El Davanzati no es un hotel lujoso, desde luego. Pero tiene dos puntos muy fuertes a favor. El primero, la ubicación; lo podéis ver en el mapa de abajo: a apenas unos pasos de las piazzas de la Signoria y de la Republica; sólo a algunos más del Duomo y del Ponte Vecchio. Inmejorable.
Y el segundo, que Fabrizio, Tomasso y demás familia se esmeran para que la estancia sea lo más agradable posible. En las habitaciones hay portátil con conexión a Internet e incluso un inhibidor de ruido por si hay juerga en la calle (no tuvimos que usarlo). En la recepción los propios hermanos están al quite para recomendarte un paseo o para reservarte la entrada a un museo o una buena mesa en un restaurante. A las 19:30, la pequeña sala del desayuno se convierte en un improvisado pub para la happy hour: se apagan las luces, se encienden las velas, suena una música discutible y, a la salud de la casa, un blanco espumoso y un tinto de la tierra acompañan al pan tostado con picante salsa de pomodoro receta de la familia. Las parejas que ocupábamos las habitaciones, de diversas edades y nacionalidades, bajábamos recién duchaditos y con nuestras mejores galas, descansados después de un día de turismo, para tomar un par de copichuelas antes de salir a cenar.
Por lo demás, las habitaciones (al menos la nuestra), son pequeñas pero correctas. El desayuno, mejorable. Y el precio, bastante razonable para lo que es Florencia: en febrero, nos salió a 112 euros (pagando en efectivo) por noche, parking aparte.
Debo decir, para ser justo, que la primera impresión casi nos metió miedo. Llegamos a eso de las tres de la mañana, después de conducir desde Roma. Al hotel se accede después de subir unas estrechas y empinadas escaleras, que dan a un ascensor con un escueto cartel: "Davanzati". El ascensor sube un piso y, por fin, se abre ante la recepción. Pero fue sólo una primera impresión.
Me impresionó por su maravilloso estado de conservación, impecable en todos los sentidos.

Me fascinó pasear por la noche por sus desiertas calles. Siena se extiende como en tres hélices desde la Piazza del Campo. Las calles, casi en permanente curva, no son estrechas pero tampoco demasiado anchas; las casas son altas: cuatro o cinco plantas que ayudan al resonar, al eco del golpeo de los zapatos contra el suelo empedrado; las escasas farolas en las paredes parecen de gas. Pasear por la noche por las desiertas calles de Siena es retroceder muchos siglos con la imaginación.
Me hipnotizaron, también, las fachadas ocre apiñadas en las colinas reflejando el sol del atardecer.

Pero, por encima de todo, me cautivó la Piazza del Campo. No voy a comete el error de fracasar estrepitosamente intentando describirla. Tan solo os dejo unas fotos y os digo que, si nunca habéis estado en Siena, no dejéis de aprovechar la primera oportunidad que se os presente.
Trattoria al Trebbio (Florencia) [ubicación]. Nos lo recomendó Fabrizio, el propietario del Hotel Davanzati, cuando le preguntamos dónde podíamos tomar una buena bistecca alla fiorentina. Y no se equivocó, desde luego: ¡vaya ejemplar de bistecca hecha al sangue que nos metimos entre pecho y espalda!. Previendo la que se nos venía encima, antes compartimos un carpaccio de salmón verdaderamente rico. Un Chianti Classico (Colle Bereto 2003) y postres poco memorables remataron la comida en este local típico, estrecho, con mesas más mesas arracimadas de las que sería razonable. Pagamos 97 euros los dos.
Trattoria La Grotta (Cortona) [ubicación]. Escondida en una callejuela sin salida que nace en plena Piazza della República, recibe su nombre - supongo - por los techos abovedados de ladrillo visto que cubren dos de sus comedores. Los crostini y las bruschettas, servidos en sendos surtidos, alternan la preparación simple a base de materia prima de la zona - un delicioso queso pecorino, por ejemplo - con combinados picantes a partir del omnipresente tomate; en ambos casos, con muy satisfactorio resultado. Y qué decir de los tagliolini al tartufo, pasta casera regada con trufa negra en plena época. De los postres, recuerdo el zuccotto toscano, una especia de mousse de crema con chocolate y almendras. Pagamos - dos entrantes, dos principales, dos postres y vino de la casa - unos sorprendentes cuarenta euros en total.
