Valparaíso fue el principal puerto del Pacífico a principios del XIX. Ese hecho, junto a su peculiarísima geografía – una bahía acordonada por 42 cerros, por los que trepan desordenadas, caóticas, ansiosas por llegar a la cumbre miles de pequeñas casas de vivos colores – conforman un entorno urbano poco menos que imposible de describir con palabras o fotos.
El Barrio Puerto, al pie del Cerro Artillería, es el mejor reflejo del ambiente portuario que se respira por toda la ciudad, bulliciosa y concurrida. Ambiente que se torna en cosmopolitismo una vez que se asciende a los cerros – al Alegre, al Concepción – y se pasea por calles con nombres italianos, alemanes, ingleses: el paseo Gervasoni, el paseo Atkinson, el paseo Dimalow, el palacio Baburizza, el pasaje Bavestrello. En segundos se pasa de una recoleta plaza con aires art noveau a contemplar casas de madera con inclinados tejados que te trasladan al centro de Europa.
Pero, con todo, lo más significado de Valparaíso son sus colores. En especial, los colores de las casas. Intensos, brillantes, vivos. De cerca, llenan la mirada reflejando el sol del mediodía. A lo lejos, desde el mar, forman un cuadro impresionista al desperdigarse cerro arriba, en un desorden armonioso.
Visitaré unas cuantas veces más Valparaíso. Para disfrutar de su ambiente, de sus colores, de su arte callejero. De su deliciosa decrepitud.
La primera parada, a media mañana, fue la inmensa soledad de la Praia de Morouzos, en Ortigueira. La niebla que protagonizaría la tarde bajaba ya por Ortegal, pero los aguillóns todavía permanecían visibles a lo lejos. Tras pasear un buen rato por el desierto arenal, tomamos rumbo a O Barqueiro. Me encantan las casas colgadas de la ladera, como protegiendo el diminuto puerto. La terraza de O’Forno es un buen lugar para tomar un aperitivo o comer mientras se contempla el pueblo y la ría, con O Vicedo al fondo: berberechos, bonito en rollo, navajas y vino.
Desde O Barqueiro parte un camino que pasa por la estación de FEVE, conduce a los tres puentes que sobrevuelan hermanados el Sor y termina en la Praia de Arealonga. Con la marea baja, es posible adentrarse en las cuevas que el Cantábrico ha ido excavando con la paciencia de los siglos. Algo así como la hermana pequeña de As Catedrais.
La niebla casi nos impedía divisar O Barqueiro, del otro lado de la ría. La misma niebla que nos negaba el disfrute de la espléndida playa del puerto de Bares, apenas a un par de kilómetros del faro de la Estaca. Y que, más pena todavía, nos privó de la indescriptible vista que brinda el Semáforo de Bares, el hotel en el que nos alojamos, dominador desde lo alto de la ría de O Barqueiro. Alojamiento recomendable por lo privilegiado de su ubicación y por el buen trato que recibe el visitante; no conozco la suite (íbamos con los pantagrueliños), pero por las fotos de la web alojarse en ella debe de ser una experiencia de lo más gratificante.
El día siguiente amaneció un poquito más claro, pero no demasiado. Sí lo suficiente como para fotografiar la panorámica desde el hotel y como para subir a la Garita do Facho – sin indicaciones en la carretera: hay que tomar el primer desvío a la derecha tras pasar la villa de Bares – mirador inmejorable sobre la Estaca… cuando no hay niebla.
Más suerte tuvimos en nuestro descenso hacia la costa de Loiba, la estrella de la excursión. Desde la carretera general, apenas tres kilómetros hay de distancia a la espectacular playa de Picón: no sé si es preferible disfrutarla casi desierta en verano o contemplarla con el mar cabreado en invierno o primavera. Siguiendo el sendero que parte de la playa, se pueden contemplar los acantilados de Loiba, la Pena Furada y el mejor banco del mundo.
