrancan con una cuchara de requeixo de As Neves con miel, para continuar con una fresca crema de jengibre, confitura de fresas y espuma de cítricos. Rematamos con sabores y texturas de chocolate, un juego de brownie y bizcocho con ambos chocolates blanco y negro que es, por aclamación popular, un clásico del restaurante.
Acompañamos el menú con una botella de Albariño do Ferreiro, además de una copa de mencía - Guímaro - para acompañar la carne. Cerramos con unos cafés y un rato de charla: tras una buena comida, lo acogedor del local y de su gente invita a hacerlo.
El menú degustación del Eirado da Leña cuesta 38 euros. Con el vino, agua, pan, cafés y demás, la cuenta se fue a cincuenta euros por cabeza. Una relación calidad/precio más que razonable.
[Eirado da Leña / Praza da Leña, 3 - 986.860225 / Ubicación]
El menú se abría con cuatro aperitivos - gin-tonic (¡qué bien!, pensamos, empezamos como terminaremos), paté de anchoa con pan de aceituna, capuchino de grelos y jamón, y patatas y pulpo (una variante con puré sobre el plato tradicional) - que, por variedad y sabor, fueron un buen preludio de lo que iba a ser la tarde. De la magnífica carta de vinos, escogimos para arrancar un Leirana A Escusa 2008, notabilísimo albariño.
Tras los aperitivos, y antes de comenzar con los entrantes, nos sirven un té de vieira - infusión del coral de la vieira -, que a pequeños sorbos actúa como hilo conductor de los diferentes platos que vamos degustando.
El primer plato propiamente dicho fue ya un subidón: la navaja lima-limón, tersura y acidez, contraste tan del gusto de la casa. Excelente. Más de veinticuatro horas después, la Sra Foucellas sigue saboreándolo.
Siguieron el cala-mar-ensalada (que, como apuntaba Makeijan, se podría tomar mejor con palillos, ya que orientales estamos), la croqueta cream de gambas (croqueta desparramada, en realidad: la bechamel que se toma con cuchara y oculta el marisco apenas cocinado) y el dim-sum de centolla (éste sí, compuesto tras el reciente viaje al Este).
Los segundos marcan una nueva etapa, un salto de nivel. El tremendo golpe de sabor, intensidad pura, del revuelto de boletus y trufa da paso al mero con cebolleta, aceite negro y cous-cous de millo. Nada más voy a añadir sobre mi parecer acerca de los platos de pescado en este restaurante: simplemente perfectos.
Para rematar los salados, a estas alturas ya con un Ribeiro - A Torna dos Pasás Escolma 2005, de uvas caíño y brancellao -, una perdiz a la cazadora en dos cocciones. Viene servida con ese sutil punto tan poco hecho que a mí me subyuga, más logrado en la pechuga que en las otras piezas, aunque comprendo que no es para todos los públicos.
Los postres los inaugura otro clásico: el ya famoso carro de queso del país, de tan cremoso casi derretido, que el propio Solla sirve, acompañado de membrillo y compota de manzana. Después, tartita de manzana y canela; y una original y estimulante barrita de plátano macerada en queimada, con chocolate y leche. Los tomamos con un vino dulce francés que escoge el cocinero, estupendo y con un toque de manzana que rescata de nuestra memoria olfativa la sidra de postre que probamos hace unos meses en Casa Gerardo.
Para culminar una fantástica velada, cafetillo y sobremesa con gin-tonic en ristre (Blackwood's con Fever Tree el mío), para una larga y agradable charla con Pepe Solla, un tío que te hace sentir como en tu propia casa cuando comes en su restaurante.
El menú degustación de Casa Solla tiene un precio de algo menos de 73 euros, bebidas aparte. Existe un menú más breve por un poco más de 52 euros.
[Anteriores visitas al restaurante: julio de 2008 / II Xantanza]
[Casa Solla / Avda. Sineiro 7, Poio, Pontevedra / 986.872884 / Ubicación]
Eramos cuatro para comer y nos decantamos, cómo no, por el menú degustación. Cuatro primeros, dos segundos y tres postres para dos horas y media largas de placer para el paladar. Os cuento.
Para empezar, tras los aperitivos, ostra con manzana y escabeche al instante: puro sabor a mar matizado por la compota y el ya famoso escabeche de Solla. Después, tartar de bogavante, el cual, pese a su sugerente nombre, fue el plato que menos nos dijo. La sardina sobre praliné de frutos secos fue un firme paso adelante: piel brillante, carne sabrosa, en buena armonía de sabores modestos con el praliné. Para terminar, la especial interpretación que Solla da al huevo a la provenzal: la yema, aparte, envuelta en el pan desmigado; el tomate, asado, le acompaña desde la distancia.