Osteria Le Logge (Siena) [ubicación]. Íbamos advertidos acerca de Le Logge, así que nos lo dejamos para la última noche, para culminar el último paseo por la vecina Piazza del Campo. Incluso un martes de febrero el local estaba a rebosar: como no habíamos reservado, no pudimos comer en el curioso comedor principal de la planta baja, junto a la cocina acristalada - la actividad de los cocineros a la vista de todos, en la calle -. La carta de la Osteria, redactada a mano, es espectacular y variada. Compartimos de primero unas anchoas frescas sobre patatas cocidas, con salsa de aceite, ajo y perejil y su crujiente. Para los principales, una pasta casera (bigoli), con salchicha fresca y berenjena; un solomillo a la plancha con salsa de cebolla y salvia. De la interminable carta de vinos, aceptamos la recomendación de un Castell'in Villa 2004, Chianti Classico efectivamente muy recomendable. Para los postres, unas cañas de mascarpone con helado de café y toffee de Baileys y un flan de chocolate con helado al Pepe Sechuan, acompañados por los vinos dulces que la carta recomienda para cada uno de ellos - magnífico el Mola Aleatico dell'Elba 2006 -. Estupenda cena por 60 euros por cabeza.
Y, como propina, para el amante de lo pintoresco, en la propia Siena, no mucho más lejos de la Piazza del Campo, el Buena Vista Social Club [ubicación], un garito de pretensiones cubanas y con mucho y buen blues, en el que tomé el combinado más picante - pero aún así rico - de mi vida.
No obstante, en el Campo dei Miracoli - es como más me gusta a mí - hay más belleza que la obvia; mucho más que la torre inclinada o que el magnífico conjunto arquitectónico. Por ejemplo, el camposanto monumental del siglo XIII, último de los edificios de la plaza en levantarse: de la escultura y la pintura que alberga, os dejo un par de imágenes; de las sensaciones que traslada, no puedo.
Y no sólo la vista disfruta en el Campo dei Miracoli. Si tenéis curiosidad suficiente para dedicarle algunos minutos al baptisterio, puede que la suerte te asalte y tengáis la posibilidad de asistir a una demostración de su excelente acústica. El vídeo no le hace, para nada, justicia a la realidad.
Vaya, que entre las hordas de japoneses y no tan japoneses que golpean con sus flashes a la pobre torre, sigue siendo una delicia disfrutar de la espectacularidad obvia - y de la no tan obvia - del campo de los milagros de Pisa.
Con calma, entre locales y turistas, transcurre el paseo por la Lucca histórica: la Piazza San Michele, con la extraordinaria iglesia del mismo nombre; la vecina Piazza Napoleón, en recuerdo - no sé si en honor - de quien la conquistara en 1805; la catedral de San Martino; la Torre Guinigi, que ofrece una vista de pájaro de la ciudad a la sombra de las encinas que la coronan; la comercial vía Filungo; el jardín del Palazzo Pfanner.
Y, por supuesto, la plaza del anfiteatro, verdadera joya de la ciudad. Elípitica, edificada sobre lo que algún día fue el anfiteatro de Lucca, su personalidad la marcan las casas de trazado irregular, las fachadas de pálido amarillo, las contras de verde intenso, la ropa colgada en sus ventanas.
Cuando, tras la visita, cruzas alguna de las puertas de la muralla hacia el exterior, un estruendo te devuelve al siglo XXI.
En este viaje a Toscana, gracias al horario italiano - igual que el español - anochecía antes de las seis, así que era más o menos fácil programarse. Uno de los días nos encontramos el atardecer en Castiglione del Lago, pequeño pueblo - ya de la vecina Umbría - que ocupa una diminuta península colgada sobre el Lago Trasimeno. Con el sol ya escondiéndose, Castiglione nos recibió con esta postal.
[Debo decir que me llevé una pequeña decepción al ver en la bolsa de los regalos que había al menos una docena de tiendas Bartolucci en toda Italia. Y ahora, al escribir este post, veo que hasta tienen web, tienda online y establecimiento en Madrid. Pero la media hora de disfrute, de volver a tener seis años, no me la quita nadie]
Ante el perfil de la ciudad, necesariamente uno se traslada mil años atrás: San Gimignano era parada obligada en la Vía Francigena, camino de peregrinación desde Canterbury a Roma. Me imagino la impresión de los peregrinos ante la primera imagen de la ciudad: en el duecento llegaron a contarse 72 torres - hoy permanecen catorce -, símbolo del esplendor económico de San Gimignano, de la riqueza de sus gremios, de la ostentación de sus nobles.
