Apuntes de una excursión: Malpica de Bergantiños

Hoy abandonamos por unas horas las posesiones familiares para darnos un paseo por tierras bergantiñanas, en concreto por Malpica y sus alrededores. Lamentablemente, olvidé la cámara en casa, así que mil palabras tendrán que valer por una imagen.

La jornada comenzó, a media mañana, en la playa de Barizo. Es una ensenada abierta al Atlántico, a la Costa da Morte, ni muy grande ni muy pequeña, incluso con su extremo Este suficientemente protegido del oleaje por las rocas. Al oeste, el Monte Nariga acoge el pequeño puerto de Barizo, hermano pequeño del vecino de Malpica. A unos metros de la playa, de nuevo hacia el Este, sin dejar de oír las olas, el restaurante As Garzas tiene una de las mejores ofertas de marisco de Galicia.

Sin tener que hacer demasiados kilómetros, la zona nos ofrece atractivos como el faro de Punta Nariga (maldito olvido de la cámara; bueno sea un enlace), proyectado por el arquitecto gallego César Portela e inaugurado hace apenas diez años. Ya de regreso a Malpica, el cabo de San Adrián, colgado sobre las Illas Sisargas.

La villa de Malpica. Tiene su tela el sitio (de nuevo maldito olvido: a ver si puedo escanear algunas fotos de mi etapa analógica; otro enlace). Aprovecha una península para cobijar el puerto - puerto de bajura clásico, el primero de la Costa da Morte desde el Este - entre dos peñascos. Desde lo alto de estos, se arraciman caóticamente las casas - altas y bajas; viejas y muy viejas; rojas, amarillas, blancas y azules -, como queriendo empujarse al mar. Forman los desiguales edificios un entramado de serpenteantes callejuelas que se esparcen al azar (rueiros aloucados como as raigañas dos choróns, que dijo alguien con más prosa que yo), aumentando la sensación de caos. De tan fea, Malpica es bonita. Y si le añadimos a la estampa los coloridos pesqueros, tenemos ya el contrastado cuadro completo.

Comimos en O Burato (El Agujero, en castellano), que no le va a la zaga al pueblo en cuanto a curiosidad [para no alargar el post en exceso, dejamos como nota al pie el sistema de asignación de mesa]. En pleno puerto, su ventanal permite contemplar la actividad marinera mientras se come. O Burato está especializado en pescados y mariscos; ello quiere decir que sólo tiene pescados y mariscos: no busquéis ensaladas, revueltos o carne.

Así que como lo de los bichos en plena canícula y rodeados de turistas pues como que no, nos pedimos sendas caldeiradas: de merluza una y de rodaballo la otra. El pescado estaba bien, pero las patatas - de la tierra, según nos confirmo la señora que peló al menos trescientas a la entrada del local mientras nosotros comíamos - eran sobresalientes; y el pan, mollete de trigo del país, oscurito y esponjoso, muy probablemente haya sido el mejor que nunca he mojado. Dos tartas caseras - de nuez y de queso -, más vino y cerveza, 36 euritos. En la mesa vecina dieron cuenta - lo intentaron, porque no fueron capaces - de una generosa cazuela de arroz de marisco para dos, anunciada en la carta por 45 euros. Supongo que con bichos de entrante, la cosa ya se elevaría más.

La comida la reposamos tomando un café en las terrazas de la playa, observando cómo el personal disfrutaba de arena y mar. Para terminar, nos pasamos por la Mostra de Olería de Buño, con auténticas obras de arte a la venta. Nos llamó especialmente la atención la cerámica del Obradoiro Creare, con esmaltes de creación propia aplicados y cocidos sobre el barro ya previamente cocido.

Y corto, porque creo que me he pasado con creces de las mil palabras. La próxima vez no me olvidaré la cámara, por el bien de todos.

[Nota al pie: O Burato. Daría para un post él solito, y me estoy arrepintiendo ya de no hacerlo así. Desde la señora de 90 años que todavía lidera el cotarro, dirigiendo al personal y charlando con los comensales, hasta la encantadora forma de atender el negocio: la mujer a la puerta pelando las patatas en un barreño azul; los centollos amontonados en una mesa cercana a la cocina, igual que las tartas caseras; el trasiego aleatorio de las camareras... Pero, por encima de lo demás, el sistema de gestión de mesas es lo mejor. A la entrada del restaurante - nos tocó sentarnos justo al lado - hay un expendedor de números, tal cual la carnicería de Carrefour. A partir de las dos y media, con todo ocupado, la gente llega, intenta que alguna camarera le haga caso - "colla número, oh" -, coge su turno sin más explicación y sale a la calle con cara de asombro. Cuando una mesa termina, alguna de las camareras se asoma a la puerta y grita
- "El diecisiete, ¿cuántos son?"
- "Seis"
- "Pues no. El dieciocho"
- "Cuatro"
- "Pase"
¿Cómo saben las camareras qué número toca llamar, si cada vez sale una? Es más, ¿cómo saben los que han ido quedando atrás, por no adecuarse al tamaño de la mesa libre? Ni en Google podrían desarrollar un programa que pudiera sustituir la sabiduría que dan los años...]

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