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Mostrando entradas de mayo, 2012

NaDo (A Coruña): somos o verán, irmao

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Se David Mella traballara en NaDo diría: “Somos o puto verán, irmão”. Verán xantamos hoxe. Bonito, tomate, boquerón, escarola, sardiña*, pementos de Padrón, mexillóns, lumbrigante... Mola a nova estrutura de menús de NaDo. Hoxe foron os grandes clásicos - caeu a vieira con holandesa, por suposto; e, por suposto, tamén o flan - e peixe á grella para rematar a función: un tremendo rodaballo que ben podería ter sido un ollomol. Bos viños na carta: escollemos o fantástico Acios da Xesteiriña e unha pineau d’aunis do Loira, Galicia en Francia. Dicía Iván Domínguez : “Como non me decatara antes.” Iso, como non se decatara antes... 😉 (*) Mira que son pouco de gilda, pero esta... Ver esta publicación en Instagram

Los colores de Valparaíso

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L a deliciosa decrepitud de Oporto. Ese es el título de un post que escribía hace unos meses a la vuelta de una breve escapada por la ciudad portuguesa. Título que no logré quitarme de la cabeza en ningún momento de la soleada jornada de otoño que dediqué a subir y bajar por los cerros de Valparaíso. Porque esa misma sensación de exquisita decadencia, casi ruina en algunas zonas, es la que alimenta la visita por la villa porteña. Valparaíso fue el principal puerto del Pacífico a principios del XIX. Ese hecho, junto a su peculiarísima geografía – una bahía acordonada por 42 cerros, por los que trepan desordenadas, caóticas, ansiosas por llegar a la cumbre miles de pequeñas casas de vivos colores – conforman un entorno urbano poco menos que imposible de describir con palabras o fotos. El Barrio Puerto, al pie del Cerro Artillería, es el mejor reflejo del ambiente portuario que se respira por toda la ciudad, bulliciosa y concurrida. Ambiente que se torna en cosmopolitismo...

El mejor banco del mundo... está en Ortegal

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D espués de un mes y medio lejos de Galicia, tenía un fin de semana para disfrutar de la tierra con la familia: el último en mucho tiempo. Elegimos Ortegal, una de las zonas menos explotadas para el turismo y, quizás por eso, una de las más bellas. Aprovechamos para recorrer lugares ya conocidos – recogidos en este post y en este otro – y para conocer otros nuevos. Os cuento lo que fueron esas apenas treinta y seis horas. La primera parada, a media mañana, fue la inmensa soledad de la Praia de Morouzos, en Ortigueira. La niebla que protagonizaría la tarde bajaba ya por Ortegal, pero los aguillóns todavía permanecían visibles a lo lejos. Tras pasear un buen rato por el desierto arenal, tomamos rumbo a O Barqueiro. Me encantan las casas colgadas de la ladera, como protegiendo el diminuto puerto. La terraza de O’Forno es un buen lugar para tomar un aperitivo o comer mientras se contempla el pueblo y la ría, con O Vicedo al fondo: berberechos, bonito en rollo, navajas y vino. Desde ...