La Piazza del Duomo alberga los edificios institucionales - el propio duomo, también el palazzo comunale -, pero el verdadero centro vital de San Gimignano es la triangular Piazza della Cisterna, así llamada por el pozo que hay en su centro. Un café en alguna de sus terrazas es obligatorio; o, mejor, un helado en la que, dicen, es la mejor heladería del mundo. No pudimos comprobarlo - cerrada por reformas - pero sí que su competencia en la propia plaza está a un excelente nivel.
Finalmente, hay que subir a alguna de sus torres para contemplar la ciudad a vista de pájaro. La Torre Grossa, la del ayuntamiento, está abierta al público. Desde lo alto, no sólo se dominan los rojos tejados y las callejuelas repletas de comercios a la pesca del turista. También la vasta extensión sobre la que, algún día, reinaban las torres de San Gimignano. Si es que han dejado de hacerlo.
Monteriggioni parece un pueblo de juguete: casi circular - no mucho más de 100 metros de diámetro -, rodeado íntegramente por su muralla con una docena larga de torres, dos puertas en extremos opuestos y apenas un puñado de casas en su interior. Permanece, además, casi intacto desde que se erigió en el siglo XIII. En una fría mañana de febrero, todavía temprano, nuestros pasos y algún pájaro lejano es lo único que se oye: un placer.


Viajar fuera de temporada también tiene algún inconveniente: el camino que recorre la parte alta de la muralla estaba cerrado al público; nos tuvimos que quedar, pues, sin panorama del borgo. Pero como es la imagen aérea la que mejor permite hacerse una idea de cómo es Monteriggioni, os dejo aquí una vista tomada del sitio oficial del Comune de Monteriggioni.
Llegamos al castillo - apenas a 3 Km de Siena - antes de lo previsto, a eso de la una de la tarde. La vista desde la carretera - la podéis ver a la izquierda, en una foto que le tomo prestada a Nicola de su web - es estupenda, y la sensación de "¡qué acierto!" se acentúa cuando entras con el coche por el camino de tierra que se acerca al edificio entre olivos y cipreses.
La entrada fue como de película. El golpeo de la aldaba de forja sobre la enorme puerta de madera; el agudo chirrido de los goznes al empujar; el gato negro que emerge de la oscuridad; el patio interior abierto al cielo y la empinada escalera hacia el interior. Y nadie...
En realidad, la gestión del castillo me recuerda a la de muchas casas rurales gallegas: eminentemente familiar e informal. Casualmente, la mamma de Nicola, que vive en el castillo, estaba allí para guiarnos hasta la habitación y darnos unas llaves, al tiempo que nos presentaba a los gatos persas con los que convivimos esos cuatro días.
El castillo, además de un apartamento independiente, tiene dos habitaciones para huéspedes a las que se accede desde el salón en el que la familia descansa ante la tele y la chimenea. Nosotros reservamos la Camera Blu: muy espaciosa, con techos de madera y un cuarto de baño gigante con unas vistas extasiantes de Siena. La Camera della Torre es más espectacular - en dos niveles -, pero menos espaciosa y más incómoda.
Nicola, el artífice de que el Castello esté abierto al público, es muy tímido y habla poco inglés, así que, mitad español, mitad italiano, charlábamos con él por las mañanas y alguna noche, antes de salir para Siena. Nicola nos servía el desayuno - café recién hecho, croissants, pan y mermeladas caseras: de higos, de naranja amarga, de algo parecido a albaricoques - en el pequeño comedor con ventanales sobre las Crete Senesi a la hora que le decíamos: ventajas de los alojamientos con sólo dos habitaciones. Mientras, nos contaba su vida entre su casa y el castillo, nos ayudaba a organizar la excursión del día, nos enseñaba el jardín italiano que circunda el castillo o nos descubría algún sitio interesante para cenar o tomar una copa en la ciudad.
En definitiva, trato familiar en un fantástico castillo en plena campiña toscana, a un tiro de piedra de Siena. Pagamos 120 € por cada una de las noches, impuestos y desayuno incluidos. Y, por si a alguno le queda alguna duda, os dejo el atardecer y el amanacer sobre Siena, desde la ventana de nuestro enorme cuarto de baño.
Por ejemplo, de los paseos en coche por las Crete Senesi (literalmente, "arcillas sienesas"), la zona rural lindante con Siena que representa como ninguna el paisaje toscano tal como nos lo imaginamos: los caminos serpenteantes, las onduladas colinas, las elegantes villas, los cipreses formando en hilera, los olivos. Conducir por las Crete Senesi me hacía sentir como si formara parte de un lienzo impresionista, de La Cosecha de Van Gogh o, mejor, de las Amapolas en Argenteuil de Monet. Aunque no tenga mucho que ver, pero me hacía sentirme así.