Los segundos, con todo, fueron de largo lo más brillante de la comida. En primer lugar, corvina con puré de berenjena y jugo de verduras asadas. Absolutamente espectacular. El pescado, similar a la lubina, se sirve sobre el sutil puré de berenjena; sobre ambos, ya en la mesa, se sirve el caldo de verduras. No tengo palabras: la corvina estaba, como siempre, exactamente en su punto; el contrapunto del sabor intenso del jugo y el fondo del puré completaban un plato grandioso.
Y no menos grandiosa fue la pechuga de capón macerada con soja y cocción unilateral. La pechuga, marinada, se marca en la plancha únicamente por el lado de la piel, de modo que el opuesto aparenta crudo. Pero no lo está: al contrario, es agudo el sabor de una carne en origen más bien sosa. Se acompaña con una salsa pepitoria tal vez revisada (según el propio autor) y una espuma de cebada.
Ante tal despliegue, los postres pasaron algo desapercibidos, salvo el primero. Un queso del país cremoso, que el propio Solla sirve desde el carro en que lo trae a la mesa, acompañado de membrillo y compota de manzana. La frambuesa y el té: gominola de frambuesa con helado de té y espuma de coco. Y, finalmente, el choco-cherry, o combinación de chocolates en diferentes texturas acompañados de cerezas... con sorpresa.
Los petit fours y el café pusieron punto final a tanta intensidad. Pero, cuidado, que nos queda el capítulo de vinos. Aconsejados por Solla, nos tomamos un A Torna dos Pasás Escolma (creo que 2002). Sólo había tomado una vez A Torna dos Pasás, y no me había terminado de convencer; pero esta escolma (selección, en gallego) es absolutamente soberbio, capaz incluso de convencer a una acérrima del Rioja. Y como dulce, para los postres, repetimos el Oporto Brunheda Vintage 2000 que ya disfrutáramos en la Xantanza.
El menú degustación en Casa Solla cuesta 64 €, IVA y bebidas aparte (existe también un menú express por 49 € más IVA y bebidas). Si a alguien le parece caro, que vaya a probarlo y luego me diga si se lo sigue pareciendo.
Si estás ávido de detalle por lo que pasó y comimos hace ya casi dos semanas y todavía no has leido los posts de los restantes blogastrónomos, aquí tienes los enlaces:
Por mi parte, me daré a contar el guión - ya casi un clásico - de cualquier xantanza que se precie a través de algunas fotos (por aquello de ahorar miles de palabras).Primera escena: el cocinero tímido. La víctima del día acude a saludar al grupo y huye raudo a refugiarse en su guarida, entre pucheros y biberones, para afrontar el trabajo que se le viene encima.
Segunda escena: afilando las armas. Un buen vino en la mesa y los objetivos dispuestos a captar cualquier cosa relevante (o no relevante) que acontezca. Nunca croqueta alguna ha sido tan fotografiada.
Tercera escena: el desfile de las viandas. Bastante han hablado los blogastrónomos sobre el resultado. Yo me quedo con la sencillez del aperitivo de queso y miel; por llevar la contraria, con las croquetas de bacalao; con la excelente merluza con grelos y sopa de cebolla - lo mejor del menú -; y con ambos postres: el queso con helado de membrillo y las "torradas" al horno con helado de vainilla. Mención aparte merece el vino: muy bien el Zárate Tras da Viña con pescados y mariscos; fantástico el Algueira Barrica, mencía de la Ribeira Sacra; y me uno al coro de sorprendidos y alucinados por el Moscato de Ochoa frizzante para los postres.

Cuarta escena: las reacciones. Un psicólogo sería feliz en una xantanza, incluso sin probar bocado: simplemente observando las reacciones de los blogastrónomos a la sucesión de platos. Están los que atienden a las explicaciones de cocineros y compañeros de mesa; están los que piensan "Cagontó, qué pinta tiene esto"; y están los que agitan sus manos sobrepasados por el trabajo que se acumula entre los cubiertos.
Cuarta escena (bis). Aunque, para cada plato, la reacción más numerosa era ésta. Los profesionales somos los profesionales.
Quinta escena: bien está lo que bien acaba. El momento más relajado de las xantanzas, el más agradable. Con el estómago saciado, el verdadero protagonista - en esta ocasión el joven Pablo Romero - se une a nosotros, se sienta y pasa a ser el centro de atención. Se sirve algo de vino en su copa, rompe la timidez y se echa a hablar. De los años de estudio para letrado. Del restaurante familiar en la costa años atrás. De los difíciles inicios. De lo duro del trabajo. Y de lo gratificante que (imagino) debe resultar que quince tíos se junten desde diferentes lugares para degustar el resultado de tu esfuerzo (y que luego lo cuenten en Internet).