El mejor banco del mundo hay que ir a verlo. No lo dudéis. Ni por un minuto. Apenas a un par de metros del acantilado, está orientado para contemplar, mirando al infinito, el espectáculo de los aguillóns de Ortegal; y, girando la cabeza a la izquierda, la costa de Loiba con la Pena Furada en primer término. Ninguna foto puede hacer justicia a este lugar.
Pero el estómago no vive del paisaje. Nos acercamos a Espasante y comimos en el Orillamar, junto al ventanal que muestra la oleada Praia de San Antón. Almejas, sargo, lubina, fresquitos de esa misma noche. Y para bajar la comida, paseo caminando hasta la Garita de Vela, otro fantástico mirador sobre su majestad Ortegal.
La niebla acudió de nuevo para fastidiarnos la excursión de la tarde. Serpenteamos cuesta arriba por la Serra da Capelada, con el fin de sobrevolar, primero, Ortigueira desde el Mirador da Miranda y, después, el Atlántico desde la Garita de Herbeira. Para compensar, y al ver que llegando a Cedeira el sol ganaba la batalla, nos acercamos al faro de Punta Candieira, que tampoco es mala cosa.
Si no lo conocéis, acercaos a Ortegal. Y si lo conocéis, ¡repetid!
En el corazón de la ciudad, a pocos pasos de La Chascona de Neruda, el bullicioso barrio de Bellavista alberga el punto de partida del funicular que remonta el cerro de San Cristóbal. Desde lo alto, mirando al poniente, los altos edificios de la comuna de Las Condes - Sanhattan - se recortan contra el horizonte pardo y blanco. En primer término, la torre del Costanera Center - todavía inconclusa: será el mayor rascacielos de Sudamérica, con 300 metros de altura y 70 plantas - empequeñece el resto del skyline santiaguino.
Una vista que merece la pena disfrutar.
Pazos de Arenteiro [ubicación] es una piedra preciosa todavía sin pulir para el turismo, escribía Pedro Retamar en El País en 2003. Su artículo tiene plena vigencia casi diez años después. Fachadas blasonadas, pazos señoriales devorados por la vegetación, casas hidalgas medio derruidas pero que resisten orgullosamente, la románica iglesia de San Salvador del XII-XIII.
Uno de esos pazos, el Pazo da Encomenda, es hoy una hospedería rural, tras la rehabilitación de César Portela que no creo que deje indiferente a nadie. No obstante, sus espacios comunes son extraordinarios: esa inmensa lareira que se eleva toda la altura de la casa, la pétrea terraza para un desayuno sobre los tejados y los viñedos; o, mejor, para contemplar las estrellas en un cielo que, lejos de todas partes, se observa cristalino.
Pero la piedra del Arenteiro no sólo está presente en las monumentales edificaciones del pueblo. A pocos metros de la iglesia arranca un precioso sendero fluvial que nos lleva, río arriba, hasta el pozo dos fumes, en el que el agua demuestra su fuerza; y río abajo hasta a Ponte da Cruz, parcialmente derruido por los guerrilleiros do Avia durante la guerra de la Independencia.
El contorno del río está sembrado de piedras talladas. Los maestros canteiros que trabajaban en los pazos de los nobles, sujetos a rígidas normas, dejaban rienda suelta a su imaginación en la naturaleza, dotando al entorno de una misteriosa aura mágica. (Aunque el origen de las tallas es más prosaico, yo prefiero quedarme con esta historia).
Descubrí Pazos de Arenteiro en ese fantástico fin de semana de febrero en el que los blogastrónomos celebraron mi partida, tras un pantagruélico - no podía ser menos - cocido en el Ateneo de Piñor. Hoy os puedo decir que pocos planes mejores se me ocurren para un fin de semana de primavera.
Y ojo, porque no todo acaba aquí. Aún nos quedó tiempo para una visita guiada al Castro de San Cibrao de Lás. Pero esa será otra historia...