Para muestra, un botón.
Así que le hicimos caso, y tras nuestra primera stendhaliana mañana en Florencia, poco después de las doce y media llegábamos a la pequeña puerta del número dos de la vía Rossina, junto a la plaza del Mercado Central [he creado un mapa en Google Maps para dejar señalado lo que vaya contando del viaje a Toscana, empezando por la ubicación de la Trattoria]. Los cientos de recortes de prensa amontonados en la puerta y en la ventana atestiguaban que ése era el sitio; el vocinglero abarrote que te golpeaba nada más entrar despejaba cualquier duda que pudiera quedar.
Pese a lo temprano de la hora, tuvimos que aguardar unos minutillos fuera hasta que quedó una mesa para nosotros: cuando entrábamos de nuevo, el grupo de pacientes hambrientos que quedaba en la calle, al sorprendente sol de febrero, era ya bastante respetable.
Bueno, lo de una mesa para nosotros no es muy afortunado. En el reducido espacio de la trattoria se apiñan muchas más de las que razonablemente caben, convirtiendo en toda una aventura llegar hasta la que te toca (aventura para el comensal: es admirable la capacidad de los camareros para volar con sus bandejas por donde no parece que pueda pasar nadie). Pero llegamos: nuestra microscópica mesa cuadrada, con mantel de plástico, taburetes... ¡y una pareja de japoneses!
Saturación al margen, la mesa estaba estratégicamente situada: justo enfrente de la cocina a la vista, en la que media docena de cocineros se afanaban de continuo; y justo en el centro del local, lo que nos permitió disfrutar del amalgama de personalidades que nos rodeaban: los obreros que trabajan por la zona; los ejecutivos de corbata habituales del local; el ruidoso grupo de turistas ingleses o estadounidenses; el extraño cuarteto galaico-japonés. Un placer.
En Mario no hay carta. O sí la hay, pero está colgada, escrita a mano, de la pared de azulejos blancos. Carnes - con la imponente bistecca alla fiorentina a la cabeza -, pasta y preparaciones típicas toscanas, como la ribollita o la trippa.
Así que a lo de la tierra nos fuimos: sendas ribollitas para empezar. Se trata de una sopa toscana, cuyos ingredientes principales son el pan y las habas, con diversas verduras a criterio del cocinero. La sopa es muy espesa, casi sin nada de líquido, por lo que resulta contundente pero verdaderamente rica. De segundos, tortelli di patate al ragú y coniglio (conejo) al forno, muy logrados ambos. Debo confesar que la comida tuvo el aliciente de contemplar la batalla entre el japonés y su trippa alla fiorentina, algo así como nuestros callos con parmesano y salsa de tomate, batalla que definitivamente ganó la trippa.
Pues eso fue todo. Como queríamos tomarnos un helado dando un paseo y luego sentarnos en un café de la Piazza de la Signoria, no tomamos postre. Así que pagamos en la barra nuestros platos y nuestras dos latas de birra Moretti: un total de 23 euros.
Ganamos como pudimos la puerta, esquivando las mesas y el frenesí de los camareros, todos tiffosi viola. Antes de salir, eché una mirada atrás para tener una última imagen del trajín. Fuera, en el cálido mediodía, eran multitud los que esperaban.
Asi que aqui estamos, descansando tras nuestro primer dia en Florencia. Ayer llegamos muy tarde del viaje, por lo que hoy no hemos podido madrugar, pero aun asi el dia ha cundido: hemos dominado la ciudad desde la cupula de la Catedral, hemos comido ribollita en la pintoresca Trattoria de Mario, hemos tomado un cafe en la terraza del Riviera (en pleno mes de febrero!) bajo la atenta mirada del Palazzo Vecchio, hemos admirado las maravillas de la Uffizzi, hemos paseado tomando un gelatto (el mio de nocciolate y arroz) mientras paseabamos por el Ponte Vecchio, y hemos contemplado la puesta de sol sobre la ciudad desde el Piazzale Michellangelo. Y nos queda, ni mas ni menos, que la bistecca a la fiorentina para cenar.
No esta mal para el primer dia. Y manana, Lucca y Pisa (por lo menos).




























