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Mostrando entradas de febrero, 2014

NaDo (A Coruña): somos o verán, irmao

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Se David Mella traballara en NaDo diría: “Somos o puto verán, irmão”. Verán xantamos hoxe. Bonito, tomate, boquerón, escarola, sardiña*, pementos de Padrón, mexillóns, lumbrigante... Mola a nova estrutura de menús de NaDo. Hoxe foron os grandes clásicos - caeu a vieira con holandesa, por suposto; e, por suposto, tamén o flan - e peixe á grella para rematar a función: un tremendo rodaballo que ben podería ter sido un ollomol. Bos viños na carta: escollemos o fantástico Acios da Xesteiriña e unha pineau d’aunis do Loira, Galicia en Francia. Dicía Iván Domínguez : “Como non me decatara antes.” Iso, como non se decatara antes... 😉 (*) Mira que son pouco de gilda, pero esta... Ver esta publicación en Instagram

Naoki (Vitacura), la nueva referencia japonesa de la ciudad

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H ay una métrica infalible para determinar a priori si un restaurante japonés o nikkei santiaguino va a estar a la altura de las circunstancias o no: la variedad de pescado que manejan en el día. Lo normal es que no se salga de la terna salmón, atún, corvina. Incluso, en alguno de los más renombrados (exfavorito para mí), a veces ni eso. Así, cuando en mi primera visita a Naoki me hablaron de salmón, corvina, pejerrey, reineta, cojinova o lenguado sabía que la experiencia iba a merecer la pena. Es, por tanto, espléndido el sashimi. ¡Qué variedad de matices y sabores esconde el pescado blanco bien cortado y presentado! ¡Cuánto le debo al gran Andrés Médici por abrirme los ojos en este terreno! El sabor a mar no se termina ni mucho menos con el sashimi. Al contrario, uno se puede meter un concentrado con el “shot” de ostras y erizos en salsa yuzu. Quizás para prepararse de cara al plato glorioso del día (en la foto de apertura): el usuzukuri, en este caso de lenguado, también con ...

Unos días en Aysén (ii): el glaciar San Rafael

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F altan unos minutos para las nueve de la mañana. Llevamos casi tres horas pegando saltos con la furgoneta por las pistas de ripio. De repente, tras una curva a la derecha, el camino termina abruptamente ante la incipiente estructura de lo que algún día será un puente. Delante, las grises aguas del río Exploradores. Es el inicio de un día tan agotador como reconfortante en busca de la belleza cobalto del Glaciar San Rafael ( Ubicación ). Las zodiacs luchan contra la fuerte corriente para cruzarnos del otro lado del río. Junto a la orilla, esperan microbuses que pasarían desapercibidos en La Habana. Casi otra media hora hasta llegar al embarcadero. Nos ponemos los chalecos salvavidas y montamos en pequeñas lanchas con capacidad para ocho o diez personas. Nosotros vamos con los pantagrueliños y ocupamos botes con espacio cubierto; los vecinos van a la intemperie, provistos de trajes especiales para el frío y el viento, que sopla bien fuerte. Iniciamos las dos horas y media de na...

Unos días en Aysén (i): la carretera austral

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N i la pampa asolada por el viento en la que se ubica el aeropuerto de Balmaceda. Ni el asfalto que asciende pausadamente entre el macizo de roca. Nada en la primera media hora de camino hace presagiar la exhibición de la naturaleza que se viene. Cuando la carretera empieza a bajar, rumbo a Villa Cerro Castillo, en una curva empieza todo. El valle se abre, el cerro asoma entre las nubes, el camino serpentea ante nosotros. Comienzan más de doscientos kilómetros de ripio y polvo hasta Puerto Guadal, nuestro destino. Doscientos kilómetros por la carretera austral, ni más ni menos. El mirador de Cerro Castillo es toda una declaración de intenciones. El trazado sinuoso del camino – todavía de asfalto por cinco minutos más – emula al del cauce del Río Ibáñez, allá al fondo. Durante el descenso hasta la minúscula villa, última población en dos horas de recorrido, la imponente mole del cerro domina el panorama, componiendo pintorescas estampas bajo su cumbre de nieve. Pasado el pueblo,...

Alborada (A Coruña), o de cómo sus cualidades se mantienen intactas dos años después

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D esde mi partida a Chile – muy pronto, en marzo, hará dos años – no había vuelto a pisar el Alborada, que para mí era entonces el mejor restaurante de la ciudad. No había podido comprobar, por tanto, cómo había evolucionado desde la salida de Luis Veira, alma de la cocina que llevó al local a obtener la estrella Michelín. Por eso, en la escapada relámpago del pasado fin de semana, fue una de las opciones que elegí para reencontrarme con la gastronomía gallega. Tenía mucha curiosidad por saber cómo se las había compuesto Diego Bello en el poco más de medio año que lleva al frente de los fogones del Alborada. Quizás por eso, quizás por las ganas de intensificar el sentimiento de estar en casa con sabores conocidos, nos decantamos por tomar el menú clásico, que recrea algunas de las más celebradas composiciones de la trayectoria del restaurante. Y puedo resumir la experiencia en tan solo dos palabras: ejecución impecable. Allí estaban esos platos del recuerdo excelentemente recreados...