Árbore da Veira (A Coruña): da cereixa á mazá

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Durante moito tempo, a Árbore da Veira deixaba caer cereixas ao comezo da velada, cereixas vermellas e mentireiras: quen as mordía atopaba foie onde habían de estar a carne e o óso. Antonte non houbo cereixa. A árbore deu outra froita, e deuna ao final, cando xa ninguén a agardaba: unha mazá que tampouco era mazá, co queixo azul agochado no corazón. As árbores cambian co tempo: esta tamén. Deume por pensar que, dalgún xeito, esa troca de froitas tamén conta algo da cociña de Luis Veira , unha cociña que agora pisa máis lene e que antonte deixou na mesa pratos notábeis como o falso nigiri de anguía, steak tartar e trufa, o ceviche de peixe limón ou a stracciatella con champiñóns. Porén, o meu sitio segue a estar nos fondos e nos guisos, que agora pegan un pouco menos os beizos: a kokotxa e o seu pilpil, a pescada, a cigala con boletus e, sobre todo, as moegas de año e a raia con repolo. Para beber, o Bastardo 2016 do Mestre Mateo. Viñazo. A árbore cambia de froito, pero as raíces ...

San Pedro de Rocas: quince siglos en las entrañas de la piedra

Para llegar a San Pedro de Rocas [ver ubicación en Tagzania] hay que separarse de la solitaria carretera que nos trae desde Esgos y adentrarse durante más de un kilómetro en un densísimo bosque de abetos, pinos y carballos, en el que es noche en pleno día. No es más que el preludio de lo que espera.

San Pedro de Rocas es un ejemplo más de la cotidiana convivencia de roca y hombre, de granito y humanos en Galicia, como los bolos de A Cela. Dicen que en el siglo VI, un grupo de siete ascetas se instaló en San Pedro para llevar una vida de oración. Hace ahora casi 1.500 años, aprovecharon las cuevas en la roca para crear una pequeña iglesia de tres naves, con capiteles labrados en la propia piedra: sobrecoge pensar en el esfuerzo, en la fé en lo que sea en que creyeran. El altar, único, es también del siglo VI. Sin embargo, las arcadas se incorporan más tarde, en el siglo X o en el XI.

De todos modos, las miradas se desvían - atraídas magnéticamente - al coro de sepulcros tallados en la piedra que salpican tanto el suelo de la propia iglesia como sus aledaños. De nuevo es inevitable intentar adivinar cómo serían los ritos mortuorios quince siglos atrás, en las gélidas noches del invierno de la Ribeira.

En el exterior, nos sorprende el campanario, encaramado a una roca de más de 10 metros de altura, construido en el siglo XV. Si subimos a lo alto por la escalera tallada en la piedra, contemplamos una hermosa panorámica de las copas de los árboles que ocultan senderos, completamente cubiertos de hojarasca en estas fechas, por los que adentrarse en el bosque sin más ruido que el de nuestros propios pasos.

(Más fotos en la Galería de A Ribeira Sacra)

Comentarios

  1. Descubrí este lugar de la mano de mi abuelo, que es de la zona (bueno, de más o menos cerca: de A Teixeira) hará ya unos 20 años. En su momento me impresionó, pero en posteriores visitas descubrí que sigue manteniendo esa capacidad.

    Una visita imprescindible, y afortunadamente aún poco masificada.

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  2. Gourmet:
    Tenemos la fortuna, todavía, de que sitios como la Ribeira Sacra, fuera de temporada, son casi paraísos particulares cuando se visitan.

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